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‘Gran Hermano’, aquí y ahora

lunes 03 de agosto de 2015, 10:17h

A veces olvidamos el omnímodo poder de las agencias nacionales de inteligencia. No hay más que recordar las recientes revelaciones de Edward Snowden sobre la norteamericana Agencia de Seguridad Nacional (NSA) que, en colaboración con otras agencias de países aliados, ha espiado de forma masiva las comunicaciones de buena parte de la población mundial, incluidos varias decenas de líderes de primer orden (primeros ministros, jefes de estado...)

La información salió a la luz gracias al excontratista de la NSA y la CIA, Edward Snowden, quien robó y filtró miles de documentos clasificados de alto secreto, parte de los cuales ha ido filtrando a diversos medios occidentales desde hace dos años y sobre las que tenemos noticias recurrentes en algunas de las principales cabeceras de diarios europeos y norteamericanos.

A mí, la verdad, no me extrañan estas cosas, nunca me han extrañado. Pero no porque esté en contacto habitual -ni siquiera esporádico- con agentes del servicio de inteligencia español, no. Es pura lógica. Si cualquiera de los ciudadanos del mundo con acceso a un ordenador e internet es capaz de buscar una información en décimas de segundo, entre millones y millones de documentos, por ejemplo, a través de Google, no es nada osado pensar que cualquier agencia de inteligencia internacional pueda manejar centenares de millones de datos más y con infinita mayor rapidez y fiabilidad.

Y no solo sobre documentos escritos sino también sobre conversaciones, datos todos que, convenientemente cruzados, arrojan todo tipo de informaciones sobre los hábitos de todo tipo de cada uno de nosotros. Seguro que son medidos día a día, hora a hora. Están ahí, al alcance no solo de los servicios de inteligencia, sino de las mismas compañías operadoras telefónicas que, además, las utilizan, no con fines benéficos, por supuesto, sino de consumo. Quevedo ya lo dijo hace 400 años, y unos cuantos menos -por seguir el lenguaje de las actuales redes- lo repicó en los años 70 del siglo pasado Paco Ibáñez: ‘Poderoso caballero es don dinero’.

Big Data

Al análisis y explotación de los datos masivos cuyo rastro dejan todos los dispositivos móviles, se le ha llamado el Big Data y, en realidad, el estudio de esos datos delatan casi todo de la vida de sus usuarios. Los datos están ahí, en manos de las operadoras, en las redes sociales, en todas partes, y desvelan muchas más cosas de las que uno cree. Por ejemplo, un estudio sobre los efectos sociales del desempleo medidos a partir de rastros digitales realizado hace un par de años, desvelaba la existencia de toda una serie de variables de comportamiento asociadas a las personas que han perdido su empleo, y que se determinaron con precisión a partir del seguimiento y análisis de datos de llamadas de teléfono. Las personas que pasan a engrosar las listas del desempleo reducen automáticamente su movilidad; además, si se deciden a emprender un viaje, el recorrido geográfico suele ser bastante más corto que el habitual.

La peña está (estamos, mejor dicho) dormida. Nos abrimos un perfil en una red cualquiera y abrimos la veda para que estudiosos del marketing y el tratamiento de datos se lancen a la caza del torpe. Lo peor es que no siempre es con las mejores intenciones. Se burlan de las LOPD española y de sus equivalentes en países civilizados y se meten en las mismas entrañas de nuestros hábitos, nuestros gustos, nuestros bares, peluquerías, tiendas, iglesias y parques preferidos y, si me apuran, y si hace al caso, saben mejor que nosotros el número de nuestra tarjeta de crédito y el saldo que tenemos en la libreta de ahorro.

Pensar otra cosa es pura y angelical inocencia. Solo aquellos que tienen intención previa de delinquir (los terroristas de todo tipo y lugar) pueden eludir tantos y tan sofisticados análisis porque ocultan deliberadamente su identidad y siembran de falsas pistas sus verdaderas personalidades, multiplican sus movimientos y eluden cualquier tipo de relación convencional y sostenida fuera del grupo de correligionarios que, a su vez, adoptan también esas mismas medidas de autoprotección.

‘Big Data’ o ‘Big Brother’, da lo mismo; el común de los ciudadanos del mundo estamos más que controlados. Es una realidad que no conviene olvidar para no tener que hacer frente algún día a alguna que otra sorpresa en una de estas barridas de las agencias. Dicho de otro modo: La habitación 101 no es ya una habitación ficticia, dentro del también ficticio ‘Ministerio del Amor’, descritos en ‘1984’, la novela de George Orwell.

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