Sobre el "nuevo proyecto" de Pérez Rubalcaba
lunes 30 de mayo de 2011, 12:15h
El candidato propuesto por el Comité Federal del PSOE, Alfredo Pérez Rubalcaba, ha anunciado que acudirá a las elecciones generales con un “nuevo proyecto”. No ha dicho mucho acerca de que en qué consiste o consistirá tal proyecto, pero, claro, todavía es demasiado pronto para que nos entregue información al respecto. Por otra parte, quizás haya que esperar a la discusión colectiva que tendrá lugar en la Conferencia partidaria de septiembre. Sin embargo, a la vista de la completa ausencia de debate que ha demostrado el pasado Comité Federal, tal vez sea utópico esperar que algo cambie en la tendencia demostrada en esta legislatura de sofocar cualquier discusión medianamente seria sobre la estrategia oficial de Ferraz o sobre la actuación de sus dirigentes.
Es cierto que algunos retazos de ese posible debate ya han aparecido. El artículo de Felipe González “¿Y ahora qué?” en el diario El País es un ejemplo. Lástima que obligue a una esforzada lectura entre líneas para saber que propone, además de su defensa formal del PSOE. Otro chispazo que invita a la discusión ha sido el protagonizado por Juan Carlos Rodriguez Ibarra, expresidente extremeño, al dejar claro que no se cree el discurso bien portado y monocorde del Comité Federal y que le preocupa que se haya elegido a Rubalcaba como un candidato-clinex, que se usa para las elecciones y se tira después (tras su previsible derrota). Pero lo más lejos que han llegado los barones socialistas es a reclamar mayor sensibilidad social en el futuro.
Es decir, todo indica que el debate socialdemócrata se desarrollará independientemente del PSOE o nunca tendrá lugar. Por cierto, si ese debate cuesta tanto no es precisamente porque sea tan difícil identificar cuáles deberían ser algunos de sus núcleos centrales, según la información hoy disponible.
El primero consiste en saber si hay que cambiar todo el paquete de medidas económicas que impulsa el actual Gobierno. Y distinguirlo claramente de la gestión política de dicho paquete, realizada con bastante desacierto por el Presidente de Gobierno. No vaya a ser que, como dirían los clásicos, se llegue a tirar el niño junto con el agua sucia de la bañera.
Para encarar este primer asunto hay que dar un primer paso clarificador: ¿aceptamos las interpretaciones tipo DRY de que no hay que hacer ajuste alguno, porque la crisis económica se puede resolver fácilmente mediante la eliminación del capitalismo depredador? Porque resulta poco presentable adoptar ese discurso los lunes, miércoles y viernes, mientras los martes, jueves y sábados se presenta una versión más sensata de la crisis económica (y el domingo descansar de todo ello), como suele hacer Izquierda Unida. Se supone que la socialdemocracia es otra cosa, sin que eso signifique dejar de tener interlocución con otros discursos, inclusive minoritarios.
Por ejemplo, el enfoque tipo DRY confunde la sociedad capitalista clásica con el desarrollo económico a partir de la iniciativa privada. Lo primero consiste en una sociedad ordenada en función exclusivamente de los intereses del capital (el poderoso, para entendernos), algo que fue muy patente en el siglo XIX (y primera mitad del XX) y que es a lo que quiere retornar -con algunos retoques actualizados- la propuesta neoliberal en su versión más pura. Por el contrario, una economía que tiene como motor básico la iniciativa privada puede mostrar una variada gama de relaciones entre capital y trabajo, entre finanzas privadas y Estado; que permitan aprovechar el resorte de la iniciativa privada y, al mismo tiempo, su encauzamiento hacia el bien común por parte del Estado. En suma, la cuestión en esta perspectiva es saber quien manda, si lo hacen los mercados o la política democrática.
Desde luego, teniendo muy claro dos cosas: la primera es que la única alternativa seria que tiene el mercado como mecanismo de reasignación de recursos es la planificación central y/o descentralizada (y ya sabemos adónde conduce eso en términos económicos y políticos); la otra es que basarse en la iniciativa privada es como ir montado en un poderoso corcel que puede encabritarse en algún momento (produciendo crisis dolorosas, que unas veces tienen responsables claros y otras no tanto).
