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Exhortación al Príncipe de Asturias

Exhortación al Príncipe de Asturias

domingo 27 de octubre de 2013, 11:05h
Es un hecho que ha llamado la atención en los medios el discurso del Príncipe de Asturias con ocasión de la entrega de los premios que llevan su nombre. Se trata de una alocución breve y clara, llena de contenido y con la dosis suficiente de valentía, emitida con soltura y convicción. Esta circunstancia me ha conducido, pese a mi natural reticencia, a revisar su contenido.

Digo natural reticencia porque soy uno de los muchos millones de españoles que ponemos en valor la monarquía no por convencimiento sino por conveniencia. Hijo de orgullosas familias republicanas, sigo creyendo que es más democrático elegir el jefe del Estado que no hacerlo. Pero como dicen los antiguos hay algunos matrimonios por conveniencia que dan más juego que otros realizados por tórrido enamoramiento. Supongo que eso lo dicen desde los propios Reyes Católicos.

Ahora bien, esa adhesión por conveniencia a la monarquía depende, como podrá comprenderse, de que esa institución funcione: de que otorgue la mediación y la estabilidad que facilitan el mejor desempeño del sistema político democrático. Eso se puso de manifiesto en la transición, pero puede dejar de ser necesario en cualquier momento. Supongo que eso lo tendrá claro el Príncipe Felipe.

De este último discurso quiero destacar dos cosas: el balance que hace de la sociedad española como colectivo de convivencia y la propuesta de cómo mejorar el futuro. Claro, alguien me podría decir: pero hombre, el discurso no lo ha escrito él mismo. Pero eso me causa todavía más interés, porque significa que no sólo tiene su propia cabeza sino también su propio equipo. Es decir, está bien preparado para representar la Corona.Respecto del primer asunto creo que don Felipe exagera cuando nos muestra a la española como una sociedad llena de virtudes. Al poner como ejemplo la respuesta a la catástrofe ferroviaria de Santiago quizás olvide que, desde tiempos inmemoriales, los españoles hemos funcionado bien ante las tragedias. Eso no disminuye el valor de esa facultad, pero nos muestra una vez más que tiene que llegar una tragedia para superar una convivencia colectiva marcada por el sectarismo, la acritud, la insidia o la corrupción. Algo que se refleja en el sistema político, pero que hunde sus raíces en el conjunto de la sociedad. Pareciera como si fuéramos una gente que reprimimos nuestras mejores virtudes cívicas y políticas en la normalidad, para dejarlas salir en erupción cuando sucede una catástrofe. 

En otras palabras, todavía tenemos una cultura cívica y política bastante rudimentaria, basada en un gregarismo de reflejos, de arengas, que no pierde demasiado tiempo en estudiar individualmente los presupuesto nacionales, los programas de gobierno, las leyes fundamentales. Dicho de otro modo, una ciudadanía de baja calidad. Quizás ello guarde relación con nuestra baja comprensión de lectura, pero creo que se trata sobre todo de un problema de débil cultura política, que nos hace, por ejemplo, ser tan refractarios a las políticas de Estado.

Si, ya sé que el Príncipe debe destacar lo bueno de la sociedad española para darnos ánimos, pero no hay que confundir eso con un buen balance, que necesita mostrar tanto las luces como las sombras.

Respecto de su visión de futuro, el Príncipe no se ha andado con zarandajas: "La sociedad exige -dice- una reflexión rigurosa para nunca más volver a caer en errores y excesos inadmisibles, con la firme aspiración de construir un futuro basado en el esfuerzo, la seriedad, el rigor y la honradez". Bueno, quizás hubiera sido más preciso decir que "una parte de la sociedad" hace esa exigencia, pero no importa, refleja en todo caso su visión del asunto. El problema es que hay que tener bien claro que la comisión de esos "errores y excesos inadmisibles" ha sido considerablemente amplia. De hecho, cuando escuché esas palabras lo primero que se me vino a la mente fue alguna que otra cacería de elefantes.

La construcción de un futuro basado en el esfuerzo, la seriedad, el rigor y la honradez es tarea de todos. No sólo de los políticos, sino también de los empresarios; no sólo del gobierno sino también de los gobernados; no sólo de algunas instituciones, sino de todas, incluyendo en primer lugar a la Corona. Y a estas alturas del siglo XXI no es serio ni riguroso que la monarquía española dependa de una persona que ha servido bien al país pero que su edad y sus achaques ya le impiden seguir haciéndolo a plenitud. Mantener la vieja costumbre de que el titular de la Corona debe ejercer hasta su muerte, no es sano para la institución, ni para el país. Sobre todo cuando está claro que su sucesor está más que listo para el recambio. Así que, como parte de los millones de españoles que valoramos la monarquía por conveniencia, le exhorto a usted y a su padre a que la Casa Real de ejemplo de ese futuro serio y riguroso que ha propuesto con convicción.
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