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¿Debería abdicar el Rey?

¿Debería abdicar el Rey?

domingo 15 de abril de 2012, 14:35h
Hay demasiados silencios pesando de manera agobiante sobre el cuerpo social español. Este cronista  ha pretendido distinguirse siempre por su apoyo -crítico-a la Corona. Por eso mismo, pienso que no debe quedar sin crítica la acción del Rey, viajando a una partida de caza --¡de elefantes!-en un país africano en el que España ni siquiera cuenta con embajada propia. Un viaje del que parece (aunque La Zarzuela ha sugerido lo contrario) que no tenía conocimiento pleno el Gobierno, que tampoco sabría ni el objeto del desplazamiento ni con quién viajaba el jefe del Estado. Son precisas explicaciones, muchas explicaciones, porque empiezan a ser bastantes las cosas que no cuadran.
 
Es importante que la sensación de bochorno que se extiende por no pocas capas de la sociedad española, sin que basten para atajarla algunos comentarios turiferarios y absolutamente desenfocados  -eran más, muchas más, las columnas indignadas y a veces acaso injustas--, se transforme en otra de esperanza. Tomás Gómez, el secretario general de los socialistas madrileños, ha abierto una carpeta que hace años que no está del todo cerrada, pero que ahora es necesario contemplar: ¿debe abdicar el Rey en la persona, perfectamente preparada, de su hijo Felipe?¿Debe acelerarse la llegada al trono de Felipe VI? Desde luego, si el Monarca, cuya hoja de servicios a España es amplia e impagable, ha decidido preferir su vida privada al mantenimiento de una imagen pública, de unidad familiar -que obviamente ya no existe--, debe empezar a pensar en una retirada gradual que no le impida actuar como un valiosísimo consejero para su hijo. Y si la capacidad física de Don Juan Carlos, ahora obligado a alejarse de sus obligaciones oficiales durante al menos mes y medio, se ve mermada, mayor razón para acelerar el debate sobre un traspaso de poderes, sin prisa pero sin pausa.
 
El Rey es, sin duda, un patriota. Y es la hora de ejercer el patriotismo, porque nunca, desde que regresó la democracia, el ánimo de los españoles
ha estado tan decaído, los horizontes tan vacíos de esperanza: gran parte de nuestra bien preparada juventud quiere marcharse en busca de oportunidades en el extranjero; el Gobierno, recién llegado, pierde popularidad a espuertas, sin que nadie parezca dispuesto a salir al ruedo -y aquí también hacen falta no pocas explicaciones-para aplicar nuevas recetas; la confianza de los emprendedores en soluciones de éxito decrece; la unidad territorial se resquebraja en alguna de las llamadas comunidades históricas y el respeto hacia España en el exterior se difumina. Es un diagnóstico duro, pero real. Los españoles corremos el riesgo no solo de perder nuestras ilusiones europeístas, sino también el propio orgullo de nacionales de un Estado, de una gran nación que ha sabido salir de muy duras acometidas y de muy peligrosos desafíos. En estas circunstancias, la Monarquía ha de seguir siendo garantía de unidad, de consenso, de respeto hacia las instituciones; hacer leña de los árboles caídos puede ser muy popular, pero sería algo ahora absolutamente desaconsejable.
 
Ver al Rey postrado, esperando regresar a un palacio de La Zarzuela vacío, y ver al jefe de Gobierno acaso más atribulado del mundo visitar al jefe del Estado en el lecho del dolor provoca la inequívoca sensación de que se abre una nueva era y de que muchos cambios son necesarios. Rajoy, con su tribulación a cuestas, viaja esta semana a América Latina, donde también pintan bastos para España --es palpable en la cumbre de las Américas, aunque también es cierto que la amenaza argentina contra Repsol-YPF parece decrecer--. Ignoro si aprovechará la ocasión para confesarse a calzón quitado con los periodistas que le acompañan; no anda el presidente demasiado ansioso, me temo, de multiplicar las oportunidades de mantener contactos informativos. Deja esas cosas para Montoro, para Guindos -que esta semana se verá nada menos que con el presidente del Banco Central Europeo, ese Mario Draghi que se multiplica en gestos poco amables hacia la economía española, y no así hacia la italiana--, para la vicepresidenta. Pero es ya un clamor: ha llegado la hora de que le escuchemos a él
 
Me parece, salvando todas las distancias -Rajoy está teniendo un comportamiento impecable en cuanto a su dedicación al puesto--, que, cada uno en su ámbito, tanto el jefe del Estado como el jefe del Gobierno -y, si me apuran, también el líder de la oposición y los mandatarios nacionalistas--, tienen que meditar no poco sobre la conveniencia de un cambio de rumbo. Y acometerlo en el marco de un gran acuerdo sustancial. Si al ciudadano se le piden drásticos cambios en sus comportamientos en no pocos aspectos, ¿cómo no exigir a nuestros máximos responsables un giro drástico, que sirva para fortalecer la Corona y para plantear un frente unido a los mercados y a los propios responsables de la UE? Es urgente la búsqueda de nuevas formas de gobernar a los españoles; los tempos políticos empiezan a distanciarse excesivamente de los que exigen los ciudadanos.
 
 
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