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El juego del noqueo

El juego del noqueo

lunes 06 de enero de 2014, 16:03h
¡Pues vaya con el jueguecito! Resulta  que ahora a los  imberbes  y  atolondrados  adolescentes  (por el momento norteamericanos, pero no desespere... ) les ha dado por   abalanzarse sobre  un transeúnte cualquiera  con el   único  y  extraordinario fin de asestarle  un mamporrazo  y  dejarlo   tumbado en plena calle, en   k o   técnico, como se decía   antaño   en términos  boxísticos, cuando  eso de darse  mamporrazos  en un ring o "cuadrilátero"  era  todavía  considerado  un deporte  y no  una  actividad  cercana a  la salvajada, como es hoy vista  por la mayoría.

No es cuestión  de  enunciar las mil y una formas de  acabar con  cualquiera  en el suelo, sobre todo  si  el ataque es con  alevosía, traición y  con la  rapidez y  la contundencia  que se gastan estos   grupitos de  desalmados adolescentes  cuya diversión  mayor  consiste  en  amedrentar viejecitas, mofarse  de  mamás con niños, personas  con alguna discapacidad o  retar  (solo si van en grupo) a  coetáneos suyos, con el único  y despreciable fin de  pasar  un buen rato. No es extraño, bien pensado, que  mentes  poco más desarrolladas  que  la de un mandril  no encuentren  diversiones más  sofisticadas  y satisfactorias  para el ánimo que las aludidas. Claro   que,  teniendo en cuenta  su   proximidad evolutiva  a nuestros antepasados  cuadrúpedos, y  como  prueba irrefutable  de  que  hay,  incluso,  monos más evolucionados  que  ciertos sujetos de la especie humana, no sé de qué podemos sorprendernos.
 Perdónenme, pero  dan ganas de recurrir  a su propia  moneda  y hacerles pasar a  todos ellos por los efectos de su jueguecito,   para  comprobar en cabeza propia   la misma medicina que aplican  al personal, sin venir a cuento  y no se sabe muy bien para demostrar o demostrarse qué.

Causas y efectos

No estoy muy seguro, pero lo mismo  hay relación causa efecto  entre actitudes como las enunciadas  y la permanencia  casi constante  de  estas lumbreras  frente a  tabletas, pantallas  y similares. Al menos los psicólogos  andan alarmados  por  la idiotez  que  genera  eso de estar  día sí, día también,  embobados  frente a una pantalla, perdiéndose   puestas de sol, días de nieve, viento, lluvia, sonrisas, guiños, saludos, apretones  de manos, empujones  y hasta  caricias, en vez de  buscarlas  a través de Google.  Aunque, si dejan  la tableta  para  lanzarse  al deporte del noqueo, mejor están  ahí, quietecitos, embobados jugando a ser virtualmente  lo que, desgraciadamente, acaban siendo después  en  la realidad cuando abandonan  la ilusión de los píxeles. 

 O nos ponemos manos a la obra, y de forma colectiva, o en dos generaciones habremos perdido  lo poco que de sapiens  hemos ido adquiriendo a lo largo de milenios, y volveremos a ser  hombres  idiotas, y  casi sin darnos cuenta. Si hay que volver  a las tablas de multiplicar,  a los cuadernillos Rubio, al ábaco, y a instrumentos similares  para despertar  el intelecto de nuestros  jóvenes, habrá que hacerlo.  Si para ello hay que acabar  con  las pizarras digitales  y los  miles de  juegos  alienantes  (la mayor parte de ellos, incluso, gratuitos)  que  pueden encontrarse  por ahí en la red, pues acabemos con ellos. Lo malo es que cuando lo intentemos, lo mismo ya es demasiado tarde para  evitar  el  inequívoco descalabro  de la especie.Pero, no nos engañemos, las  causas primeras  en las que hay que buscar  comportamientos  incívicos  y  brutales  como estos,  probablemente  estén  en  esta educación blandiblú  que  muchos padres   están dando a sus hijos  al no saber decir  que no, al no  querer  fijar  límites claros  a ciertos comportamientos y, por tanto, a  contribuir  con sus silencios  y  sus  escaqueos   a  hacer crecer   en ellos  estas reacciones  de   pequeños dioses, que  les llevan a creer  que  no están sujetos a ley alguna.
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