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Grecia, el precio de la humillación

Grecia, el precio de la humillación

martes 08 de mayo de 2012, 17:50h
La historia es un libro donde los poderosos no quieren aprender. Lo ocurrido en las elecciones griegas estaba vaticinado. Cuando se humilla y se empobrece a un país, siempre los radicalismos salen ganando.
   
El plan Marshall para ayudar a la reconstrucción de Alemania fue una consecuencia de la lección aprendida en el Tratado de Versalles, que puso final a la I Guerra Mundial con una condiciones impuestas a Alemania que eran imposibles de cumplir. Y además injustas, estúpidas y humillantes.
   
El poderoso Marco alemán llegó a cambiarse por más de siete billones por un dólar. La miseria y la desesperación se instalaron sobre el orgullo del pueblo alemán. Y la resultante fue un decenio de crecimiento de los partidos extremistas y la imposibilidad de dar gobernabilidad a una gran nación avasallada. Lo que ocurrió después es más que evidente: el ascenso de Hitler al poder, el exterminio judío y la II Guerra Mundial.
   
A los aliados, en 1945, no se les ocurrió hacer responsables de los horrores del nazismo a los alemanes.
   
La Alemania de hoy ha cometido la injusticia y el error de culpabilizar a los ciudadanos de Grecia de las tropelías de sus gobernantes. Ya tenemos un partido nazi en el parlamento Griego: sin disimulos, con sus símbolos amenazantes y la xenofobia y el racismo exhibidos como su carta de naturaleza. Nadie asegura que el populismo no sea contagioso. No hay más que ver la ascensión del partido de Marine Le Pen que puede volver a crecer en las próximas elecciones legislativas francesas.
   
El problema con la deuda Griega, que fue el principio de la gangrena de la Europa del sur, se pudo resolver aplicando la solidaridad y la comprensión, que fue seña del crecimiento de la Unión Europea hasta la llegada de la canciller Ángela Merkel al poder en Alemania.
   
Demonizar a los "vagos del sur" por los eficientes alemanes es generar una brecha en la Unión Europea que será muy difícil de superar.
   
Ahora, con la llegada de Hollande a la presidencia de Francia se respira un aire nuevo. Pero hay que rearmar los valores de la democracia para que la desafección a los partidos políticos democráticos no sea el caldo de cultivo de partidos fanáticos y populistas. Todavía estamos a tiempo.
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