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Como en casa, en ninguna parte

martes 18 de agosto de 2015, 16:08h

No me extraña nada que la conocida frase del ET de Spielberg después de haber aterrizado equivocadamente su nave en la tierra se hiciera popular entre todos los españoles a principios de los años 80 del pasado siglo, y no sólo de los niños, de los niños y los no tan niños. Pese a lo bien que trataron al monstruito de lejanas galaxias Elliott y su pandilla, aquel “¡Mi caaaaaasa!” se nos quedó grabado en la memoria a todos los que contemplamos embobados y con un asomo de lágrimas en los ojos la oscarizada cinta.

Uno, que anda un poco perdido en eso de los afectos y las afinidades originarias, ancestrales, religiosas y políticamente correctas, también musitó para sus adentros un enorme “mi caaaaasa” cuando, tras quince días fuera, regresé a mi hogar sevillano. Y les diría más, también expresé un gratificante “mi caaaaama” al dejar las maletas en mi dormitorio. Y es que digan lo que digan no hay nada como disfrutar de las pequeñas comodidades, virtudes y defectos incluídos, a los que uno se ha ido acostumbrando poco a poco y que forman parte de la bendita normalidad del día a día.

Con todo, no siempre están las cosas como esperamos encontrarnos y eso te provoca, primero, un cabreo inmenso, un rebote y una inesperada subida de tono que pagas con la persona que tiene más cerca y que no es otra que la parienta y de la que te arrepientes de inmediato para poner las cosas en su sitio y comenzar una serie de tareas reparadoras que vuelvan a poner algo de orden en tu entorno habitual. Porque llegas tan contento y te encuentras, por ejemplo, con que la tele, que lleva casi un año dando sus últimos estertores, tarda una eternidad en encenderse; que el ADSL del ordenador no te funciona y el teléfono fijo, que va también por la misma fibra óptica, tampoco; que el lavavajillas no limpia como es debido y que, para colmo de males, hay un atasco de padre y muy señor mío en el fregadero de la cocina que impide su utilización.

En un primer momento, como ustedes comprenderán, te entra una malahostia que no se la salta un galgo, pero después recapacitas y comprendes aquello de las obsolecencias programadas de la gran mayoría de los electrodomésticos y te haces a la idea de que, poco a poco, tendrás que acudir al fontanero de turno, “Rafael, haga usted el favor de pasarse por mi casa cuanto antes que el fregadero no traga”, a Jazztell y sus complicados contestadores alfanuméricos, a la casa Phillips, a Fagor o al Cortinglés cara (de costosa, no de querida) mano de santo que es donde casi siempre acabas finalmente para reponer los dichosos aparatos dañados e irrecuperables y cambiarlos por unos nuevos que te duren, al menos y toca madera, los diez o doce años que te aguantaron los anteriores. Todo ello con el agravante de que estamos en la Sevilla “Ciudad fantasma”, de mediados de agosto y que la mayoría del personal está de vacaciones con lo que encontrar un propio que se pase por tu casa para arreglarte algo es toda una odisea.. Miel sobre hojuelas para los escasos tuareg que aguantamos en el desierto estival hispalense.

Y mientras el personal sufre sus propios pequeños e intrascendentes problemas diarios y hace malabarismos con los euros para llegara fin de mes, la clase política sigue enredada en sus cosas complicándonos la vida al resto como si no tuviéramos suficiente con pagar el apartamento de Matalascañas y afrontar esa cuesta de septiembre en la que, de pronto, te vienen todos los gastos acumulados, seguros, letras del coche, hipoteca, colegio de los niños, libros, uniformes y ese sin fin de compras en Mercadona, un par de carritos por lo menos, para llenar el frigorífico que has tenido de frío caído durante casi un mes seguido. Me río yo de la cuesta de enero.

La de septiembre sí que es difícil de llevar después de haberte gastado toda la paga extra en el chiringuito. A los españolitos de a pie que bastante tienen con soportar a toda esa recua de políticos que nos dirige sólo les hace falta que además de sus particulares preocupaciones le sumen ahora las que se nos vienen encima con la pachanga catalana del mes venidero y de los siguientes.

Ayer, sin ir más lejos, pasó por la tienda de mi mujer una familia de Girona, “de Gerona, me aclaró la señora”, que había pasado una semana en Sevilla y quería llevarse para su pueblo unos buenos aceites de oliva virgen extra para consumo propio y para hacer un par de regalos. Tras aconsejarle y darle a probar varios, uno, que es bastante discreto, obvió cualquier comentario sobre la pretendida independencia catalana que promueven Mas and company.

Fueron ellos lo que sacaron el asunto a colación “Mire usted, pese a toda la corrupción que tienen en Andalucía, con lo de los EREs y lo del PER, pese a los treinta años de gobiernos socialistas, pese a que su nivel de vida es inferior al nuestro, yo me cambiaría por ustedes sin pensarlo dos veces. Entre unos robando y otros vendiéndonos la moto de la independencia, van a convertir Cataluña en un erial en el que no se va a poder vivir. Dentro de un año volveremos por aquí y ya le contaré como nos ha ido”. Deseándole lo mejor para el futuro me dije para mí mismo que no hay peor dictador que aquel que se cree poseedor de la verdad absoluta y no tiene en cuenta a las minorías. En algo más de un mes.veremos lo que los catalanes deciden ante la inactividad y la pasividad del Gobierno de España y la apatía y el hartazgo del resto de los españoles.

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