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El enfermito

lunes 15 de junio de 2015, 09:52h
Había un humorista inolvidable, Chumy Chúmez, que solía presentarse a sí mismo como un enfermito. Sin entrar en cuáles serían sus dolencias, Chumy daba adecuadamente la imagen de “el enfermito”, con su presencia frágil y menuda y su expresión eternamente infantil. En cambio cuesta mucho tomar en serio como “enfermito” al presidente venezolano Nicolás Maduro, corpulento y bigotudo, que siempre hizo gala de salud de hierro. Tuvieron que coincidir una carta de los expresidentes Pastrana y Quiroga al Papa y una visita a Caracas del expresidente González para que Maduro se pusiese enfermito. Hay que suponer que Nicolás Maduro es de aquellas personas que no se vacunan contra la gripe, lo que coincide con las manías de otros “progres” reaccionarios que circulan por el mundo con campañas antivacunas peligrosas para la salud pública.

Con el tosco lenguaje que lo caracteriza dijo, al suspender su viaje a Roma: “por razón de un gripón que me han pegado”. Se supone que ya habrá tomado sus medidas contra el maligno pegagripones, que será un infiltrado entre los antivacunas de su cuerda, porque las gripes de Maduro no son de transmisión epidémica, sino “pegadas” por contacto directo, como ciertas infecciones. Pero, además, contrajo “una otitis muy fuerte”, factor añadido para tampoco poder hablar por teléfono. Y lo que es más grave, para no poder escuchar los sutiles mensajes que el difunto Chaves le hacía llegar a sus oídos con suaves trinos de “pajarito chiquitico”. No es de extrañar que ante tan duras afecciones los médicos, según él, le hayan prohibido montarse en un avión. Medida a todas luces prudente, por la dificultad del ejercicio que conlleva. Que no pueda viajar, embarcarse o subir a la cabina del avión, no parece imposible para un enfermito que, por otra parte, puede disponer de un avión medicalizado. Pero montarse sobre su fuselaje parece una operación acrobática nada recomendable.

Entre el gripón “pegado” y la otitis prodigiosa, el Santo Padre se quedó sin poder expresarle personalmente sus sentimientos y Felipe González sin poder visitar a políticos cautivos, escoltado por los servicios de seguridad de la Embajada de España. Menos mal que Maduro tiene en España quienes le representan, entre los cerebros pensantes de “Podemos”, siempre dispuestos a corresponder en agradecimiento por las ayudas recibidas en otros tiempos con algún analgésico verbal.

El enfermito se curó inmediatamente de todos sus males y comenzó a lanzar insultos desaforados y rayos y centellas en cuanto, según él “huyó” González. Lo que hizo González fue dejar en evidencia que Maduro ha convertido a Venezuela en un paraíso jurídico fuera de las normas universales del Derecho. La cuestión no radicaba en la Ley de Abogados y Certificaciones Profesionales de Venezuela, sino en la humillación hecha a todos los juristas del mundo que significa impedir que un letrado aconseje o asesore a los profesionales venezolanos que ejercen en los sospechosos procesos. Así mismo, la prohibición de visitar a un preso político o de asistir como observador al curso de un juicio que habría que suponer que se celebraría en audiencia pública y con presencia del acusado, han dado a conocer que en estos casos se está actuando brutalmente y sin que se haya permitido escuchar ni recibir las pruebas de la defensa.

La presencia de González ha servido para que unas formas tiránicas se hayan manifestado contundentemente y “el enfermito” se haya quedado rabiando y pataleando, si bien curado de la otitis milagrosa que le impedía oír el sonido de la verdad. Felipe se llevó consigo, en el avión colombiano, todas las señas de impotencia y torpeza de Maduro, cada día más enredado en sus propios embrollos, no solo impropios de cualquier sistema que se tenga por más o menos democrático, sino impropios de la forma de relacionarse entre sí personas educadas en la cortesía política. El viaje ha sido provechoso, la enfermedad ridícula.

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