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La bondad de la desigualdad

La bondad de la desigualdad

viernes 02 de enero de 2015, 12:46h
Tomas Piketty es un economista francés especialista en desigualdad económica y distribución de la renta. Desde el año 2000 es director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS). Actualmente es profesor asociado de la Escuela de Economía de París. Es autor del libro publicado en 2013 en francés Le Capital au XXIe siècle (El capital en el siglo XXI publicado por el Fondo de Cultura Económica en español y en inglés Capital in the Twenty-First Century publicado en 2014) en el que expone cómo se produce la concentración de la riqueza y su distribución durante los últimos 250 años. En el libro Piketty sostiene que cuando la tasa de acumulación de capital crece más rápido que la economía, entonces la desigualdad aumenta. No contento con ser el gurú del marxismo leninismo venezolano-cubano, ha renunciado a la legión de honor de Francia por no ser desigual, supongo, cuando contrariamente a lo que el piensa y sus secuaces de "Podemos" la desigualdad es precisamente lo que hace la vida posible y agradable, pues si la naturaleza nos hubiera querido iguales, no nos habría hecho genéticamente dispares. Y no nos hubiera metido en un ecosistema donde prevalece el más fuerte e inteligente, tanto en lo que se refiere a la supervivencia como a las cosas superfluas que hemos inventado para entendernos como puede ser el dinero, la lengua, la raza o la religión.

   Por otra parte, ya que somos casi ocho mil millones, y que los recursos son finitos, solo acudiendo a la estadística podemos estudiar la función de la desigualdad, y para ello inventó Gauss su famosa campana, que mide sobre un eje de abscisas y ordenadas la distribución de cualquiera de nuestras cualidades, ya sea la altura , la obesidad la inteligencia o la riqueza, y su distribución en función del número de individuos que se comparan, su distribución se llama Kúrtosis, si la curva es con muchos individuos iguales y pocos desiguales, la curva será leptúkurtica, es decir muy apuntada en el centro con las alas pequeñas si en cambios se distribuyen con muchos desiguales pasaríamos a una curva mesokúrtica, donde pocos destacarían y todos seriamos más o menos iguales,  la realidad estadística es que en casi todas las curvas los individuos somos parte de una leptokurtica, es decir que somos desiguales, por naturaleza, ya sea en los pueblos civilizados, ya en los pocos salvajes que quedan en las selvas más recónditas. Piketty intenta decirnos que debemos luchar contra la desigualdad, olvidando anteponerle el adjetivo de excesiva, pues es lo único que puede hacer el hombre con sus leyes, tanto en economía como en sociología o psicología, y malo malísimo seria esa igualdad, propia de las masas de borregos o como lo ha intentado el marxismo en el S.XX fracasando en las URSS, e impidiendo el progreso de sus ciudadanos, repartiendo pobreza y hambre, mientras veían con envidia que en los países libres triunfaba la desigualdad, y que ella hacía más ricos a sus pueblos, en tanto ellos tenían que crear muros de Berlín para que no se escaparan sus habitantes o fronteras cerradas como Corea del Norte, o los balseros en Cuba, o la despoblación de Venezuela de sus ciudadanos más inteligentes o preparados.

