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Ruiz Mateos, el hombre a quien yo metí en la cárcel

lunes 07 de septiembre de 2015, 21:22h
La muerte de José María Ruiz-Mateos evidencia, por si hiciera falta, que ya estamos en otra era, no simplemente entrando en ella. Figura irrepetible donde las haya, no puedo evitar traer a esta columna algunos recuerdos de mi relación profesional con el hombre que fundó y perdió, mediante un discutible golpe propiciado por el Gobierno en el que Miguel Boyer era ministro de Economía, el ‘imperio Rumasa’.
La verdad es que algunos periodistas éramos muy críticos con las extravagancias de un Ruiz-Mateos que protestaba contra su ‘expolio’ de las maneras más ridículas y ofensivas. Y él tenía sus peculiares maneras de callar a los críticos. En el caso de quien suscribe, se permitió enviar, en un sobre con el remite de la Agrupación Ruiz-Mateos, una transcripción de las conversaciones que yo mantenía desde mi móvil –uno de aquellos zapatófonos de entonces, comienzos de los noventa—y que él había hecho grabar mediante un seguimiento de ‘espionaje algo casero’, vamos a llamarlo así.
El abultado sobre llegó a las redacciones de buena parte de los medios de comunicación nacionales; no contenían gran cosa, la verdad, excepto algunas conversaciones profesionales con mi compañera Pilar Cernuda, en las que hablábamos de alguna fuente que nos informaba de asuntos más bien turbios que se cocían en los ámbitos de la política del momento.
Viendo peligrar la seguridad de aquella fuente, demandé a Ruiz-Mateos en el Juzgado de guardia, que requirió varias veces su presencia, sin que, como era habitual, el empresario compareciese a las llamadas del juez, que acabó cansándose y encarcelándole, tras haberle hecho detener en un avión. La verdad es que me compadecí del personaje y, a los dos o tres días, acabé retirando mi demanda contra él, con lo que salió de prisión.
Supe cuánto me lo había agradecido cuando, algunos meses después, coincidió conmigo en un vuelo; estaba sentado algunas filas detrás y se pasó el viaje gritando “cannnalla, malannnndrínn”, supongo que para que tanto yo, indudable destinatario de sus interjecciones, como el resto del pasaje lo oyera. Nunca volví a saber de él, ni lo pretendí. Jamás entendí cómo era posible que algunas gentes, tras todos los episodios bien conocidos, aún le confiaran sus ahorros. Era un ser peculiar, sin duda no exento de valores y atractivo, al que le tocó vivir en la peor época posible para él.
Sigo pensando, treinta y dos años después de la expropiación y la vergonzosa reprivatización de Rumasa aquel 23 de febrero de 1983, que algo de injusto hubo en todo el proceso: fue perseguido con saña excesiva. Lo que ocurrió a continuación fue que el marqués de la Olivara no quiso defenderse adecuadamente ni mantener una actitud de dignidad y equilibrio. Fue un juguete roto, un luchador al final sin causa, un hombre que no supo adaptarse a su época. Con él, como decía al comienzo, perdemos un personaje irrepetible.
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