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Paso a dos

Paso a dos

lunes 24 de junio de 2013, 07:47h
Ojalá y la suerte nos acompañe. Para una vez que se ponen de acuerdo... Ojalá que los colegas de los otros 26 sean sensibles a los argumentos de nuestro Gobierno y nuestra oposición (más alguno que otro que se sume) y decidan de una vez que Europa no se puede permitir tanto joven desempleado, tanta empresa destruida o desnutrida por falta de crédito ni esa birria de banco central que es incapaz de respaldar las afligidas economías de los parias europeos. Pero no cabe ilusionarse demasiado. Hace justo un año, en otro "decisivo" Consejo Europeo, se decidió dedicar el 130.000 millones de euros a reflotar la UE. Era el estreno en Bruselas de François Hollande. No se ha vuelto a saber nada.

Ojalá el pacto triunfe en Bruselas y tras éste vengan otros más caseros sobre la reforma de la administración, las pensiones y hasta sobre la educación, que bien necesitada está de menos bulla y más arreglos. El país lo agradecería. Pero de momento solo cabe conformarse de con este acuerdo bilateral por Europa que recibirá el voto mayoritario- y seguramente muchas abstenciones- el martes en el Congreso. Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba insisten en que "ha ganado España". Más bien de lo que están convencidos es de que han sido ellos los que han ganado. Se han situado en el centro del escenario y los focos les siguen en su esforzado y vistosos paso a dos. Parecen bastante solos pero intentan agradar al respetable. Lo necesitan como el comer.

Hace solo dos meses, a finales de abril, Mariano Rajoy era un presidente grogui y tambaleante pesé a su amplia mayoría absoluta. El día 25 todo su Gobierno callaba porque estaba en estado shock después de divulgarse los terroríficos datos de la EPA del primer trimestre del año. Tras quince meses de imponer durísimos recortes en los presupuestos y en los servicios públicos, después de hacer una reforma laboral "extremadamente agresiva" con los derechos de los trabajadores, de subir impuestos y de negar una y otra vez las promesas electorales la encuesta de población activa arrojaba el resultado más desolador: el desempleo superaba con amplitud la barrera de los 6 millones de personas y dejaba sin trabajo y esperanza al 27,2 por 100 de la población activa. Al día siguiente el Gobierno colocó a la vicepresidenta y a los dos ministros económicos tras la mesa de la sala de conferencias de prensa del Portavoz del Gobierno no solo para aguantar el chaparrón, sino para algo todavía peor: comunicar a la ciudadanía que el futuro seguía siendo oscuro porque el Gobierno reconocía con sus previsiones hasta 2016 que se estaba enfrentando a lo que puede constituir el más absoluto de sus fracasos. El cuadro macroeconómico enviado a Bruselas admitía que esta legislatura puede acabar peor de lo que empezó, con más parados de los que había cuando los ciudadanos echaron al PSOE del poder para que el PP arreglara el país. Casi como a las puertas del infierno de Dante, "abandonad toda esperanza".

No le iban mucho mejor las cosas a Alfredo Pérez Rubalcaba. Su ejecutiva se mostraba incapaz para acallar el creciente guirigay interno que subía de decibelios a pasos agigantados reclamando un proceso de primarias que diera otro líder al partido. Sus expectativas electorales continuaban su caída en picado sin recoger ni uno solo de los votos que a manos llenas perdían y pierden los populares en su también imparable desgaste. Cuestionado apenas un año después de ser elegido secretario general, Rubalcaba no da con la tecla de mantener cohesionado al partido, zarandeado un día sí y otro también además por el desafío cuasinacionalista de su rama catalana, el PSC, que le sirve al PP la oportunidad de presentarse como el único partido que "defiende España". Y lo peor es que cada tentativa de su compañero Pere Navarro para hacerse querer en el electorado catalán además de resultar inútil le resta apoyos, suma y sigue, a Rubalcaba en el resto de España. Desde Ferraz se intentó superar ese mar de fondo elaborando y presentando un mastodóntico plan económico de 75 medidas urgentes que apenas si ha logrado centrar el debate nacional unos días. Todo un ambicioso y completísimo papel mojado, penúltimo intento por encontrar el camino de la "oposición útil" con la que el líder socialista quiere justificar su puesto de trabajo. Después de su entrevista en Moncloa ni siquiera el propio Rubalcaba se ha referido a él o ha comentado que le haya recordado al presidente del Gobierno que hace semanas que se lo envío para conocer su parecer. Es como si ya no existiera.

Las penurias de unos y las incapacidades de otros son conocidas y sufridas por los ciudadanos. Los últimos datos del CIS revelan la caída libre de dos grandes partidos en respaldo popular. La estimación de voto indica que sumados los posibles votantes del PP y a los del PSOE superarían levemente el 62 por ciento de los sufragios totales, cuando esa suma rondó el 74 por 100 en las elecciones de 2011 y era de casi el 84 por ciento en los anteriores comicios de marzo de 2008. Una auténtica sangría para la hegemonía bipartidista. Individualmente, se constata la pérdida de voto de los populares desde las últimas elecciones generales en 11 puntos. Lo que no aprovechan los socialistas, que restan 5 décimas al escuálido porcentaje obtenido en aquel entonces. El país entero parece clamar contra el dominio absoluto de los dos partidos y apunta peligrosamente a un futuro en el que ni juntándolos a los dos sería posible formar un Gobierno estable.

Este pacto por Europa parece una respuesta de los dos líderes, un intento para convencer a los españoles de que solo pueden confiar en sus formaciones para las cosas serias. Es un intento desesperado por demostrar la utilidad del bipartidismo. Por eso IU, y UPyD, las fuerzas políticas emergentes, lo rechazan como si les hubieran arrojado encima las ascuas de las hogueras de San Juan. En este pas de deux poco importa a quien le corresponde mantenerse en punta sobre una pierna, hacer los giros alrededor del otro o quien levanta a quien en la escena final. Lo importante es que el espectáculo convenza a un público descreído y harto de numeritos. Del Consejo Europeo tendrá que salir algo muy concreto, con resultados tangibles y que sea útil para la ciudadanía. El Gobierno y la oposición que le apoya tienen que obtener algo que se pueda defender. De lo contrario resultará patético escucharles a los dos lamentándose de un fracaso, echando la culpa a la señora Merkel o haciendo de tripas corazón y vendiendo humo en el pleno extraordinario que celebrará el Congreso de los Diputados que, en julio, analizará la cumbre europea. El Gobierno proseguiría su imparable descenso en estimación popular. Pero lo peor sería para el PSOE, que, además de seguir su curva descendente, también tendría que hacer suyo el lema inscrito en la entrada del infierno de Dante. Algún que otro barón de la casa ya lo ha advertido.
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