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Afganistán y Cantabristán

Afganistán y Cantabristán

domingo 08 de abril de 2012, 18:05h
Entiéndase, por favor, el término Cantabristán en el sentido más amplio de territorios montañeses bañados por el Mar Cantábrico; Asturias, Cantabria y País Vasco. Y ahora viene la pregunta del millón... ¿Cuál es la relación entre esta húmeda y accidentada orografía y las áridas tierras de pastunes, tayikos, uzbekos y azaras? Pues que su conquista y control han sido, históricamente, como invertir en hipotecas subprime, es decir, una ruina. 

Territorios que durante siglos han sido más que pobres; la miseria y el hambre se imponían a unas poblaciones famélicas. Estrabón nos dice que a falta de trigo los cántabros vivían tres cuartas partes del año a base de bellotas. Omite piadosamente retratar la inanición de la otra cuarta parte del año restante. De ahí la dependencia de castañas, setas, lácteos, la carne, el marisqueo y la pesca, alimentos todas ellos que si bien pueden resultar deliciosos en la mesa no permitían, recogidos o producidos con técnicas artesanales, mantener más que a pequeños grupos humanos divididos en tribus. Por supuesto las ciudades como Gades, Cartago Nova, Emérita Augusta, Córduba o Itálica eran un sueño que quedaba al sur, más allá de la Cordillera Cantábrica, donde también se extendían los territorios de los vacceos, turmogos o autrigones, productores de trigo que sufrían las incursiones anuales de las tribus cántabras, astures o vasconas en busca de alimentos. Roma tarda décadas en reaccionar. Pasan dos siglos desde la conquista de Hispania hasta que en el 29 a. C. Octavio Augusto, abrumado por la fama y las conquistas de su antecesor Julio Cesar y su obra La Guerra de las Galias, busca una guerrita fácil con la consiguiente propaganda política. Algo al estilo de la película "La cortina de humo" o "Wag the dog" de Barry Levinson, en la que el presidente de los Estados Unidos necesita distraer a la opinión pública con una provocación de Albania y la guerra consiguiente. Por supuesto ni el ciudadano norteamericano ni el romano tenían ni la menor idea de donde estaba ni Albania ni Cantabria, ni de su tamaño, ni los habían visto nunca en un mapa.

Sin embargo las Guerras Cántabras no hubieran tenido ningún eco sino hubiera acudido el mismísimo Augusto para retratar a los cántabros como indómitos guerreros, casi invencibles; al menos eso es lo que nos dicen los romanos para magnificar su triunfo. En realidad, lo único que les complicó un poco las cosas, como en Afganistán, fue la orografía montañosa y la fragmentación en múltiples tribus y clanes; eso obliga a exterminar a todos sus miembros si se quiere someterlos, pues no conocen ningún concepto político de Estado, ni de capital o metrópoli. Eso, que era posible en la antigüedad, o incluso con los sioux, los apaches o los mapuches argentinos en el siglo XIX hoy no es políticamente correcto. 

En el caso de la Península Ibérica, y algunos siglos después del Imperio Romano los musulmanes, en el 711, cruzan el Estrecho de Gibraltar y en una auténtica guerra relámpago en sólo siete años llegan hasta los Pirineos, pero se frenan en la Cordillera Cantábrica. Al norte de esas montañas sigue sin haber ciudades dignas de ese nombre; no puede haberlas, porque el alimento básico, como en el Neolítico, siguen siendo las bellotas recogidas en el bosque. Por supuesto, y a despecho de lo que digan sobre Covadonga, Pelayo y otras patrañas propagandísticas, mientras dura la unidad de al-Ándalus y el poder de Córdoba los ejércitos musulmanes pasan los veraneos saqueando lo poco que hay al norte de la Cordillera. Es la mejor forma de contener y controlar a los díscolos territorios cristianos que se siguen muriendo de hambre y miseria. Sólo entre el 978 y el 1002 Almanzor desatará 56 razias o aceifas contra los territorios cristianos. En la del 997 arrasó Santiago de Compostela llevándose hasta las campanas. Pero cada año, al terminar el verano, los musulmanes, inteligentemente, se volvían al sur evitando las inclemencias del invierno cantábrico. No será hasta la disolución del Califato en Reinos de Taifas cuando los cristianos puedan tomar la iniciativa y proceder a un efectivo control del territorio reconquistado.

