Carmen tenía 38 años cuando probó la droga por primera vez. Había convivido con ella desde los 22, con un cuñado, primero, y un marido, después, enganchados a la droga. Luchó, pero terminó cayendo. Ahora, ocho años después, ha recuperado la sonrisa.
A Carmen la esperan fuera. La aguardan su hijo de 23 años y sus padres: su familia más directa, a la que desde hace ocho meses acude a ver cada domingo. "Les hice un redondo de carne y después mi hijo me llamó al centro para felicitarme", cuenta orgullosa. Y después aclara: "Es que se me había olvidado cocinar".
En realidad, Carmen se había olvidado de sí misma a los 38 años, cuando la heroína y la cocaína dejaron de ser un problema familiar para convertirse también en sus propias adicciones. Ahora tiene 46 y lleva ocho meses como residente en Los Almendros, un centro para madres toxicómanas y usuarios en rehabilitación dependiente de la Consejería de Sanidad. "Como se trataba de pequeñas cantidades, no admitía el problema. Pero sí lo tenía", explica. Y decidió pedir ayuda. "Hacemos informática; también hemos tenido un taller de baile que me gusta mucho, cocina, yoga y gimnasio", cuenta.

Tras la puerta que se abre al jardín, la profesora del taller de bordados muestra orgullosa la imagen de un Cristo ataviado con una túnica bordada por sus alumnas. "Se puede ver, está expuesto allí, en Medinaceli", explica. Desde el invernadero, donde se puede apreciar la tierra removida con las semillas recién plantadas, se atisba una piscina. "¡Estamos todas morenas!", ríe Carmen.
Otras salen al aire libre: es el descanso del taller de bordados. "¿Has visto qué peinado me hice el otro día?", comenta una residente. Iluminada López, una de las responsables del centro, corrobora: "La peluquería les proporciona un cambio de imagen, porque hacen las prácticas unas con otras, y les sube mucho la autoestima al tener un mayor cuidado sobre ellas mismas y sobre los demás". Y es que las actividades del centro son algo más que una terapia: son la llave para un futuro empleo.

Sin ir más lejos, a María, una residente de 29 años, esas actividades le servirán para buscar trabajo cuando salga, también dentro de pocas semanas. "Quiero dedicarme a cualquier cosa, excepto a lo que hacía antes", declara. "Era camarera, pero ahora busco algo con lo que me sienta realizada y me guste... Y me ha gustado mucho el taller de jardinería", explica. Esta joven de ojos vivaces, con cuatro años de adicción a la cocaína y al alcohol a sus espaldas, habla con entusiasmo de sus proyectos. "Estoy llena de ganas e ilusión, y espero hacerlo bien. Aquí me están ayudando mucho en todos los aspectos, sobre todo en el plano personal", asegura.
"Y sobre todo a sentir, porque cuando estás con la droga no sientes. Ahora lo más importante es que sientes que estás viva, que puedes querer, llorar, reír, y todo sin necesidad de ninguna sustancia", concluye.