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La pérdida de realidad sobre Cataluña

La pérdida de realidad sobre Cataluña

domingo 30 de noviembre de 2014, 20:20h
Hay un sector de la sociedad española, de orientación política progresista -y en general biempensante- que está perdiendo el sentido de realidad respecto de la actual situación creada en Cataluña. Su seña de identidad más clara consiste en resistirse a aceptar una realidad sociopolítica cada vez más evidente: hoy ya no hay nada que negociar con el independentismo catalán, que desafortunadamente representa el Presidente de la Gneralitat, Artur Mas. En efecto, ya no hay negociación posible, al menos antes de que tenga lugar una prueba de fuerzas y su resultado sea perceptible.

En otras palabras, el tiempo de la verdadera negociación ya ha pasado. Desde luego, hace unos años era posible negociar una salida para el ajuste fino de la forma de estar del catalanismo en España. De hecho, durante mucho tiempo, el catalanismo descartó la ruptura de tal negociación y rechazó el independentismo. Pero desde hace un par de años el catalanismo dejó de ser una opción política de élites para tratar de involucrar a sectores de la sociedad catalana en su aventura secesionista. Dicho de otra forma, se lanzó a impulsar un movimiento sociopolítico favorable a la independencia de Cataluña. Y el problema es que ha conseguido un éxito parcial en tal iniciativa: actualmente un tercio de la ciudadanía catalana apoya esa tesis separatista. Es cierto que la responsabilidad de este deslizamiento le corresponde también a la mala política del Gobierno español y mucho antes de que llegara Rajoy. Pero ponerse hoy a buscar culpable pasados no sirve de mucho. Es como llorar sobre la leche derramada.

El problema es que la acumulación simbólica es ya demasiado fuerte para que el catalanismo y su principal representante, Artur Mas, puedan echarse atrás de su propuesta o bien tratar de desvincular su suerte política de la bola de nieve que han generado. Simplemente tienen que seguir adelante. Precisamente por eso ya no hay nada que negociar: lo que el independentismo considera sus mínimos innegociables son inadmisibles para la Constitución española (incluso en la perspectiva de la reforma PSOE).

Ahora bien, si la negociación carece ya de contenido, cabe reflexionar sobre cuál será la naturaleza de la prueba de fuerza que superará este conflicto. Una prueba de fuerza siempre tiene como contenido principal la coerción, incluso si la vía negociadora no se cierra (pero siempre como opción alternativa). Y la coerción tiene dos modalidades conocidas: la que se basa en las normas y la que se manifiesta descarnadamente por medio de la presión extrema o incluso la acción militar. No necesito argumentar que la modalidad civilizada es la primera: la fuerza de las normas. Por eso creo que la entrada en escena del sistema judicial en el contencioso con el independentismo catalán era inevitable. Resulta, a su vez, la manifestación más clara de que la vía de la negociación política ya es intransitable.

En realidad, la actuación de la justicia es la única forma de dirimir los conflictos en un Estado de Derecho respecto de una situación que ha dejado de ser negociable. Más aun, si la justicia se inhibiera, lo que se estaría poniendo en cuestión es el mismo Estado de Derecho que protege las bases de la convivencia pacífica.

El progresismo que se resiste a esta realidad -que en términos de opinión pública está bien representado por el diario El País- sostiene que llevar la desobediencia de la Generalitat a los tribunales es contraproducente, porque dificulta agudamente los caminos de la negociación. Pero ese argumento es bastante falaz, porque lo que hay que discutir primero es si ya hay algo que negociar con el independentismo antes de que se manifieste el resultado de la prueba de fuerza en curso. Y la respuesta es claramente negativa.

Así las cosas, cabe preguntarse si será cierto que el enjuiciamiento de Artur Mas le fortalece políticamente o más bien le debilita. Creo que no hay que dejarse arrastrar por los aspavientos de la coyuntura: le fortalece en el muy corto plazo, pero le debilita en el medio y largo. La rueda de la justicia no muele precipitadamente, pero la posibilidad de que Mas tenga por delante un horizonte marcado por la inhabilitación política no alegra el corazón del susodicho ni de sus seguidores. Y eso debilita poderosamente su imagen pública. Claro, eso también aumenta su deseo de acelerar las cosas, lo cual hace aún más inevitable meterse de lleno en la prueba de fuerzas. Una prueba, por cierto, que ha sido el independentismo quien la ha planteado y que podría procesarse a través de la actuación del sistema judicial.
 
Esa es la realidad aunque no nos guste. Desde luego, la opción negociadora debe estar siempre a la mano, sobre todo para evitar lesiones profundas y daños colaterales. Pero ya no es posible avanzar en la negociación sin pasar antes por la prueba de fuerzas. Así funciona la dinámica sociopolítica en las sociedades humanas ¿o es que nos habíamos creído eso del fin de la Historia? En todo caso, es mejor apretar los dientes ante la tensión que ello significa que seguir dejando que se pudra y enquiste un conflicto que, entonces sí, podría degenerar en violencia social prolongada.
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