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Lo que vamos a escuchar por vigesimoquinta vez

Lo que vamos a escuchar por vigesimoquinta vez

domingo 23 de febrero de 2014, 11:38h
Andaba yo este domingo preparando materiales sobre el debate del estado de la nación, que se inicia el martes, cuando caí en la cuenta de que, salvo error u omisión por mi parte, esta es la vigesimoquinta vez que este importante encuentro parlamentario se celebra, desde que lo instituyera Felipe González hace treinta años. Decía Dilthey que la Historia solamente se repite y se reinventa; que los aniversarios consisten en ciclos que regresarán, con escasas innovaciones. Acaso deberían nuestros políticos tomar en consideración esta teoría de que la celebración de los aniversarios provoca la repetición de los hechos conmemorados. Y evitar, en lo posible, esta repetición cuando no convenga. Supongo que coincidirá conmigo, amable lector, en que no sería conveniente, con la que está cayendo, un debate sobre el estado de la nación más, en el que, como es costumbre, el Gobierno (Rajoy) presenta un horizonte rosado, mientras que la oposición (que no es solamente Rubalcaba, desde luego) habla de panoramas sombríos, sin que, además, luego se cumpla ninguna de las resoluciones aprobadas al final de los discursos.  

 Estamos, no solo en España, pero también aquí, en este país nuestro, al final de un ciclo político, en el que el prestigio de eso que se llama 'clase política' anda por los suelos. Y en el que, fíjese qué curioso, todo el mundo sabe cómo se mejoraría la calidad de la tenue democracia de la que disfrutamos: reforma a fondo de partidos y sindicatos, reforma de la Constitución en lo que toque y de la normativa electoral en casi todo, reforma de las administraciones y de las instituciones, comenzando por el funcionamiento de la Corona y continuando por el de las dos cámaras del Parlamento, fortalecimiento 'desde arriba' y desde debajo de la sociedad civil. Casi nada. Hablo ni más ni menos que de instaurar una nueva forma de gobernar a los ciudadanos. Pero, ahora que hablamos de aniversarios, es algo que Adolfo Suárez hizo en apenas once meses hace cuarenta años, poniendo así fin a otros cuarenta años de dictadura. Y entonces España se encontraba con una sociedad mucho más dividida que ahora, en una situación económica mucho peor que ahora, ante un aislamiento internacional mucho peor que el que ahora pueda padecer el prestigio de la 'marca España'. Claro que ni Rajoy es Suárez, ni Rubalcaba es Felipe González, ni Cayo Lara es Santiago Carrillo, ni Artur Mas es Tarradellas. Ni, lo pensé de nuevo escribiendo este comentario en este 23 de febrero, este Rey es exactamente aquel que apareció, pleno de fuerza a sus 43 años, ante las pantallas de la televisión para denunciar y oponerse a aquella burda intentona golpista. En este tiempo hemos construido las generaciones mejor preparadas de la Historia, y también, acaso, las más frustradas. Creo que Rajoy, Rubalcaba, Duran i Lleida, Cayo Lara, Aitor Esteban o Rosa Díez, que estarán a estas horas dando el penúltimo repaso a sus discursos de este martes, deberían pensar en todo ello antes de embarcarse en discusiones sobre si la economía marcha mejor o peor, sobre si la proyectada reforma del aborto es más o menos necesaria, sobre si la guardia civil actuó mejor o peor en Ceuta o sobre si el 'desarme' de ETA es una pantomima de mayor o menor calado. Serán galgos o podencos, pero lo que debería contar es poner remedio a la escasa calidad de la democracia entendida al hispánico modo . 


Porque el caso es que aquí hacen falta proyectos mucho más ambiciosos, resoluciones de mucho más altos vuelos (y que, además, se cumplan), discursos de mucha mayor profundidad de los que se van a escuchar, me temo, este martes y miércoles en la Cámara Baja. Los discursos 'de siempre' pronunciados por unos políticos absortos en las crisis de sus propios partidos, afilando el dedo con el que recompensarán a candidatos leales ante las próximas elecciones, instalados en el 'y tú más', y que, para colmo, ignoran el veredicto que, cada pocas semanas, arrojan sobre ellos las encuestas de opinión.

Y el caso es que, pese a todo, ya me preparo para asistir, por vigesimoquinta vez, al espectáculo, con la casi seguridad de que saldré de él defraudado. Es la hora de la política y  nos van a dar mucha economía 'de altura'; es la hora del Cambio y nos van a dar, si acaso, pequeños cambios; es la hora del diálogo y nos hablarán de mayorías absolutas. Resulta difícil, en esta nueva edición, en este nuevo aniversario, reprimir el aburrimiento, mezclado con la sensación de que, de todos modos, lo inevitable se acabará imponiendo, pero será sin planificación, sin preparar el futuro. O sea, peor.

El blog de Fernando Jáuregui: 'Cenáculos y mentideros'>>    
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