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El Carrillo que contribuyó a la democracia

El Carrillo que contribuyó a la democracia

martes 18 de septiembre de 2012, 20:08h
Olvidemos, hoy, el tópico y el resentimiento. Déjemonos de alusiones a Paracuellos o a una guerra civil de la que nadie quiere, espero, acordarse: Carrillo se había instalado en el futuro. Había nacido para escribir aquel libro 'Después de Franco, qué', una profecía (en la que, como vate, no daba ni una) mirando a la transición. Y también había nacido para ponerse manos a la obra, recién muerto Franco, con los suaristas 'azules', en especial con Rodolfo Martín Villa -que lo había metido en la cárcel--, sobre una vía a la democracia, olvidando programas de máximos, aspiraciones republicanas, hoces, martillos, yugos, flechas y bigotillos fascistas. Cuántos mitos prohibidos cayeron en semanas gracias a una 'conversación franca' entre Carrillo y algunos jerarcas evolucionistas del Régimen...
 Siempre pensé que tanto Martín Villa como Carrillo, que me parece que pactaron hasta la detención del comunista con la famosa y horrible peluca con la que, para disfrazarle, le metió en España el acaudalado 'rojo' Teodulfo Lagunero, son, en realidad, los que implementaron la transición. Con Adolfo Suárez de fondo, claro. Luego, el entonces ministro del Interior del Partido Popular, Jaime Mayor, nos enseñó a los periodistas aquella peluca histórica. "Pero no, no era aquella, aunque  prefiero no desmentirlo", me confió un día el viejo zorro.
 Imposible olvidar aquella reunión del comité central, cuando el PCE acababa de ser legalizado en aquel  'sábado santo rojo' de 1977, bajo la bandera rojigualda y con expreso acatamiento a la legalidad vigente: era el inicio de una nueva etapa para el PCE, un partido que era un mito silenciado durante los cuarenta años de dictadura y que, en realidad, era un gigante con pies de barro. Hoy, el PCE, integrado en Izquierda Unido, es apenas un pálido reflejo de lo que era en aquellos últimos años de la clandestinidad, o en la primera Legislatura, constituyente, de 1977, cuando Dolores Ibarruri y Rafael Alberti se sentaron en la mesa presidencial del Congreso de los Diputados.

Luego, ya se sabe, Carrillo dejó de ser miembro de un PCE que andaba como a la deriva, con secretarios generales cada vez más dogmáticos y menos flexibles, empeñados todos en matar al padre. Yo creo, a través de lo que hablé en los últimos años con él, que Santiago Carrillo era el más monárquico de los monárquicos, y eso que empezó llamándole 'Juan Carlos, el breve': nunca olvidó lo que Don Juan Carlos hizo por España en aquella noche del 23 de febrero de 1981, cuando el ex teniente coronel Tejero, un enloquecido, tomó el Congreso de los Diputados, y él y su amigo Suárez, junto con su admirado teniente general Gutiérrez Mellado,  fueron los únicos que desobedecieron la orden de tirarse al suelo. "Sabía que aquella noche me matarían; por eso me fumé el que yo creía que iba a ser mi último cigarrillo en el escaño", me dijo luego Carrillo, con la sonrisa de medio lado de siempre, y el cigarrillo Peter Stuyvesant colgándole del labio. Yo creo que no le hubiese importado morir aquella noche tremenda, a cambio de ocupar una página gloriosa en los calendarios: era un egocéntrico.

Pese a mi inicial militancia en el PCE, y luego a mi huída de este Partido, mantuve con él una relación lejana toda la vida: no era fácil tratar con Carrillo. Pero me  yudó con sus testimonios y recuerdos para algunos libros, siempre me siguió con su imperturbable curiosidad intelectual y, cuando le decías (ya había cumplido los noventa), "Santiago qué bien estás", respondía siempre que era el tabaco lo que le mantenía. Te hacá recordar aquello de Picasso de que 'cuando eres joven,eres joven para toda la vida'. No cambió nunca en los más de treinta años en los que le conocí: recalcitrante, mordaz, insultón, inteligente, calmoso, muy lejos de la imagen diabólica que de él se difundió, pero menos aún con una imagen beatífica. Pese a que aparentemente se reía de su fealdad, era, en el fondo, un presumido, que, cuando apareció en una rueda de prensa clandestina en Madrid, a comienzos de 1977, lamentaba haber salido fotografiado con un peine asomándole en el bolsillo superior de la chaqueta: "habrán pensado que soy un hortera", nos dijo a algunos que por allí pululábamos, convencidos de que estábamos haciendo historia.

Yo creo que Carrillo ha muerto, en el sentido picasiano, joven. Ha escrito muchos libros de memorias, pero seguro que se ha callado lo más interesante...o lo más comprometido. O lo más pactado (cuántos secretos se han ido con él, cuántas anécdotas se podrían contar sobre su persona y sus circunstancias). De hecho, le han sobrevivido pocos contemporáneos. Yo, ahora miso, no recuerdo a ninguno. Conoció a Stalin, y a todos los dirigentes de los países del Este, comenzando por  el archidictador Ceaucescu. Pero él quería imponer su propia vía a un socialismo bastante atemperado, pese a la fama que le precedía. Desde luego, no era un  estalinista, pero tampoco un verdadero 'eurocomunista' a la manera de Enrico Berlinguer: tenía su propio sendero, peculiar, discutible. He escuchado en estas horas voces de la derecha elogiándole; quién lo hubiera dicho. 
En fin, el hecho es que se nos marcha un pedazo de Historia, de esa Historia con mayúscula que protagonizan solamente algunos elegidos por esos dioses en los que él se empeñaba en no creer. Uno de esos personajes irrepetibles que no dejan indiferente a nadie, ni quieren que así sea. No, definitivamente era de esas personas empeñadas en alejarse de cualquier idea de buenismo. Ni ellos ni la censura, como en la canción de Serrat sobre los piratas, lo podrían permitir.
 fjauregui@diariocritico.com

- Lea el blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'


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