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La Europa que tenemos que votar el domingo

La Europa que tenemos que votar el domingo

viernes 23 de mayo de 2014, 11:37h
Después de una campaña de tremenda confusión, entre los grandes y los pequeños partidos, donde se mezclan los problemas nacionales, con otros generales como el machismo o la corrupción, tenemos que ir a votar el domingo sin saber muy bien a qué y porqué, y por ello voy a intentar dar dos razones que son las autenticas, en las que nos jugamos la vida en estas europeas, una es la ECONOMICA y la otra la POLITICA, que a su vez se dividen en muchos otros problemas, muy evidentes, pero que complican la oferta electoral, como son , la inmigración, la agricultura, las finanzas y el Banco Europeo (futuro del euro), el envejecimiento, proyección mundial (seguridad y defensa), populismo, energía, I+D+i ( crecimiento).

Si encima hay 4 líderes que prefieren menos Europa, como son Merkel, Cameron, Sarkozy y Rutte, la ensalada está servida y lo que vayan a hacer nuestros diputados por haberlo prometido, tiene algo que ver con todo ello, ya tenemos una razón para votarles o para no hacerlo, aunque es conveniente, pues el desentendernos y el no exigir más a nuestros políticos, nos exponemos a un sonoro fracaso a no muy largo plazo.    

Centrándonos en el plano económico, según Lorenzo Dávila; "El problema de Europa es el factor humano, es decir, que los mismos equipos que agravaron la crisis mediante sus políticas de austeridad ahora pretenden articular las políticas de crecimiento basadas en los mismos modelos y razonamientos erróneos. Uno de los últimos razonamientos que se ha puesto sobre la mesa es el de ganar competitividad mediante lo que se ha venido a llamar una devaluación interna, es decir, mediante la caída del salario nominal de los trabajadores.

Dicho modelo se basa en un concepto agregado erróneo como es el de los costes laborales unitarios (CLU) en la medida en que compara los costes del factor trabajo con productividad mientras que esta última viene medida sobre unidades físicas de producto, lo cual nos lleva a mezclar churras con merinas en la medida que no es igual un ladrillo que un satélite. Según este modelo, una caída de los CLU produce un incremento en la competitividad. Dicha caída se consigue o mediante una rebaja de los salarios o un incremento de la productividad. Sin embargo, lo cierto es que cuando nos vamos a estudios empíricos nos encontramos con lo que se denomina la paradoja de Kaldor, y es que aquellas economías que más incrementan sus CLU más cuota de mercado ganan, es decir, son internacionalmente más competitivos, lo que a primera vista nos lleva pensar que tratar de relacionar CLU y competitividad es un error. Con ello, la capacidad empresarial de nuevas inversiones -algo que se comprueba empíricamente en España durante los años 2003-2007- conduce tarde o temprano a un proceso de recesión.

Al llegar la crisis, ocurre lo contrario: el fuerte aumento del desempleo conduce a un incremento de los beneficios empresariales, recordemos que la bolsa española es la que mayor rentabilidad por dividendo aporta, que son llevados en primera instancia hacia inversión. El problema surge cuando esa caída de la participación salarial lleva a una crisis de consumo que no permite canalizar la inversión realizada y, por tanto, lleva a una caída fuerte de los ingresos -momento en el que nos encontramos- y con ello el desplome de la producción y el empleo. La famosa paradoja de costes; estos beneficios aumentan con el incremento del déficit público, lo que viene a desmantelar toda la errónea política de austeridad aplicada hasta ahora y consagrada constitucionalmente, lo que en mi opinión es una barbaridad.

En otras palabras, un camino hacia el crecimiento -que no es más que algo adicional a un proceso de quita ordenada para salir de la que estamos metidos- consiste en incrementar los beneficios empresariales vía déficit público al tiempo que se incrementan bruscamente los salarios como política de shock para salir de la espiral perversa de la paradoja de costes, reactivando el consumo y la inversión a la vez que se aplican políticas fiscales expansivas. Respecto a la competitividad es algo más serio y se articula, en el largo plazo, mediante políticas de diversificación del tejido empresarial incentivando aquellos sectores productivos con mayor ventaja competitiva. En el corto plazo, como en cualquier empresa que está quebrada, lo primero que hay que hacer es cambiar de modelo de negocio -en este caso el modelo de análisis macroeconómico- y de gestores -en este caso el establishment del pensamiento único-, si el factor humano es el problema de Europa, sólo este puede ser su solución".

