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No es país para viejos

No es país para viejos

viernes 12 de diciembre de 2014, 19:56h
Qué pensaríamos de quien criticara a unos políticos por ser negros como Obama, por ser judíos o por ser mujeres? Clamaríamos al cielo acusando de racistas y sexistas a los bárbaros deslenguados. Y sin embargo en España se descalifica a muchos políticos sólo por su edad. "Viejuno", señalaba Andrés Trapiello, connota todo el desprecio que parece venir larvado en el mismo término. Como pasa con "negrata" o "sudaca". 

Hace ya dos años y medio dediqué un artículo llamado "Edadismo" a Eric Hobsbawm. Acababa de morir con 95 años en plenas facultades. Hasta ese día el historiador había seguido investigando, escribiendo y publicando. Escribí entonces sobre una de las discriminaciones invisibles más insidiosas enquistadas en nuestra sociedad tras el racismo y el sexismo; la discriminación por la edad, también llamada gerontofobia, edaísmo, etarismo o en inglés "ageism". Hoy es mucho peor, cuando los secesionistas Catalanes o Ganemos Madrid proponen el voto para los niños de 16 primaveras otorgándole el mismo valor que al de un fogueado perro viejo. 

Las redes sociales, tan jóvenes y dinámicas ellas, se lamentaban irónicamente por la renuncia de Cayo Lara al liderazgo de IU, sintiendo con toda sorna no poder ver ya lo que calificaban de pelea a lo Walking Dead entre Rubalcaba, Rajoy y Lara, calificados como zombies analógicos por el mocerío digital tan dado a tuitear sus picores. Mejor no pensar que hubieran dicho los tuits y los whatsapps más racistas y vejatorios acerca de Golda Meir, mujer, judía, y, lo peor para los jóvenes bárbaros, vieja, al atreverse a llegar al poder en Israel con 71 años y ser capaz, además, de dirigir a su país a la victoria en la guerra del Yom Kippur.

El culto a la juventud y la novedad, inherente a una sociedad consumista y superficial, tiene sus propios dogmas, estereotipos y prejuicios, como que sólo se es creativo o inteligente a los veintitantos. "Los jóvenes son más inteligentes", dijo Mark Zuckerberg, el de Facebook, en una conferencia en 2007 cuando tenía 22 años. ¿Imaginan a alguien diciendo públicamente que los hombres son más inteligentes que las mujeres? ¿O los blancos que los negros?. 

El edadismo también se traduce en desventajas prácticas. Firmas como Facebook y Apple han sido acusadas de discriminación por sus ofertas laborales; la mayoría de sus ofertas de empleo son para menores de 30 años, y en Google la media de edad es de 29 años. El cofundador de Sun Microsystems, Vinod Khosla, afirmó que "las personas mayores de 45 básicamente están muertas en términos de nuevas ideas", aunque, como muchos en Silicon Valley Khosla se ha retractado de tales declaraciones al soplar más de cuarenta velas en una tarta.

Por supuesto defender la Constitución española o la Transición, que ya tienen 35 otoños, es remar contra corriente. Un joven político español con ambiciones de llegar a la Moncloa despreciaba a sus mayores tildándoles de "viejos de corazón viejo". ¿Alguien puede suponer las posibilidades de un aspirante a la Casa Blanca si criticara a Obama o a Condoleezza Rice por ser "negros de corazón negro"?. 

Por supuesto en el discriminatorio desdén hacia los mayores subyacen otros intereses, al igual que detrás de la contratación preferente de menores de 30 hay otros motivos que nada tienen que ver con la inteligencia o la creatividad, y sí con pagar menores sueldos por jornadas más largas evitando complicaciones familiares que puedan mermar el rendimiento del trabajador. También detrás de la defensa de ciertas políticas se esconden otros intereses.

Por ejemplo al equiparar el voto de un adolescente de 16 o 17 años, que aún no tiene plenos derechos ni capacidad legal para conducir, beber o alistarse al de un curtido veterano de la vida. Eso se ha hecho en el referéndum independentista escocés y en el sucedáneo catalán. Y sabemos que pasó en el primer caso: un impresionante 71 % de los más jóvenes, entre 16-17 años, votó la secesión. Sin embargo, entre los escarmentados mayores de 65 años, los "viejos de corazón viejo", los separatistas apenas llegaron al 27 %. En otros asuntos pasa lo mismo; entre los españoles más adultos sólo el 20'6 % está a favor de la pena de muerte, pero los más jóvenes electores doblan el dato hasta casi el 40 %. Puede que ellos sepan si en Texas la pena capital ha terminado con la delincuencia o puede que sean proclives a las soluciones mágicas para problemas complejos, como siempre ha defendido el populismo entre ensoñaciones adanistas y realidades imposibles. Será por eso que el grueso de los voluntarios yihadistas cuenta entre 16 y 21 años.

Marco Tulio Cicerón destilaba sabiduría y sentido común cuando redactó "De Senectute" a los 62 años, hecho un chaval, argumentando con toda clase de razonamientos su firme convicción de haber empezado la mejor edad de su vida. Recordaba el filósofo francés Fréderic Gros que los sabios de la antigüedad tenían un dicho que hoy podría sorprendernos: "ten prisa por llegar a la vejez", sinónimo, para ellos, de libertad intelectual, experiencia y sabiduría. Como la de Konrad Adenauer, Canciller Federal desde 1949, con 73 años, hasta 1963, cuando lo dejó con 87, habiendo impulsado el milagro económico alemán para pasmo del mundo. Los mismos 87 años que tenía el filósofo Norberto Bobbio cuando escribió su libro con el mismo título que Cicerón, anotando que "lo malo de la vejez es que dura poco". Lo que no deja de ser, bien mirado, una garantía contra la tentación de las reelecciones vitalicias frecuentes en tantos políticos populistas.

Algunas culturas milenarias hubieran venerado y respetado la sabiduría de sus mayores. Como se merecía Eric Hobsbawm a sus creativos 95 años. En la España gimnásticamente bárbara de hoy, partidaria de la efebocracia, Cicerón, Adenauer, Bobbio y Hobsbawn hubieran sido jubilados en agraz, despreciados y arrumbados en el trastero de las cosas inservibles. Definitivamente no es país para viejos.
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