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Contra todos los creyentes

Contra todos los creyentes

lunes 14 de abril de 2014, 09:43h
            Esta Semana Santa, de tanto arraigo en Andalucía, no es fácil olvidarse de esa impopular propuesta de expropiar la Catedral de Córdoba para adjudicarla a una presunta titularidad laica. Había un lugar sagrado sobre el que, en el Siglo V, se alzaba el templo visigótico de San Vicente mártir. Durante la ocupación musulmana se edificó una maravillosa mezquita, como en Damasco se edificó la mezquita de los Omeyas sobre el terreno de la iglesia de San Juan. En Estambul los musulmanes transformaron en mezquita la Gran Basílica de Santa Sofía y cambiaron de nombre a la vieja Constantinopla. En el Siglo XXI el ilustrado presidente Kemal Atatürk con su concepto de república laica, decidió desacralizar el templo, convirtiéndolo en un monumento vacio, ni musulmán ni cristiano. Algo así como un museo. Y así sigue, mientras al islamista Erdogan no se le ocurra lo contrario. Esto de someter los lugares sagrados a vaivenes políticos es algo anacrónico que perjudica a la vez a la conservación de los monumentos y a la sensibilidad popular.
 
             Cuando Fernando III El Santo, tras la reconquista de Córdoba en 1236, cedió la mezquita a la Iglesia Católica actuó conforme a criterios propios de su época pero, en nuestros días, plantearse un cambio de titularidad resulta ridículo. Podría entenderse la idea si fuese fruto del fanatismo de unas comunidades islámicas que fueran mayoritarias en España. Pero se trata de una idea estudiada con interés por la Corte de Dª Susana Díaz que solo puede considerarse como una provocación de un laicismo agresivo contra todo tipo de creyentes. Porque lo que se plantea no es reconsiderar su confesionalidad sino sustituirla por una titularidad "pública", que ni si quiera se define como estatal, como correspondería a un monumento nacional, sino por una atribución a una junta autonómica. Es decir, ni moros ni cristianos, sino gestores socialistas en papel de "okupas".
 
             Lo que se echa en falta es por qué no se les ocurrió estudiar la posible expropiación de la Giralda de Sevilla, antiguo alminar de la Mezquita Mayor de aquella ciudad. La linterna de este alminar fue sustituida en 1560 por la estructura que remata el Giraldillo, lo que impide la utilización islámica por un muecín. Sería consecuente desvincular la Giralda del cabildo catedralicio y poner altavoces en la torre para ser usados alternativamente por las distintas confesiones existentes en Sevilla, bajo control del nuevo cuerpo de sacristanes laicos de la Junta de Andalucía. Pero los ciudadanos, tras sus procesiones penitenciales no están para temas de moros y cristianos sino para ver que les contará Miguel Arias Cañete sobre sus aceitunas, sus uvas y sus vacas, que son cosas a tratar en Europa y no para escuchar las diatribas de Elena Valenciano sobre el aborto y la violencia de género, que son cosas a tratar aquí en la jurisdicción de Alberto Ruiz-Gallardón.
 
             Estas controversias sobre monumentos solo manifiestan deseos de molestar a unos y otros creyentes desde posiciones contrarias a la libertad religiosa que no esté supervisada por el control político, como sucede en China o en Corea del Norte. Es evidente que la liturgia les tiene sin cuidado a estos ideólogos. Lo que buscan no es favorecer a una u otra confesión sino desautorizar a ambas y provocar confrontación.  El plumero que se les ve es el de los viejos comecuras que igual podrían ser comeimanes. Estos expropiadores vocacionales rumian su fracaso histórico mientras se ven obligados a oír el resonar de los tambores profesionales por todas las calles de la auténtica Andalucía. Pero, seguramente, ya existen postulantes paniaguados que sueñan con la creación de nuevos puestos de ecónomos laicos y sacristanes polifacéticos. Futuros okupas cleroburócratas es lo que le faltaba a Susana Díaz para fomentar los desencuentros entre socialistas y comunistas.
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