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Las muy costosas lecciones aprendidas

lunes 13 de julio de 2015, 18:55h

Quienes se ponen de parte del gobierno de Tsipras y hablan de humillación a Grecia debían echar una mirada al bosque y no detenerse tanto a observar los árboles. Es decir, cada vez que argumentan a favor del gobierno griego deberían hacer una reflexión paralela acerca de las autoridades de la UE. Por ejemplo, dicen que el castigo impuesto al primero es porque se le ocurrió realizar un ejercicio democrático (el referéndum). Pues bien, debían meditar qué hubiera sucedido con Grecia si en buena parte de los países democráticos de la UE hubieran hecho un referéndum sobre si Grecia debía salir del euro si no pagaba a tiempo sus deudas. Simplemente, hoy Grecia estaría fuera de Europa.

Puede ser cierto que las condiciones impuestas a Grecia el pasado domingo sean peores que las que el gobierno de Tsipras rechazó antes del referéndum, pero todas las encuestas y estudios muestran en los países de la UE que el referéndum griego aumentó su desconfianza acerca de que Grecia estaría dispuesta a cumplir sus compromisos. Por ejemplo, en el caso de Alemania, Angela Merkel tenía que ofrecer alguna garantía a sus ciudadanos, que eran mayoritariamente partidarios de la salida de Grecia del euro, de que un acuerdo con Grecia no acabaría en un nuevo desplante. Por eso los 50.000 millones de euros en caución que la UE exige a Grecia.

Es decir, todo indica que Tsipras se ha ganado a pulso el varapalo. Insisto, no de unos dirigentes autoritarios, sino de unos gobiernos elegidos democráticamente cuyas opiniones públicas son claramente partidarias de sacar a Grecia del juego. En realidad, puede afirmarse que a Tsipras no le han salido bien los cálculos. Más bien al elevar tanto el listón de la competencia el resultado ha tenido un precio elevadísimo.

Cabe entonces preguntarse por las poderosas razones que han llevado al gobierno griego y a la UE para lograr un acuerdo tan costoso. Las razones de la aceptación de Tsipras son muy poderosas. Claro, porque no resulta fácil de entender por qué no elige la posición más gallarda y soberana: salir por propio pie de la UE. Veamos las causas. Políticamente, una ruptura con la UE hubiera demostrado que el NO del referéndum habría conducido a un NO con Europa, que era justo lo que había prometido a los ciudadanos griegos que no sucedería. Pero la angustia económica es todavía mayor. Los bancos griegos dependen literalmente del hilo de liquidez del Banco Central Europeo. Sin ese sostenimiento, el colapso de la economía griega sucedería como el derrumbe de una hilera de fichas de dominó.

¿Y cuál es la causa por la que los mandatarios de la UE hayan llegado a un acuerdo unánime con Grecia, cuando la mitad de ellos eran partidarios –presionados por sus respectivas opiniones públicas- de sacarla del euro? Pues creo que también por una combinación de razones económicas y políticas. Desde el punto de vista económico, pese a quienes dicen que la salida de Grecia del euro representaría un problema menor porque la UE ya tiene suficientes cortafuegos económicos, lo cierto es que eso supondría adentrarse en lo desconocido, algo que siempre pone muy nerviosos a los mercados. Pero la ruptura con Grecia también tendría costos políticos para la UE. Por un lado, dejar caer a Grecia significaría lo mismo que abandonar al escalador herido durante un ascenso. Adiós al sentido corporativo y unitario de Europa. Pero además sería reconocer el fracaso que muchos han venido anunciando hace tiempo, desde los progresistas norteamericanos a los populistas europeos de derecha: que el paso de la Europa de los 12 a la Unión Europea de los 28 se ha dado alegre y precipitadamente; que el euro se lanzó en ese contexto muy arriesgadamente, antes de tiempo y a todos los miembros de la Unión. Dicho en otros términos: sacar a Grecia de la UE significaría reconocer un fracaso de fondo en el camino de ampliación de Europa.

Y, desde esa perspectiva, como ciudadanos europeos, no tiene sentido ser soberbios ni biempensantes: todavía no está claro que la crisis europea haya concluido y, sobre todo, que se vaya a cerrar sin secuelas. Aún faltan tres días decisivos, especialmente para los parlamentos de los seis países que tienen que ratificar el acuerdo, siete en realidad, porque también tiene que hacerlo el parlamento griego. Y si ese trance se supera será para enfrentar la cuesta arriba de hacer realidad unos compromisos draconianos. Habrá que esperar al menos que, en el futuro, todos hayamos aprendido la lección: tanto la rigidez como los desplantes no son mecanismos que contribuyan a resolver los problemas europeos.

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