jueves 08 de septiembre de 2011, 19:53h
Última actualización: domingo 11 de septiembre de 2011, 20:09h
Con carácter previo a abordar una reflexión sobre el papel de España en Europa y junto con/formando parte de ella en el mundo, es preciso reafirmar lo que para una mayoría es una evidencia -corroborada por las magnitudes sociológicas-, por más que, de forma desafortunada, haya sido calificada de "concepto discutido y discutible". Me refiero a España en tanto que realidad integrada, con raíces mucho más profundas de los que ciertos nacionalistas periféricos y ciertas minorías antisistema quieren admitir.
Pues bien, en la proyección de esta realidad no idealizada sino lúcidamente percibida, se nos plantea, de forma inmediata, un interrogante que exige urgente respuesta: ¿ En 2020 habremos salido de la crisis?
Sin minusvalorar las ventajas que se derivan de la inserción de España en la Unión Europea, y su posición, a pesar de todo, relevante en el plano internacional, debemos ser conscientes de que sólo saldremos de la crisis si ponemos en juego todas nuestras capacidades. Dicho de otro modo, de la crisis no nos va a sacar Alemania, ni el Banco Central Europeo, ni siquiera el tirón del conjunto de la economía mundial si finalmente no se consolida la segunda recesión. De la crisis sólo saldremos si somos capaces de competir con eficiencia en el complejo mundo globalizado que se está dibujando, donde Europa, si logra superar las dificultades de integración de forma a convertirse en un actor unitario en la escena internacional, es decir en el mejor de los casos, tendrá un papel relativamente declinante.
¿Qué nos hace falta para salir de la crisis? Necesitamos recuperar, como valores centrales de las personas, la disciplina, la autoexigencia, la capacidad de sacrificio, y el espíritu de superación. Estos valores, que no son ni de izquierdas y derechas y estaban asumidos con carácter general en la sociedad de mi infancia, no se perciben entre los españoles adultos hoy, ni se transmiten mediante la educación a los más jóvenes. Antes bien, con demasiada frecuencia, se transmite y se respira un clima hostil y contrario a estas premisas. Tenemos un enorme problema de educación (también de urbanidad, pero eso es otra cosa) y, por desgracia, no es un problema de dinero. Problemas de dinero hay, pero el principal consiste en la escasa disciplina y capacidad de esfuerzo para el aprendizaje de nuestros jóvenes.
En el informe PISA de 2006 se aprecia, junto con notables diferencias entre comunidades autónomas, un nivel pobre de resultados para el conjunto de España (461 puntos en comprensión lectora, 480 en competencia matemática, y 488 en ciencias) siendo los resultados inferiores a la media ponderada de los países de la OCDE. Estos resultados, con ser negativos, no son el aspecto más deplorable de la situación, siendo la tendencia, respecto del anterior informe de 2003, lo más preocupante es que bajamos de puntuación en los dos primeros capítulos, y tan solo nos mantenemos en el último.
En relación al fracaso escolar, en la actualidad, 7 países miembros de la UE presentan un índice inferior a la media Europea, que es de 14,4 %: Austria, República Checa, Finlandia, Lituania, Polonia, Eslovaquia, Eslovenia. El porcentaje supera el 30 % en tres países: Malta, Portugal y España (31%), (Comunicación de la Comisión “Abordar el abandono escolar prematuro: una contribución clave a la agenda Europa 2020”, COM (2011) 18 final de 31/01/2011, p.4).
Sin minimizar la influencia que puede tener, sobre los niveles de fracaso escolar, la facilidad de acceso a un mercado laboral no cualificado en los momentos anteriores a la crisis, gracias al auge inmobiliario (opción frente al estudio que, en todo caso, denota falta de cultura de superación, con preferencia por la ventaja inmediata), se identifican otros problemas graves entre los cuales hay que destacar, por encima de cualquier otro, una tolerancia inadmisible ante el consumo de drogas entre los jóvenes, ya sea alcohol u otras sustancias, frente a la que ni las familias ni los poderes públicos han demostrado capacidad de control.
Por solo referirme al alcohol, la 58.ª Asamblea Mundial de la Salud de la OMS, en su reunión de 2005, (WHA 58.26) en su punto 13.14, trató como una alarma «la magnitud de los problemas de salud pública asociados al consumo nocivo de alcohol y las tendencias de consumo peligroso, en particular entre los jóvenes de muchos estados miembros» (esto se refiere también, e incluso especialmente a España décimo consumidor mundial). Y pide a los Estados Miembros que elaboren, apliquen y evalúen estrategias y programas eficaces para reducir las consecuencias sanitarias y sociales negativas del consumo nocivo de alcohol.
