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PP, P y P y P + X

lunes 14 de septiembre de 2015, 09:45h
Las letras son juguetonas. Y la puta P más que ninguna. Partido Popular es un partido y Pedro y Pablo una pareja a la manera de los Santos Padres, la piedra fundamental para que el edificio eclesiástico de la izquierda no se presente prematuramente derrotado en las cábalas demoscópicas. Es una pena que los nombres no coincidan con lo que simbolizan. Si el socialista se llamase Pablo Iglesias sumaría una carga simbólica fundacional y si el syrizista se llamase Pedro Sánchez aportaría el nombre de un “hombre cualquiera”, como aquel invento italiano de “L`huomo cualquiera” perdido en la negra noche de las improvisaciones políticas. Pero se llama Pablo y Podemos, o sea PP.

Pedro Sánchez es como el hombre cualquiera que el partido socialista encontró en su camino para ocupar su vacío de propuestas concretas con un cuerpo físico de sólida arquitectura y escaso contenido mental. Pablo Podemos igual se podía llamar Pablo Mareas, pues solo vale como referente de una confederación de alianzas temporales laterales en que coinciden lo mismo Carmena que Echenique, Colau que Kichi o Monedero que Errejón. Es decir, que no es lo mismo votar PP, sea quien sea el nombre que personalice a dicho partido, que votar P y P, que son dos nombres que, ni juntos ni separados, definen un plan de gobierno homogéneo, estable y predecible.

A los españoles les preocupa más la estabilidad y la seguridad que el amasijo impreciso que es lo único que puede ofrecer una pareja de nombres empezados por P y sin ningún acervo común, pero con una gran dosis de incertidumbre en sus conductas prácticas. Tras un largo verano de meditación, Pablo Podemos ha pensado que su previsible pacto Pedro y Pablo era una mala opción que le condenaba a un papel de monaguillo del Pedro Socialista. Ser el puntal de una de las formaciones de lo que denunciaba como “la casta”, de una de las dos versiones del denostado proceso de la Transición, no es un destino glorioso. Pero, lo peor, es que puede no estar al alcance de Podemos sin la compañía de un Frente Populista de composición anárquica, donde quepan todas sus diversas franquicias y divertículos locales, provinciales, autonómicos y, si es preciso, cantonales. Pablo y Pedro tienen que contar con más compañeros de ruta.

Pedro Sánchez se ilusiona con una capacidad de pactos anti PP sin límites porque, sin duda, es consciente de los síntomas alarmantes que le pronostican los analistas: veinte diputados menos que los que obtenía Rubalcaba, a una distancia impresentable en relación con el PP. Por ello habría que pactar con quien sea como quien se pone un chaleco salvavidas antes de naufragar. Así como el PP podría sobrevivir sin Rajoy y hasta liberarse de su desgaste natural o su baja popularidad, mejorando su oferta con cualquier renovación imaginable, aunque poco probable, el PSOE ya ha fracasado en su primer intento de cambio de liderazgo y camina hacia las elecciones sin otra alternativa que el hipotético, dudoso y destructivo acuerdo de todos contra el PP, el pacto insuficiente de Pedro y Pablo, porque tendría que ser de Pedro, Pablo y X.

En esta dudosa coyuntura, Pablo Podemos intenta presentar el fantasma de un Partido Socialista capaz de entenderse con el Partido Popular en defensa del marco constitucional, imitando el ejemplo de los perversos alemanes y presionados por los malignos plutócratas europeos y americanos. No parecen tales las intenciones mientras Sánchez siga controlando el rumbo de su partido. Pero Pablo Iglesias calcula que el pacto PSOE-Podemos no le garantiza el papel relevante a su persona. Un Frente Populismo con franquicias pudiera nutrir una nebulosa tercera fuerza, sin poder de Estado, pero con un batiburrillo de poderes fragmentarios y locales desde donde proseguir con su vocación demoledora de las instituciones democráticas para sustituirlas por sus incompetentes y disparatadas cofradías de enemigos del devenir histórico de España. Ese frente de Pablo Podemos que Pablo Iglesias es incapaz de definir con la mínima solidez y responsabilidad colectiva exigible a una fuerza con pretensiones de Gobierno de un Estado Nación, puede ser una mezcla detonante de explosiones demoledoras.

Pablo Podemos necesita, como lo necesitan los independentistas, que el electorado se divida entre el abstencionismo “pasota” y el legalismo constitucional con dos alternativas, a derecha y a izquierda, para alzarse con el cuarto de hora de esa zona amarga movilizable por resentimiento, desencanto, indignación, asco, frustración o revancha. Como los separatistas, ese sentimiento negativo que llaman “Junts pel sí” pero sería más claro llamarle “Junts pel no”, no sería suficiente para provocar una insurrección popular pero sí para dar un protagonismo mutante a Pablo Podemos, basado en la contrariedad contra lo establecido, sea cual sea el origen de la desafección o del rencor.

La reflexión otoñal de Pablo Podemos proviene de la constatación del declive de su propuesta populista pero de la supervivencia demagógica del odio a la preeminencia ajena. Solo el simplismo de Pedro Sánchez puede caer en la trampa de Pablo Podemos, prestándose a demoler el colosal esfuerzo de los españoles de los siglos XX y XXI para restablecer un concepto existencial de España sin retroceder a los viejos tiempos en que se puso en peligro la razón de ser de España “como patria común e indivisible de todos los españoles”. Vincular el proyecto de futuro del Partido Socialista al mensaje de Podemos no es jugar contra el PP ni en favor de Pedro y Pablo, sino abrir el paso al populismo de Pablo + X.
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