Ahora bien, si no confundimos sociedad capitalista clásica con utilización del mercado, entonces el enfrentamiento de la crisis económica adquiere otra perspectiva, sobre todo en el actual mundo globalizado. El presidente Obama lo descubrió descarnadamente, cuando quiso castigar seriamente al capital financiero y se dio cuenta que si lo hacía iba a profundizar dramáticamente la crisis económica. Porque como percibe aproximadamente Rubalcaba: “es necesario hacer cambios, pero primero hay que salir de la crisis económica”. Claro, porque si castigamos a los banqueros (como propone DRY y simpatizan otros) en medio de la crisis, no habrá cinco millones de parados sino muchisimos más. ¿Qué eso no es justo, que paguen más los que son menos responsables directos de la crisis? Pero por supuesto, pero resulta preocupante que nos sorprendamos a estas alturas del partido de que la vida –y la economía- sean en realidad un jodido tobogán y que precisamente el cometido de una política democrática consista en que tenga los menos bajonazos posibles. ¿Pero no habíamos abandonado ya el sueño modernista del progreso como línea continua irremediable?
Solo a los de talante simpático y superficial les coge por sorpresa su correspondiente 9 de mayo. Únicamente a los que se pasaron un tiempo precioso negando la crisis económica y luego confiaron en su inagotable encanto personal para resolverla, tienen que acabar tragándose el sapo de tener que informar (en su aciago 9 de mayo) sobre la necesidad de realizar el mayor recorte del gasto público desde la transición democrática. Claro, días después la sonrisa siempre dispuesta, volvía a su lugar original, faltaba más. Pero todo esto pertenece al capítulo diferente de la gestión política de la crisis económica, cosa que requiere su espacio propio de análisis. De momento, la cuestión consiste en saber si es realmente socialdemócrata tratar de superar la actual crisis económica, sin realizar un programa de recortes contundente. Por supuesto, no estamos hablando de los posibles afinamientos que puedan tener las medidas impulsadas, que los tiene, sino del problema central: el inevitable y doloroso ajuste para superar la crisis económica.
Por eso no está claro si es realmente socialdemócrata ese discurso susurrado que ha comenzado a circular entre los barones socialistas de que “hay que dar un giro a la izquierda”. ¿Querrá eso decir que hay que seguir aumentando el gasto público en los gobiernos autonómicos y municipales (ya quebrados en casi todos los casos)? ¿O qué querrá decir eso a fin de cuentas?
Tal vez el giro en términos socialdemócratas debería consistir en gestionar políticamente de otra forma la crisis económica. Es decir, profundizar la deliberación democrática, abandonando posturas de presunta seguridad cada vez menos creíbles, primero al interior del partido y después con toda la sociedad, incluyendo las minorías activas de buena fe, por ejemplo. En otros tiempos, las Juventudes Socialistas eran capaces de discutir con otros jóvenes las políticas socialdemócratas. Pero claro si existe gran debilidad para discutir colectivamente al interior, parece difícil hacerlo con soltura en el exterior.
Es decir, revisar la gestión política de la crisis económica es la única opción ante dos actitudes que no son socialdemócratas. La primera consistente en prometer cualquier mejora del ajuste, en términos demagógicos, tanto para el tiempo actual como para después de las elecciones. Esperemos que el “nuevo proyecto” de Rubalcaba no tenga nada que ver con eso.
La segunda, consiste en la convicción –que parece tener Mariano Rajoy- de que la deliberación no tiene mayor efecto en la vida nacional, que la subjetividad colectiva es sólo un dato blando en el contexto de las variables duras de la economía y la política instrumental (y por ello hay que debatir lo menos posible). Ahora bien, aceptar esta última visión es en el fondo adoptar una visión acabadamente pesimista de la sociedad y de la política. Y la socialdemocracia siempre aseguró que trataba de evitar esos dos extremos: las propuestas mágicas y demagógicas, así como las ideas que subvaloran la deliberación democrática o la subordinan al dictado de los mercados.
¿Será cierto que ya no hay socialdemocracia digna de tal nombre, como aseguran algunos? O será que la socialdemocracia sigue siendo capaz de aguantar las derrotas, reflexionar críticamente sobre sus causas y prepararse para hacer una oposición responsable. Total, si Rajoy tiene razón y el péndulo político oscila irremediablemente entre posiciones conservadoras y progresistas, a éstas no les debería importar atravesar el camino de Damasco y hacerlo con las botas puestas, para empujar con nuevos bríos el bienestar cuando les toque. En todo caso, eso es mejor que instalarse en el exitismo o la demagogia. Veremos qué clase de perspectiva socialdemócrata ofrece el “nuevo proyecto” de Pérez Rubalcaba.
- Lea también:
Especial Comité Federal del PSOE