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Pinturas y batallas

Pinturas y batallas

lunes 28 de octubre de 2013, 10:18h
            Esta manía de poner en duda antiguas atribuciones de cuadros a algunos pintores, a base de análisis químicos, comparaciones de calidad de fragmentos o medidas de la anchura de las pinceladas ha llegado hasta Goya y Velázquez. Parte de la absurda idea de que los pintores no pudieran tener unos días mejores que otros, cambiar de productos o manejar los pinceles con un pulso variable dentro de sus experiencias artísticas. El sistema analítico, más propio de laboratorios clínicos que de estudios artísticos, no puede tomarse como prueba contundente en relación con la autoría de un cuadro.
 
            Cada vez que aparece la réplica de una obra conocida de distinto tamaño o con ligeras variaciones, hay expertos dispuestos a atribuirla a un discípulo que pintaba en el mismo estudio y con el mismo modelo, antes que aceptar que el pintor pudiera realizar maquetas, duplicados o versiones sobre el mismo tema. Recuerdo la anécdota del cuadro del pintor Francisco de Paula Van-Halen que representa la batalla de las Navas de Tolosa y que decora el despacho de trabajo del presidente del Senado. Este cuadro había sido adquirido por el gobierno en 1865 por ocho mil reales y depositado en el Senado en 1878. Un día encontramos en una galería una pintura de menor tamaño sobre el mismo tema, puesta a la venta a un precio muy asequible y parecía interesante para la colección del Senado poseer las dos versiones. Inmediatamente, surgieron expertos analíticos que se empeñaron en que era una copia. Afortunadamente, el descendiente del pintor y aquellos días senador Juan Van-Halen hizo ver a la entonces presidente de la Alta Cámara, Esperanza Aguirre, que su antepasado solía preparar sus obras grandes con una maqueta previa y que se sabía que había realizado años antes esta maqueta. El Senado se quedó con la pintura que hoy puede verse en el primer piso del Palacio de la Plaza de la Marina Española. Pero lo que salta a la vista inmediatamente, sin necesidad de expertizaje, es que no puede ser una copia, porque son distintas la colocación de las figuras y el tratamiento del paisaje y solo se parecen los dos cuadros por tratarse de la misma batalla y los mismos protagonistas.
 
            A mí me cae muy bien esta escena de las Navas de Tolosa en que los Elorriaga formaban en las tropas vascas, con los caballeros de las cuatro órdenes militares españolas, formando la vanguardia dirigida por D. Diego López de Haro El Bueno, V señor de Vizcaya y dilecto colaborador del Rey Sancho VII de Navarra. Pero no solo por querencia de estirpe sino porque, en aquel año de 1212, latía el germen de la unidad de España. Los tres reyes Alfonso VIII de Castilla, Pedro el Católico de Aragón y Sancho VII de Navarra eran los monarcas de los tres reinos unidos en una empresa común y victoriosa. Diríamos que eran las nacionalidades históricas precedentes y, una vez puestos de acuerdo, fueron capaces de acabar con el exótico reino almohade del Califa, abriendo la puerta a la recuperación del territorio nacional que unirían definitivamente, siglos después, los Reyes Católicos, en base a la fusión de los tres reinos, por mucho que le pese a los nacionalistas de tercera división, que no lo digo por las agrupaciones de equipos de fútbol sino porque, desde la unidad nacional y tras los viejos reinos, son los que proponen divisiones en el tercer escalón de la política.
 
             Cuadros históricos como este y "Los Almogávares", "La rendición de Breda", "La conquista de Granada", "La batalla de Lepanto", "La batalla de Bailen", "La batalla de Tetuán", que cuelgan en los muros de nuestras instituciones y museos, nos dicen como nuestros predecesores se encargaron de fijar y popularizar visualmente la historia de un pueblo con pinturas que serían reproducidas en cromos y libros de texto de distintas épocas en que no se promovía esa educación fragmentada y embustera de los nacionalismos aldeanos. Hoy, con los medios audiovisuales a nuestro alcance, unas televisiones generalistas frivolizadas y unas televisiones regionales parcializadas, no hay unos mensajes pedagógicos capaces de visualizar la realidad de una historia común y circulan a sus anchas las fábulas de los localismos más absurdos que cuentan fantásticas batallitas que nunca pintó nadie. Pero el mensaje de la pintura es eterno. Mientras los mítines de los cabecillas tribales son efímeros, los mensajes de Velázquez, de Goya, de Pradillo, de Van-Halen o de Fortuny son imperecederos. Permanecen las pinturas y pasan los paletos pintamonas de los protocolos desintegradores.
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