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El fiscal de Marsella

El fiscal de Marsella

lunes 30 de marzo de 2015, 15:40h
La transparencia, en sí misma, no es nada: lo importante es que permite ver, y, sobre todo, lo que permite ver. Así, por ejemplo, el Partido Popular nunca querrá ser transparente, a menos que a un monitor de plasma o a una caja opaca se le atribuya esa cualidad del cristal, del aire o del agua limpia. Menos mal que existe una transparencia involuntaria, infalible, implacable, dilutoria de la más espesa tinta de calamar, la de los actos, la de las obras, y ahí el Gobierno del Partido Popular, y éste, muestran lo que son con una claridad espantosa: su inepcia, su desidia, su mediocridad en el mejor de los casos, su incultura, su clasismo, su sectarismo, su escasa empatía con los españoles, cuando no su desprecio. Ya puede el ala más normal de ese partido, los Feijóo y compañía, demandar más transparencia, mejor comunicación, que pierden el tiempo: ni se hizo la miel para la boca del asno, ni la transparencia para las maniobras en la oscuridad.

Si los gerifaltes del PP quisieran transparencia, o sea, de la voluntaria, juntarían a pachas para contratar cuando se jubile al fiscal de Marsella, monsieur Robin, para que les diera clases intensivas. Con eso y un poco de estudio, particularmente sobre los deberes de los servidores públicos en una democracia, sus actos dejarían de transparentar lo que transparentan, entre otras cosas, una incompetencia sideral. Brice Robin nos pasmó a todos, sobre todo a aquellos que desconocen lo que es y cómo funciona una democracia, en su comparecencia ante los medios apenas 48 horas después de la matanza del A-320, perpetrada por un loco y favorecida por la infausta política de contratación de personal de la aerolínea. Antes se había reunido con los familiares de las víctimas durante dos horas y había visitado el lugar del siniestro.

El fiscal de Marsella sabía todo lo que podía saberse, mucho, por cierto, tras un buen trabajo colectivo, y lo contó todo tal cual, bien que con la educación, la sensibilidad y el tacto que requería el suceso. Sin leer un papel ni consultar una nota, pues se había instruido y había reflexionado previamente sobre el particular, nos dejó con la boca abierta. Como Rajoy.
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