Parece que fue ayer, pero ya han pasado diez años, dos lustros, mis amadísimos, globalizados, megaletileonorisofiados y guggenheimeados niños y niñas que me leéis. Diez años, uno detrás de otro. Diez períodos impositivos. Nada menos. Y ahí está, luciendo su titanio, el Museo Guggenheim de Bilbo (antes Bilbao), para pasmo de propios y de extraños. Un puntazo de modernidad que se han marcado los vascos, gracias a las sinuosas formas que salieron del lápiz del arquitecto Frank O. Gehry.
Claro que, en el camino de construcción, hubo detallitos e esos que mejor no contarlos, no fuera que más de uno –y más de dos, ¿verdad, Arzalluz?—quedaría con la txapela al aire. Pongamos que estamos hablando de la financiación de tan costosa obra. ¡Sabe alguien lo que costó, siquiera aproximadamente, el Guggenheim? Como que no. ¿Se acuerda alguien de los follones que hubo en el Gobierno vasco por ese invento? Mejor no hacer gala de la memoria, que, en este caso, no es histórica. Era los tiempos de José Antonio Ardanza como lehendakari de los vascos y de las vascas. Eran los tiempos de un gobierno bipartito en Ajuria Enea. La época en las que el PNV estaba coaligado con los socialistas. Una especie de cohabitación, por cierto, bastante más perfecta que la existente a día de hoy en la Galicia del bipartito. El PNV no se metía en las contrataciones a dedo que hacían los socialistas en el área de Sanidad y Seguridad Social y en la Consejería de Educación. Para corresponder, el socialisterío vasco no se daba por enterado en los tejemanejes del PNV en la Consejería de Interior, con esas promociones de altos mandos de la Erztaintza, no en función de sus capacidades policiales, sino en la fidelidad al Partido Nacionalista Vasco. En suma, ambos socios de gobierno vivían y dejaban vivir a la segunda parte contratante de la primera parte contratante.
Hasta que llegó lo del Guggenheim, claro. Al lehendakari Ardanza, al principio la cosa no le cuadraba por ningún lado. Ni en el aspecto artístico (el batasunerío chillaba cosa mala porque la cosa pecaba de modernez cosmopolita, sin el obligado miramiento del ancestral ombligo euskaldún), y mucho menos en el económico. Aquí el buenazo de Ardanza estaba como con los congojos por corbata. Las cuentas no salían, el presupuesto se disparaba y la opinión pública estaba con una considerable razón de mosqueo. Y, encima, la obra se dilataba. Y, en estas, ante las reticencias del lehendakari que había empezado a agitar las aguas internas del PNV, que Xabier Arzalluz, el Papa Negro del nacionalismo vasco, que se lía la manta a la cabeza y dice que el Guggenheim ha de salir adelante por c...nes, y aunque sea sacando el dinero de debajo de las piedras. O sea, todo el mundo firmes y en primer tiempo de saludo, que menudo era Arzalluz... Total, que diez años después, ¿quién se acuerda de toda esta historia? Ni siquiera mi cuñado Koldo Natxo (antes Luis Ignacio), de Neguri de toda la vida... Entrar en el patronato del Museo Guggenheim le costó una pasta gansa. Como todas las empresas que, obedientes al mandato de Arzalluz, acudieron a colaborar. Faltaría más, que con la cuenta de resultados no se juega, que para eso el Eusko Jauralitza, el Gobierno vasco es un buen cliente. . Que ya se sabe cómo se las gastan los representantes de un pueblo que tiene –Ibarretxe dixit— 7.000 años de antigüedad.
Así fueron las cosas, pequeñines/as míos/as. Bilbo (antes Bilbao) empezó a resurgir con el colmo de la modernez que representa el Guggenheim. Las gente, los visitantes de la capital vizcaína van “Desde Santurce al Guggenheim, por toda la orilla”, incluso algunas –las menos—y algunos –los más—luciendo la pantorrilla. Y eso siempre será mejor que quedarse con el pompis al aire, ¿verdad?.