El silencio de la democracia
martes 24 de mayo de 2011, 20:47h
Recién circula la obra El silencio de la democracia - que eso es, aun cuando se exprese en una monografía y su centenar de páginas- cuyo autor es Francisco Plaza, fundador y primer director de la Escuela de Artes Liberales de la Universidad Metropolitana. Su lectura es obligada para todo líder capaz de mirar más allá de la circunstancia venezolana. No está hecha para candidatos de oficio, quienes buscan el poder a puñetazos o lo cocinan sobre los hornos de la traición.
El libro de Plaza ayuda a resolver el severo dilema que nos tiene por presa e invita a reflexionar sobre el Ser de la democracia. ¿Cómo afirmar la naturaleza autocrática del Gobierno -se pregunta Plaza, sin dudar acerca del talante ominoso de éste- en el contexto de una sociedad que invoca las leyes para su acción política y somete sus diferencias a la decisión de las mayorías? Es también el argumento manido del régimen, que afirma ser demócrata pues hace elecciones.
Y en verdad, afectos o desafectos a la revolución "conservadora" del marxismo que nos ocupa, esgrimimos los unos frente a los otros y en nuestra diaria controversia agonal a la Constitución. La usamos para atacar y defendernos, los unos y los otros. Acudimos a los medios y acusamos de golpistas a los adversarios y éstos hacen otro tanto, y en una suerte de Babel que corrompe el valor de la palabra, todos invocamos al soldado golpista que hoy ocupa la Presidencia y dice ser demócrata.
En buena lid y sobre nosotros -por carecer de certidumbres sobre la esencia del proceso que vivimos- los extraños afirman que hay debate democrático y la prensa independiente sobrevive. Sería prueba de que la democracia existe por encima de sus falencias. Pero la observación vertebral de Plaza -quien apela al juicio de Havel- no se hace esperar. El debate democrático debe implicar la competencia en equidad y legal por el poder político.
De nada sirve opinar y poco vale la opinión pública cuando no es capaz de incidir e influir sobre el Gobierno y en sus decisiones. "En definitiva el poder sólo escucha al poder, y si un gobierno debe mejorar, debe ser posible amenazar su existencia y no solo su reputación", es la afirmación que recoge el libro y pone en evidencia el desprecio que por los terceros y su opinión tiene nuestro gendarme, así se vista de demócrata y cuiden de las formas.
Descubrir la naturaleza del régimen instalado en Venezuela, por consiguiente, es esencial para que la acción orientada hacia su desinstalación sea efectiva. No se trata de desmontar a la dictadura con sus armas, pues para los demócratas medios y fines han de ser legítimos a la vez. Sí se trata, antes bien, que las acciones, incluso las típicamente democráticas como el voto, adquieran una connotación apropiada y proporcional al mencionado propósito. En suma, "la actividad política en los sistemas totalitarios no puede realmente concebirse como oposición sino como resistencia al régimen". Votar ha de ser un acto de resistencia, no una práctica normal en tiempos de normalidad democrática. Eso hace la diferencia, y permite fortalecer el sentido de la lucha democrática como su esfuerzo movilizador contra la dictadura.
¿Cuál es el proyecto de la oposición? vuelve y se pregunta Plaza. "En realidad no puede ser otro que resistir el proceso de dominación total del régimen para develar su mentira". Vivir la verdad en actos de resistencia supone admitir sinceramente que hemos perdido la democracia, responde el autor.
Creo en lo personal, no obstante, que es necesario añadir algo más y fundamental a la resistencia, dada la atipicidad de la "demo-autocracia" que rige en Venezuela. Las dictaduras del pasado no manipulan con las formas de la democracia, pues no creen en ellas y punto. Las de ahora tampoco creen, pero las usan vaciándolas de contenido y les sobreponen el mesianismo de sus propuestas, que llegan para solaz de las mayorías. Explotan el momento histórico, cuando éstas acusan orfandad por la pérdida de las seguridades emocionales que les ofrece el viejo Estado, su Derecho, y la democracia del siglo XX, que es forma de Gobierno y no derecho humano integrador de todos los derechos.
La resistencia exige la imaginación de un destino que desborde a los medios y opere como nuevo mito profano y posible -la transfiguración de la democracia- capaz de animar y empujar a todos al ejercicio de la resistencia. La democracia hecha modelo y mostrada como tal en su renovación como propuesta, ha de ser la cabeza de Medusa que espante al Socialismo del siglo XXI.
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