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El embarazoso estado de la nación

El embarazoso estado de la nación

domingo 23 de febrero de 2014, 14:05h
Esta semana tenemos un nuevo debate sobre el estado de la nación y, como en otras ocasiones, pero especialmente ahora, los pronósticos sobre acuerdos, propuestas y medidas para salir de la crisis que realmente necesita la nación para salir del estado en que se encuentra -que no es, precisamente, el más recomendable- no son optimistas. Pero es un debate muy importante porque están muy cerca las elecciones europeas y van a ser un índice del estado de ánimo de los ciudadanos, su confianza en los políticos y su disposición a seguir aceptando lo que nos pasa o a dar un aviso a los culpables y tomar las riendas del futuro. 

Seguramente el presidente Rajoy puede tratar de olvidar su flagrante incumplimiento del programa electoral y poner sobre la mesa sus éxitos macroeconómicos, aunque no se noten en la calle. Pero no puede decir nada positivo sobre el terrible desempleo, la falta de horizonte para los jóvenes, la carencia de un plan de empleo, la desmedida presión fiscal sobre las clases medias, la inutilidad de muchas instituciones o la carencia de una política industrial y de I+D+i. El fracaso es rotundo. Tanto como el aluvión de reformas sin diálogo, sin debate, sin pactos, especialmente en asuntos esenciales como la educación o la justicia. Su política tiene frentes abiertos en problemas de extrema importancia como la corrupción -el gran escándalo nacional-, la merma de los derechos sociales y de acceso a la justicia, la inestabilidad institucional, la crisis interna de su partido, el futuro de Cataluña, ETA y el País Vasco, Navarra, la inmigración. Lamentablemente, la debilidad del principal partido de la oposición y su carencia de proyecto no ayuda a encontrar salidas.

Decía Ortega en "La rebelión de las masas", que la sociedad creó el Estado como "un utensilio para vivir mejor" y, sin embargo el Estado se sobrepone "y la sociedad tiene que empezar a vivir para el Estado". Vale hoy. Un Estado -apoyado en la maquinaria de los partidos- que nos amenaza con los peligros que denunciaba el propio Ortega: una estatificación creciente de la vida, un intervencionismo generalizado y la absorción de toda espontaneidad social. 
Ellos se lo guisan y se lo comen, hablan en nombre de España (o de Cataluña),  procuran acabar con toda oposición social en lugar de escuchar, debatir, comprender y gobernar para el interés general y el bien común.

Rajoy debería pensar si es con este Gobierno sin prestigio con el que quiere afrontar la recta final de su mandato y enfrentarse así a una derrota histórica y a un panorama postelectoral seguramente ingobernable, cercano a la peor Italia de los últimos años. Son muchos, cada vez más, los españoles dispuestos a no ir a las urnas o a votar en blanco como muestra de decepción y de castigo a los dos grandes partidos nacionales. Si este debate sobre el estado de la nación no sirve para cambiar personas, programas y estilos de comportamiento, no servirá para nada.     
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