Respecto al problema político, según Ian Buruma en La Vanguardia, confirma que "se ha desplomado no sólo la confianza en las instituciones europeas, sino el consenso entre liberales y la izquierda. Lo único que puede unir a los europeos es un contrato social que les convenza de que redundará en su beneficio. Según las más recientes encuestas de opinión, los grandes vencedores en las elecciones al Parlamento Europeo serán los partidos populistas de derecha que comparten un común aborrecimiento de la Unión Europea, muy en particular el Frente Nacional en Francia, el Partido de la Libertad en los Países Bajos y el Partido por la Independencia en el Reino Unido.

El éxito del populismo de derecha en Europa se debe no sólo a la inquietud que le inspira la UE, sino también a un aumento del resentimiento contra las minorías selectas liberales y de izquierda, a las que se acusa de muchos motivos de ansiedad: la inmigración, unas economías mermadas, el extremismo islámico y, naturalmente, la supuesta dominación de la eurocracia de Bruselas. El atractivo del populismo es su afirmación de que bastaría con que pudiéramos ser otra vez dueños de nuestros propios países para que mejorara sin lugar a dudas la situación. Lo que se ha desplomado en muchos países no es tan sólo la confianza en las instituciones europeas, sino también el subyacente consenso entre los liberales y la izquierda que surgió de resultas de la catástrofe de las dos guerras mundiales.

Pero esa reacción no ayudará precisamente a los países europeos a prosperar. Para competir con las potencias en ascenso de otros continentes resultará cada vez más importante una política europea de asuntos exteriores y de seguridad común y una moneda común, por defectuosa que fuera su concepción, requiere instituciones financieras comunes, cuya creación y mantenimiento será imposible, a no ser que los europeos recobren su sentido de la solidaridad.
 
La mayoría de los fundadores de las instituciones paneuropeas, como, por ejemplo, Robert  más natural a los católicos que a los protestantes porque han tenido tradicionalmente la sensación de pertenencia a la Iglesia católica, que con frecuencia coincidió con la idea de Europa. Quienes crearon la Comunidad Económica Europea en 1957 eran, en ciertos sentidos, los herederos del sacro imperio romano germánico. Pero ese no puede ser el modelo para la actual Europa, entre cuyos ciudadanos figuran miembros de casi todos los credos, además de muchos que afirman carecer de observancia religiosa alguna. Así, pues, lo único que queda es algo así como un contrato social.

No se debe engatusar a los ciudadanos europeos para que abandonen cierto grado de soberanía nacional por razones religiosas, culturales o étnicas. Como tampoco se debe pedirles que dediquen algunos de sus impuestos a ayudar a otros países por amor y reverencia a las banderas o los himnos europeos. Se debe convencerlos de que hacerlo redundará en su beneficio. Los dirigentes nacionales deberían decir a sus pueblos que sólo se pueden abordar algunos problemas mediante instituciones pannacionales". 





BERNARDO RABASSA ASENJO ES PRESIDENTE DE CLUBS Y FUNDACIONES LIBERALES. COMMODORE OF IBERIA OF IYFR. MIEMBRO ASOCIADO DE ALIANZA LIBERAL EUROPEA (ALDE), PREMIO 1812. PREMIO CIUDADANO EUROPEO 2013 DE FORO EUROPA 2001

Bernardo Rabassa

Presidente de clubs y fundaciones liberales. Miembro asociado de Alianza Liberal Europea (ALDE). Premio 1812 (2008). Premio Ciudadano Europeo 2013. Medalla al Mérito Cultural 2015. Psicólogo social. Embajador de Tabarnia.

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