Psicólogo Forense. Asesor de UNICEF
Hablar
martes 05 de diciembre de 2006, 11:57h
Actualizado: 10 de octubre de 2007, 11:36h
Por hablar, nos encanta. Miramos alrededor y vemos a todo el mundo parado, sentado o caminando con su teléfono móvil, que habla, gesticula, se ríe o vocifera.
Abrimos el ordenador y la cascada de “e-mails” resulta imparable.
Vamos al mercado y mientras esperamos el turno para pedir unos chipirones, nos enteramos de la vida y milagros de todas las compradoras que nos anteceden.
Nos montamos en un taxi y a poco que nos descuidemos nos larga un mitin político irrepetible –salvo que volvamos a coincidir con el mismo taxista.
Nos gusta comunicarnos, se nos nota. Véase en la Iglesia el gesto de distensión que supone darse la Paz y la tensión de la proximidad incomunicada de un ascensor donde tontamente se mira a la nada o al archisabido “impidan que los niños viajen solos”.
Hablamos de la necesidad de silencio, de soledad, pero nos encantan las tascas ruidosas, o el rugido compartido del estadio deportivo.
Por contra, pareciera que nos cuesta cantar con facilidad en grupo. Cantar, que bonita expresión artística y sentida, diríamos que solidaria.
Manejamos mal los silencios en la antesala de una reunión, una vez que nos presentan buscamos un tema en común que nos relaja y asienta.
Siempre ha sido así, antes menos tecnológico pero no menos comunicativo, recordemos los compartimentos de los trenes donde viajando no de cara a la marcha sino cara a cara poníamos en común la tortilla española (hoy políticamente correcta –de patatas-) y la conversación.
Y no paramos de hablarnos a nosotros mismos, nos ratificamos, aplaudimos, criticamos (pocas veces), corregimos (puntualmente). Porque cuando nos hablamos a nosotros mismos, hablamos al otro que llevamos en nuestro yo, pero que no lo concebimos como tal.
La radio, la tele, palabras, palabras, lectura de diarios, de novelas, más palabras, ideas, reflexiones, la mayoría de las veces tópica, reiteradas.
¿Se acuerdan de aquella frase imperativa? “¡Come y calla!”, impactante, porque lo que nos gusta cuando comemos es hablar, sobre todo de otras comidas.
Se aprovecha hasta cuando nos alcanza la muerte, para decir las últimas palabras. ¡Hay quien no calla ni bajo el agua!
Alguien pasea por su ciudad y de pronto le colocan una alcachofa (denominada micrófono) delante de su boca, le dirigen una pregunta que no entiende, es igual, larga y larga, si además hay una cámara de T.V., gesticula.
Somos sociales, habladores, por eso comentan que los sordos sufren diríamos un empeoramiento del carácter.
Se habla antes, durante y después del orgasmo.
De verdad, el humano, es un animal que habla, que transmite cultura. Ya nuestros antepasados prehistóricos eran auténticos grafitteros (con arte) de cavernas.
Hoy tenemos tertulianos que hablan en los medios de comunicación de todo, saben de la gripe aviar, de la última Encíclica, de toreo, de valores económicos que cotizan en bolsa, de política internacional o de las múltiples e insatisfactorias relaciones de una señora que ha sido designada como famosa.
Antes escuchábamos hablar al copiloto con el piloto de rallyes, ahora al entrenador con el ciclista o el jugador que está en el césped.
¿Se imaginan un día en silencio, todo el mundo?
Hay mucho ruido, mucha palabra necia, mucho miedo al vacío.
Precisamos místicos. Miramos a Oriente. Nunca la vida contemplativa ha sido tan necesaria.
Quizás –digánmelo Vds.- debiéramos ser más austeros en el uso de la palabra y selectivos en los mensajes que nos autoenviamos cuando soñamos y cuando creemos estar despiertos.