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Los Maestros se han ido

Los Maestros se han ido

miércoles 01 de agosto de 2007, 17:35h
Actualizado: 19 de septiembre de 2007, 03:01h
Que en menos de 48 horas dos de los mejores cineastas de la historia hayan partido en ese viaje sin retorno, ha sido un golpe duro.

Desde ayer, soy viuda de Ingmar Bergman, el sueco que nos sacudió a fines de los 50 al adentrarnos en los sentimientos más íntimos y secretos del alma humana  en Fresas Salvajes, La fuente de la doncella, Sonrisas de una noche de verano, Gritos y susurros o Saraband; y que nos angustió con dilemas metafísicos en El séptimo sello, El rostro o El silencio.

Y  tan sólo un día después debo duplicar el duelo, esta vez por Michelangelo Antonioni, el italiano que también desnudó almas sobre la pantalla de plata, pero a través de los silencios, las miradas o los gestos de otros desolados de la tierra.

Ver los filmes en blanco y negro de Bergman era como asistir a una sesión con el siquiatra o a una discusión con teólogos. Con sus películas, no quedaba más remedio que quedarse horas comentándolas, tratando de descifrar sus códigos y de entender esos personajes desenfadados que se espetaban culpas tremendas; o que expresaban con ira  o desesperación las incertidumbres del más allá. Y, al igual que esas figuras de la pantalla, puede que no encontráramos las respuestas, pero quedábamos con una creciente inquietud y sobre todo, con la satisfacción de experimentar “la belleza de pensar”.

Con Antonioni en los 60, la experiencia era distinta, pero igualmente deslumbrante. Cuando vi La aventura por primera vez, quedé desconcertada y hechizada, con ganas de conocer mejor el mundo de este genial creador. ¿Qué pasó con esa joven que caminaba y caminaba por una isla y que finalmente desapareció? Antonioni nos deja con la interrogante porque ese no es el asunto central, y cambia el foco hacia la amiga de la perdida y su aventura interior, papel que interpretaba su actriz fetiche, Mónica Vitti. El público reclamaba “¡Aquí no pasa nada!” pero pasaba mucho. Era lo que se llamó “realismo interiorista” y que continuó desarrollando en sus siguientes filmes de la trilogía, La noche y El eclipse.

Los viejos cinéfilos pensamos que el cine llegó a su cenit con estos maestros de fines de los años 50 y comienzos de los 60 que revolucionaron este arte. Ya no más sólo historias dramáticas con un comienzo, un desarrollo y un final: en adelante predominarían los comportamientos de los personajes, su modo de relacionarse, en función de sus valores, aspiraciones, éxitos y frustraciones. El público masivo no respondió de inmediato a este desafío y reclamaba no entender nada. Pero con el tiempo aprendió las claves y en los filmes de sus seguidores de hoy leemos mejor las subjetividades que nos ofrece la pantalla.

Hace unos años, también guardé luto por Federico Fellini, otro de los grandes. De esos cineastas que nos mostraron que el cine no era sólo entretención; que más allá de contar historias, puede desnudar como ninguna otra expresión artística de masas las alegrías, dolores o traumas que nos produce vivir en sociedad. Cosa que él develó  magistralmente en La Dolce Vita, película protagonizada por ese otro actor fetiche, Marcelo Mastroiani, que a su estreno causó conmoción y vetos. Más tarde nos volvió a remecer en Ocho y Medio  con los sentimientos de un director de cine – su alter ego - en crisis de edad, su angustia creativa y sus veleidades amorosas. En un viaje a Italia que hicimos en 1998, con mi compañero nos desviamos varios kilómetros de la carretera para ir a Rímini a depositar un ramo de flores sobre la tumba donde Federico Fellini descansa con su esposa de toda la vida, la sin igual Giulietta Massina.

Se murieron Truffaut, Fellini, Bergman, Antonioni. De los viejos maestros europeos de este cine nuevo e inquietante queda sólo el francés Jean Luc Godard, quien nos provocara a fines de los 50 con su antihéroe feo y alocado de Sin aliento y su happy end al revés. Vivir el duelo se nos hará más fácil si recordamos que sus obras los sobreviven en cinematecas y videoclubes y que, gracias al avance de las tecnologías, las podemos repasar y rediscutir cuantas veces se nos antoje en nuestro living o hasta en el computador. Y así, los que se han ido permanecerán con nosotros por siempre.
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