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Según datos de la última Encuesta Domiciliaria sobre Drogas realizada por la Delegación del Gobierno para el Plan Nacional sobre Drogas (DGPNSD), el alcohol es la droga psicoactiva de consumo más extendido en España. En 2005 el 93,7% de la población entre 15 y 64 años lo ha consumido «alguna vez», el 76% lo ha hecho «en el último año», el 64,6% ha consumido alcohol en el último mes. Por otra parte, en los 30 días previos, un 14,9% había consumido diariamente bebidas alcohólicas y un 5,5% había sido «bebedor de riesgo», considerando como tal a los hombres con un consumo de 50 cc. de alcohol puro/día o más y a las mujeres con 30 cc/día o más. El consumo está bastante más extendido durante los fines de semana que durante los días laborables, sobre todo entre la población con edades comprendidas entre los 25 a 34 años. Por su parte, entre los estudiantes de Enseñanzas Secundarias de 14-18 años ha aumentado el consumo de riesgo. De hecho, en este grupo, la prevalencia de borracheras en los 30 días previos a la encuesta pasó de 21,7% en 1994 a 34,8% en 2004 y la proporción de bebedores de riesgo en esos 30 días de 8,6% en 1996 a 12,3% en 2004.
De todo lo anterior se deriva una falta de cualificación y de adaptación personal al trabajo por parte de millares de jóvenes, una falta de perspectiva a largo plazo, y una auténtica sangría social.
No se trata, por supuesto, de rasgarse de las vestiduras, sin embargo la aspiración colectiva de Europa expresada en la Agenda de Lisboa en marzo del año 2000 pretende convertir a la Unión en "la economía, basada en el conocimiento, más competitiva y dinámica del mundo, con capacidad para un crecimiento económico sostenible con nuevos y mejores puestos de trabajo y una mayor cohesión social". Es evidente que este objetivo general no se ha cumplido, pero tampoco ha sido puesto en duda, y la Estrategia Europea 2020 busca establecer nuevos mecanismos para alcanzarlo.
Es llamativo, a este respecto que de los cinco objetivos principales marcados en esta estrategia (empleo, investigación y desarrollo, cambio climático, energía, educación, e inclusión social), uno es la enseñanza y dos más se encuentran íntimamente vinculados a la misma, la investigación y la inclusión social. Destacar las carencias de España en aspecto, desde la perspectiva de su proceso de mayor integración europea, es primordial.
Estos problemas referidos a los jóvenes, no son ajenos al resto de la población. Los adultos, pretendidamente racionales y, de madurez suficiente para determinarnos con patrones de conducta aceptables, en realidad reflejamos las mismas carencias de actitud y adaptación. La cuestión es que, frente a una tendencia que se arrastra desde hace ya décadas hace falta una reacción urgente, ya, después será demasiado tarde. Admitamos que no es fácil, la propia necesidad forzará en parte esta reacción pero hace falta enfrentarse a esa necesidad con la actitud adecuada, no pensando en lo que se ha perdido o en lo que uno piensa que debiera poder exigir, sino pensando en lo que uno puede hacer para mejorar su situación (por usar una palabra de moda, hay que ser proactivo). Las sociedades dinámicas lo son porque se componen de personas dinámicas que mantienen esta actitud en momentos de bonanza, pero más aún en momentos de dificultad.
Se habla, con frecuencia, de momentos decisivos, históricos, pero siempre se tiene tendencia a pensar que todo va a seguir más o menos igual; que las cosas son seguras; que el autobús nos llevará el lunes a las ocho al trabajo o a la escuela; que si no llueve el fin de semana “podemos quedar”; y que lo que se cuece en las alturas, no nos afecta. A todo lo más, se concibe un cierto rencor y desconfianza hacia los que nos dirigen, y se les endosa unas descalificaciones generales, las más de las veces de forma injusta, pero sin demasiado afán por conocer la situación real.
Pues bien, hoy existen riesgos ciertos que comprometen el futuro de nuestra moneda, del proyecto de integración europea, de la capacidad de competir en nuestras empresas, y de nuestra economía en su conjunto; es decir que comprometen nuestra prosperidad y nuestro modo de vida. En definitiva la crisis puede empeorar. Conseguir evitar esos riesgos y superar la situación es cuestión de meses, más que de años, pero estos meses determinarán el futuro nuestro país en el 2020 y después.
