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 El aforismo de Lampedusa

El aforismo de Lampedusa

sábado 05 de octubre de 2013, 12:02h
Existe un aforismo que dice es posible subvertir el tiempo, deteniéndolo, como si el tiempo no tuviese una ley más poderosa que todas las leyes. Dice que es necesario que todo cambie para que todo siga igual, y se refiere a la subsistencia de la monarquía contra la república. El inmovilista Giuseppe Tomasi de Lampedusa, en El Gatopardo, una vez ocurrido el desembarco de Garibaldi en Marsala, lo pone en labios de Tancredi, cuando al ser reconvenido por  enredarse con los revolucionarios le dice al príncipe con hondo cinismo que las cosas tienen que cambiar para seguir siendo lo mismo. Esa frase se ha convertido en aforismo de batalla. La dicen los políticos intentando desprestigiar las promesas del contrario. La sentimos en la vida, cuando determinadas injusticias, después de dar vueltas y vueltas, siguen siendo lo mismo.

Por eso qué otro lugar podría ser más cruel que Lampedusa para que arribaran los que buscan el sueño de Occidente. Los que quieren llegar a ese paraíso que asoma a sus televisiones, creando una terrible envidia. Calles sucias, cuerpos harapientos, estómagos huecos, ojos hundidos de niños, dentaduras arrasadas, uñas sucias, espacios malolientes, casas semiderruidas, camastros llenos de insectos, una angustia perenne, es su hábitat. En su tierra la vida es el maldito castigo de un dios cruel, y ellos no saben cuál es su culpa.  

Ellos sienten que detrás del mar se pastorea la abundancia, que la sonrisa está en las esquinas. Solo hay que cruzar un mar que si no se revuelve es bello y azul, como una balsa espejo del futuro. Ven sus aguas como el preludio de la muerte de las sombras. Luego vienen aquí, cuando han sobrevivido a la calma traicionera de las olas, y lo primero que comen es su propia dignidad. Tienen que malvivir con su nueva suciedad en los suburbios del paraíso. Limosnean, ruegan, los expulsan, les quitan la sanidad, se les aprieta las carnes en otro gueto en el que la dureza de la vida maltratará los ojos de los niños, y el desprecio general llenará de miedo sus voces. A veces solo la lástima, despectiva o cariñosa, será una cataplasma en el dolor descarnado. 


El viaje es cruzar el miedo. Se mojan con aguas de un mar de sangre, como en Lampedusa, cruel sentencia de un destino cruel. Los que querían cambiarlo todo en sus vidas sintieron que todo seguía igual. Ellos siguen siendo los que sufren, mueren, lloran, se revuelven contra nadie, se oprimen la cabeza en lamentos de ahogo. Agónico dolor de un mundo injusto y malvado. La conciencia de la UE debería estallar por esto, revisar la nula eficacia de la solidaridad, la glotonería de una política agrícola tan egoísta, la grandilocuencia de unos discursos de charlatanes tan vacíos.    
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