   Enviado por el Instituto Actón me llega el artículo "La envidia en un tiempo de desigualdad" por Samuel Gregg que comienza diciendo que "siempre he creído que la envidia es la peor pasión humana. La épica narración bíblica del asesinato de Caín a Abel nos recuerda que los hombres han tenido celos de los éxitos y bienestar de otros hombres desde tiempos inmemoriales. Sin embargo, cuando se mezcla esto con la cuasi-obsesión con la desigualdad que domina gran parte del discurso político en la actualidad, existe un serio peligro de que la envidia -y los deseos por saciarla- empiecen a dirigir las políticas públicas de modos que no son económicamente lúcidos ni políticamente saludables. Comentarios como "usted no construyó eso" o el famoso "no me gustan los ricos" de François Hollande de 2012, no surgen de la nada. Por un lado, reflejan un posicionamiento ideológico de larga data, que denuncia la naturaleza y las consecuencias que generan las economías de mercado, así como la animosidad contra grupos particulares. Pero la obsesión actual con la desigualdad económica ha hecho que sea más fácil para que líderes políticos como "Podemos" decir estas cosas en voz alta, sin temor a represalias electorales. No ayuda tampoco la completa desorientación presente en los debates actuales sobre la desigualdad económica. La desigualdad y la pobreza no son lo mismo. Sin embargo, ello no impide que la gente confunda ambas. Del mismo modo, importantes distinciones entre desigualdad en los ingresos, en el bienestar, en niveles educativos y acceso a la tecnología resultan frecuentemente confundidos. Como se menciona en un estudio recientemente publicado por la Reserva Federal de St. Louis (EE.UU.), la desigualdad en la riqueza puede suponer un impacto mayor sobre la capacidad comparativa de las personas de generar un capital para el futuro que la desigualdad en los ingresos. Sin embargo, nos pasamos la mayor parte del tiempo angustiados por la última. Como siempre, Alexis de Tocqueville tuvo algunas de las mejores intuiciones sobre este asunto. El rasgo dominante de las sociedades democráticas, sostuvo en La Democracia en América, es el afán por la igualdad. En varios sitios, Tocqueville señaló que la igualdad de condiciones era algo "generativo". Esto significa que el deseo por la igualdad en la joven república americana había penetrado todo lo demás: la economía, el marco jurídico, incluso la religión. Por una parte, este enfoque en la igualdad facilita la ruptura de muchas barreras que generalmente inhiben el despliegue de los mercados y el crecimiento del bienestar. No en vano uno de los autores filosóficamente inspirados en Tocqueville, Montesquieu, indicó al comercio como la profesión de los iguales".

      La envidia pues, a pesar de lo que dice Gregg, en sí misma no es mala, pues si hubiera estudiado a Freud habría descubierto, que la ambición, por ser más iguales que los demás, es decir desiguales, pertenece a los instintos de muerte, porque para poder realizar los de vida, es decir el sexual y el de conservación de la especie, hay que "matar" como Caín, solo que en la vida diaria del mercado, no hace falta llegar tan lejos, pues basta con arrebatarles parte de la propiedad, es decir coger una mayor parte del pastel y para ello, hay que poner ambición, y normalmente I+D+i , pues solo sobresalen los que son más capaces, no ya de acaparar más recursos naturales, sino de crearlos , transformando los disponibles, para ser los primeros en tener el valor añadido que ello supone, es decir incluirse en la campana de Gauss, pero en sus puestos más elevados, en los que no solo ha ganado, sino que seguirá ganando más, como reconoce el propio Piketty. En lo que se equivoca, es que no es cierto que en el mundo moderno, los ricos sean cada vez más ricos, pues se mueren y de sus despojos por grandes que sean los que les suceden, no son capaces de la ambición y del egoísmo envidioso que les hizo ricos, de forma que constantemente, está cambiando la lista Forbes, porque el origen de la riqueza varia con la creatividad económica, es más, de tanto en tanto, explota la burbuja por la ley del mercado, como les paso a los dueños de los bulbos de tulipanes en el S.XVII, el Semper Augustus, el bulbo más famoso, vendido por un precio récord: 6000 florines después de lo que cayó el precio a cero, como ha ocurrido con la especulación inmobiliaria, o con cualquier otra burbuja económica que se cree en el pasado  o en el  futuro. Solo el desequilibrio de la desigualdad, conseguirá la bondad económica y social. Lo demás son cuentos para ingenuos.

Bernardo Rabassa

Presidente de clubs y fundaciones liberales. Miembro asociado de Alianza Liberal Europea (ALDE). Premio 1812 (2008). Premio Ciudadano Europeo 2013. Medalla al Mérito Cultural 2015. Psicólogo social. Embajador de Tabarnia.

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