ESPAÑA EN EUROPA
La Unión Europea se encuentra "cansada" por una década de ampliación y de reforma institucional. El fracaso del proceso constituyente inicia un cierto estancamiento en la integración, y, aunque el Tratado de Lisboa logró salvar los muebles es decir ciertos elementos indispensables para continuar en un proceso de construcción europea, lo cierto es que la crisis económica, iniciada poco después, ha potenciado la política de los Estados más que la política europea, ya entendida como institucional, ya como representativa del interés del conjunto de los países de la Unión.
A pesar de ser la economía más grande del mundo -casi el 20% del PIB mundial- y a pesar de tener una moneda única, Europa no actúa unida, mientras que sus interlocutores internacionales, Estados Unidos y los denominados BRIC´s (Brasil, Rusia, india y China, según el acrónimo acuñado por un analista de Goldman Sachs) tienen una dimensión que obliga a conseguir esta unidad de acción para tener una escala comparable. Esto no es una opción, sin una escala suficiente, la decadencia de cada uno de los países europeos por separado, tardará más, tardará menos, pero es segura.
Para recuperar el proceso de integración sólo hace falta una cosa: recuperar la confianza. España, que ha sido un elemento central del riesgo de la economía europea, debe acreditar que es fiable, que las cuentas reflejan la realidad de la situación, que no hay trampa ni cartón, que somos capaces de eliminar el déficit, y que podemos relanzar la economía.
Una parte de la izquierda, y algún otro oportunista, juegan con la idea demagógica de cuestionar la necesidad de asegurar el equilibrio presupuestario. Así lo hemos visto en la votación de la proposición de ley de reforma constitucional. Deberíamos recordar que el déficit, como ilustró la portada del diario “the Economist”, es cargar a nuestros hijos de deudas, gastando hoy lo que pagarán ellos mañana. El sentido común nos dice que eso no es justo ni razonable. Por más que todo el mundo exija hoy mejores pensiones y servicios sociales, el gasto público de hoy debe acomodarse a los recursos de hoy.
Debemos recomponer nuestras relaciones con Alemania, y reorientar nuestras relaciones con Francia, acreditando nuestra solvencia y fiabilidad, esto es, sin duda, la mejor aportación posible de España a la construcción europea.
A través de los instrumentos del Tratado de Lisboa se podrá conseguir un relanzamiento de la integración europea en los próximos años siempre y cuando Alemania –principalmente- y Francia –también- tengan la seguridad de que la integración no va a hipotecar su futuro respectivo con cargas insoportables para sus ciudadanos.
EUROPA EN EL MUNDO
A lo largo del siglo XX hasta hoy, el PIB mundial pasa de 5 billones de dólares a 70 billones –en valor/moneda constante-, aproximadamente. Se trata sin duda de un crecimiento espectacular.
Sin embargo, si hasta los años 80 el crecimiento se centraba, mayoritariamente, en los países desarrollados, a partir de esa fecha, cuando el PIB se situaba aproximadamente en 35 billones, hasta la actualidad en que se ha duplicado, el crecimiento más importante se ha llevado a cabo en países emergentes, así en China con un crecimiento de algo más del 10% hasta el año 2000 y de algo más del 9% desde entonces hasta ahora, y la india con un crecimiento de entre el 6% y el 8%. Frente a la pujanza de las economías emergentes, los países desarrollados se situaron alrededor del 3%, hasta la llegada de la crisis en que difícilmente se supera el 1%, o incluso se está en situación de franco estancamiento como España.
El futuro previsible en estas circunstancias, es que los viejos países del G-7 pierdan peso relativo como Estados Unidos o Japón, o pierdan peso absoluto como la Unión Europea, que si bien representa el 20% del PIB mundial, esta participación es decreciente frente al crecimiento espectacular de China que ha pasado del 4% a casi el 20% en tres décadas.
La escala de nuestros interlocutores obliga a considerar la integración europea como una tarea urgente. No se trata de una opción. Estados Unidos seguirá siendo un actor principal en la escena política internacional, no solo porque su economía no pierde peso en términos absolutos, si no por su fuerte presencia internacional, tanto ejerciendo el “hard power” como el “soft power”, pero el peligro real es que Estados Unidos pase a privilegiar progresivamente la interlocución con China frente a la Unión Europea que no constituye ni un problema ni una solución en el ámbito internacional.
Sólo si la Unión Europea logra actuar con una sola voz tendrá posibilidades de pesar en el concierto internacional, mantener su dinamismo económico, y, en definitiva, de mantener la prosperidad que es la base de su modelo político y social.
*Ana Palacio es Ex-Ministra de Asuntos Exteriores de España y Senior Fellow and Lecturer de la Universidad deYale*
(Artículo elaborado para el Debate España 2020 que puede seguir en la web www.masactual.com)