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Cécile Kyenge y los  fuegos artificiales

Cécile Kyenge y los fuegos artificiales

lunes 07 de abril de 2014, 09:19h

Eso de ser famoso, no es lo que se dice una de mis  prioridades. Nunca lo ha sido. Además, la vida  no me  ha puesto   nunca  en   la  línea  de salida hacia   la fama. A muchas otras personas, posiblemente  tampoco, pero  la han conseguido, incluso, muy a su pesar.  Estoy pensando   ahora  en Cécile Kyenge, exministra italiana  en el   anterior gobierno Letta,   la primera mujer de raza negra que llegó a ser ministra de Italia  y  que, únicamente por su color de piel, se vio   catapultada  a  la primera línea de la política  del vecino país,  pero al duro precio de tener que   soportar  insultos, vejaciones  y   descalificaciones personales, no por  lo inapropiado   de las políticas que  impulsaba  desde su ministerio  (el de   Integración), sino  únicamente por  ser negra.

Por si no está al tanto, la señora  Kyenge  tiene ahora  50 años, dos hijas y ya no forma parte del equipo del  actual   presidente del gobierno  italiano, Mateo Renzi a quien, sin duda, habrá agradecido  en lo más profundo de su alma  que se haya  olvidado de ella. Es oftalmóloga de profesión y, además,  congoleña de origen, pero nacionalizada italiana, país donde  reside desde que a los 18 años   emigró  para poder estudiar Medicina.

En todo su mandato  al frente del ministerio, tuvo enfrente   a los responsables de la  xenófoba  Liga Norte,  con  la inacción   de  políticos  de  las otras formaciones  y la callada aprobación de  buena parte de los ciudadanos  italianos, que tampoco mostraron su  firme desaprobación a gestos     varios, e igualmente deplorables, que tuvo que soportar  la entonces ministra como  que le lanzasen plátanos, que le llamaran  orangután  o  aguantar todo  un plan de acoso  sistemático. Y todo eso, por el  grave, turbador, insoportable y revolucionario      hecho de  ser mujer,    negra y extranjera.

En una entrevista  que  publicaba el pasado 16 de enero  el diario español  "El País",  Cécile Kyenge proclamaba   con  claridad  como  ha sido posible  que pudiera aguantar  tanto: " Desde pequeña no me he distraído nunca del objetivo. Quería convertirme en médico e hice todo lo que tenía que hacer, incluyendo marcharme del país donde nací (la República Democrática del Congo), hasta que lo logré. En todas las decisiones que he tomado en la vida, por difíciles que fueran, tenía presente un objetivo, poniendo en el centro el respeto a los demás".

Ejemplo heroico

El ejemplo de fortaleza de Cécile es difícil de entender  si  uno lo observa desde fuera y no  hace el  esfuerzo de ponerse en su piel. Probablemente  esta mujer  no dejó de tener en cuenta nunca, a lo largo de todo su mandato -seguro que  sin darse cuenta  plena de ello-, que   se había convertido en un  símbolo, primero para las mujeres negras, y luego para las mujeres  en general, de  todo el mundo.

Los   seres humanos que se crecen en la adversidad, aunque  hayan tenido que atravesar también  duras rachas    de  bajón anímico, son  aún más  ejemplares. Y esta mujer, desde luego, merece pasar a los anales de la historia como una luchadora   firme,  sensible,  pero fuerte,  con verdaderas convicciones  democráticas  y  con  el  valor añadido  de no haber  soltado  -al menos, públicamente- un solo exabrupto  contra la ingente cantidad de hijos de puta  que  le han estado  poniendo piedras en su camino, desde  el mismo momento  en que  juró su cargo.

Cécile merece,  primero,  la  comprensión, y luego la  admiración de todos los demócratas del mundo, empezando por   su  hermano  de piel del otro lado del Atlántico,   el presidente   Barack Obama, que  lo  ha tenido y lo tiene infinitamente mejor que  ella. Su lección  es aplicable  para  todos los que quieran  seguir avanzando.

Necesitamos héroes, héroes que nos abran los ojos para ver la realidad. Cécile Kyenge, muy a su pesar -repetimos-, es una de esas heroínas que nos han dejado bien clara la necesidad  de   hacer caso omiso  de  los fuegos artificiales  que, maliciosamente,   siempre   nos lanzan para  distraernos  del camino, de nuestro verdadero  objetivo. Perseguirlo contra viento y marea es, no solo una obligación, sino un reto   tan irrenunciable como  permanente para todos.   

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