El maíz y la patata, introducidos desde América a partir del siglo XVI, son cultivos bien adaptados a la humedad, y en el caso del tubérculo a la altura y el frío. Su aceptación revolucionó la alimentación en la Europa Atlántica y en Afganistán, donde la patata se cultiva en casi 14.000 hectáreas en condiciones muy parecidas a las andinas. Por supuesto eso implicó el aumento de la población y un tímido desarrollo urbano (Bilbao, Santander, Gijón, Kabul o Kandahar), crecimiento que se equilibra enseguida con los alimentos disponibles, volviendo el hambre, la miseria y la emigración. Sólo entre 1900 y 1920 más de cuatrocientos mil vascos de las dos vertientes pirenaicas emigraron a los Estados Unidos, muchos de ellos al Jordan Valley de Oregón o como pastores a Idaho o Nevada. En la década de 1880 miles de vascos llegaron también a Panamá para construir el canal. Se les pagaba como a los chinos o a los negros emigrados de las islas del Caribe, pero su dureza, resistencia y capacidad de trabajo hizo que se importaran ocho mil vascos más y se doblara su salario con respecto a los negros, dado que se consideró que rendían tres veces más. Lástima que tras dos o tres temporadas de lluvias tropicales los vascos cayeran en la misma indolencia, apatía y desidia que los caribeños, descendiendo su rendimiento hasta que no se llegó a apreciar ninguna diferencia entre unos y otros. Para que luego digan de los estereotipos étnicos y los inamovibles caracteres de la raza. Otros cientos de miles de gallegos, asturianos y cántabros también huyeron del hambre hacia América. No son los únicos. Hoy día hay casi cuatro millones de afganos dispersos por el mundo, huyendo de un país tan árido que su población, de unos treinta millones de personas, se distribuye a razón de 38 habitantes cada kilómetro cuadrado. A modo de comparación digamos que en Ruanda, otro país pobre, desindustrializado y sin recursos, esa densidad es de 423 habitantes por kilómetro cuadrado.

Si Hegel decía que la Historia se repite y Cicerón la llamaba Maestra de la Vida deberíamos tomar nota. Los talibanes fueron sistemáticamente ignorados, como los cántabros o los germanos mientras sus desmanes se producían dentro de sus fronteras. En términos de costes y beneficios nada justificaba la conquista y, sobre todo, el control efectivo de esos territorios famélicos y miserables. Es sólo cuando saltan esas fronteras para atacar la Galia, las ricas provincias romanas de Hispania o las Torres Gemelas de Nueva York cuando se produce la reacción del Imperio, ya sea Publio Quintilio Varo cruzando el Rhin antes de caer emboscado en Teutoburgo, Octavio atravesando los pasos cantábricos hacia el norte o la OTAN desplegándose en Afganistán. Llamar a este país "cementerio de imperios" creyendo que los afganos son guerreros tan invencibles como los vascos, cántabros o germanos es una ingenuidad nacionalista, si se me perdona la redundancia. La miseria y la pobreza secular de sus territorios ha sido siempre su mejor defensa contra los extraños, como la de las tribus Khoisan en el desierto del Kalahari. 

Por supuesto que los Estados Unidos y la OTAN podrían vencer en Afganistán. Pero sólo con dos políticas. Una sería exterminar o deportar masivamente a la población. Octavio Augusto pudo hacerlo, como podía Gengis Khan, Atila, Tamerlán, el Séptimo de Caballería o lo intentó Adolf. La segunda opción sería volcarse militar, política y económicamente en el país. Pero dado que no parece que vaya a surgir petróleo, ni diamantes, o ni siquiera fosfatos como en el desierto saharaui, y el coltán parece escaso nada lo va a justificar en términos de coste y beneficio. Parece que el valor estratégico de flanquear a Irán desde el Este no compensa cuando ya se controla Irak en el Oeste. 

Por eso, muerto Osama, la tercera opción, inevitable, es llegar a un acuerdo muy simple con los Señores de Guerra y los talibanes. Ellos se quedan con Afganistán, pero sólo con ella, sin planear ataques fuera de sus fronteras. Así Occidente ganará, al menos, algo de tiempo.
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