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La nueva plaza de Sant Jaume

lunes 28 de septiembre de 2015, 14:46h
Todo es un sinsentido, que diría un castizo. Por ejemplo, lo de Mas. O la reacción ‘de Madrid’, evidenciada en el mensaje lanzado por Rajoy desde La Moncloa este lunes. O, sobre todo, lo de la CUP. "Dedicado al Estado español: sin rencores, adiós". Este fue el mensaje que, nada más conocerse los sondeos a pie de urna, lanzó al mundo mundial el cabeza de la Candidatura d'Unitat Popular (CUP), Antonio Baños.
Que un partido como la CUP, que aboga por la independencia de las 'provincias catalanas' (es decir, Cataluña, Baleares y la Comunidad Valenciana) en un marco de izquierda radical, pueda ser el árbitro de lo que pase a partir de ahora en Cataluña, resulta, cuando menos, inquietante. Porque hay momentos en los que la CUP, cuyos diez escaños –fue la formación parlamentaria menos votada- resultan imprescindibles a 'Junts pel Sí' para lograr la mayoría absoluta en el Parlament, se ha llegado a situar en los márgenes de lo que sería una democracia occidental dentro de la Unión Europea: se declaran euroescépticos, partidarios de la democracia directa, del anticapitalismo, del pancatalanismo... Son, dijo Pedro Sánchez, “antisistema”.
¿Qué tiene eso que ver con el ideario de Convergencia Democrática de Catalunya? ¿Seguro que ese es el cambio que han votado los catalanes? La CUP ya ha hecho saber que quizá apoyaría el tránsito hacia una independencia rápida por parte de la candidatura formada, que no encabezada, por Artur Mas. Pero que no respaldará a Mas para seguir al frente de la Generalitat. Los rumores que sitúan al molt honorable president fuera de la política, con alguna ocupación en los Estados Unidos o en Canadá, crecieron en las últimas horas en ámbitos políticos de Cataluña.
Así, sería el ex comunista Raül Romeva, un casi desconocido hace apenas tres meses, un político con escasa experiencia, quien acaso sucedería a Mas en la presidencia de la Generalitat de Catalunya. Teniendo, de seguro, el apoyo condicionado de la Esquerra de Oriol Junqueras, que no ha querido compartir el relativo fracaso de Mas, quien, ganando, ha perdido, y a quien todos consideran, como decía, ya virtualmente fuera de la política: el 'síndrome Ibarretxe' es alargado.
Y, entonces, en la plaza de Sant Jaume convivirán, en un lado, la alcaldesa Ada Colau y, enfrente, el president Romeva, pongamos por caso. Insisto: ¿seguro, seguro, que este era el cambio que querían los catalanes?
Lo que sí es seguro es que la noche electoral del hombre que puso en marcha este proceso inconveniente, endiablado, fue más bien amarga que dulce, pese a su talante entusiasta y sonriente tras el recuento: ha perdido muchos votos y muchos escaños en relación con las elecciones de 2012, ha destrozado la coalición con Unió, ha dejado malparada a Convergencia, ha entregado el gobierno catalán a fuerzas que nada tienen que ver con el ideario de CDC, más allá de una independencia que Mas no defendía hace apenas tres años, y lo puedo asegurar personalmente. Y ha dejado maltrechas las relaciones con el resto de España y con la Unión Europea. Menudo panorama. ¿Lo quisieron así los catalanes?
Claro que tampoco Mariano Rajoy debió pasar horas muy felices en esta noche de domingo. Su estrategia de frialdad, ninguna propuesta y menos diálogo con la Generalitat se ha revelado --era previsible-- como un fracaso. Ahora rectifica y, en su mensaje de este lunes, habla mucho de diálogo, sin concretar –aún—ofertas: tiene que evitar la debacle que sin duda pretenderán los de la CUP, los de Esquerra y no pocos de Convergencia y de las 'organizaciones civiles' (Asamblea, Ómnium) que apoyaron la lista de 'Junts pel Sí'.
Desde luego, si el PP busca consuelo en que no es lo mismo escaños que votos, en que una parte significativa, quizá incluso mayoritaria por los pelos, de catalanes no es independentista, o en que la legalidad nacional impedirá el camino a la independencia, vamos apañados. Y algo de esto también hubo, me temo, en el mensaje poselectoral de Rajoy: ¿seguro que es este el cambio que quiere el resto de los españoles? Hay que hacer algo, tomar medidas, tender manos. Enrocarse en el palo y no en la zanahoria parece ahora una mala táctica, como lo fue insistir en que estas elecciones eran autonómicas y nada más que autonómicas. No: eran plebiscitarias de hecho, aunque no de derecho. Y lo primero que ha saltado por los aires es la legalidad, esa legalidad que Rajoy dice defender a capa y espada.
Se ha roto un cierto concepto de la legalidad, al menos, a tenor de lo que hemos escuchado a los futuros rectores de la política catalana en los últimos días: ahí tenemos, sin ir más lejos, al mentado Baños de CUP, llamando en la noche electoral a “desobedecer todas las leyes españolas”. Con un par. ¿Es eso, de nuevo, lo que pretendían los que acudieron a las urnas el domingo? Cataluña va a cambiar, y mucho. Y España, sumida en una segunda transición, también. Mucho más de lo que Rajoy insinuó en el tantas veces citado mensaje. Cataluña no puede, simplemente no puede, independizarse. Pero algo habrá que hacer para evitarlo, mucho más allá de amenazar con aplicar el artículo 155 de la Constitución, que, como se sabe, permite mucha flexibilidad a la hora de actuar el Estado en una situación autonómica de crisis extrema. O sea, nada concreto.
Rajoy, Pedro Sánchez, Albert Rivera -que seguro que sí pasó horas felices durante el recuento de la noche del domingo--, Pablo Iglesias, tienen que considerar lo ocurrido este 27 de septiembre en Cataluña como algo más, mucho más, que una especie de primarias hacia las elecciones generales del 20 de diciembre, o cuando sean.
Rajoy cometió el error, a mi juicio, de no hacer coincidir esas elecciones generales con estas catalanas, y, así, el Estado se va a quedar sin poder Legislativo -las diputaciones permanentes son un Parlamento muy empequeñecido y provisional como para tomar decisiones de largo alcance-- desde finales de octubre hasta quizá mediados de enero de 2016. Y el propio Rajoy será, desde finales de octubre, un presidente en funciones.
Muchas cosas pueden ocurrir en el Parlament catalán en ese tiempo, si la CUP y Esquerra, por ejemplo, deciden acelerar un proceso peligroso, loco. Y no, seguro que no es eso lo que quiere la generalidad de los catalanes.
Por eso hay que buscar soluciones drásticas, que no supongan ni revanchas, ni vendettas, ni castigos, ni amenazas, ni regañinas. Ese referéndum sobre independencia sí-independencia no, que hubiésemos ganado los antisecesionistas si hubiese estado bien organizado, y que sin duda debió celebrarse en su momento, aún es posible, organizado por el Estado y con cambios en la normativa vigente, incluyendo en la propia Constitución, o comenzando quizá por ella.
Ese diálogo hasta ahora cerrado es más necesario que nunca, pero no podrán llevarlo a cabo ni Mas, que ya digo que pìenso que se va, ni Rajoy, quien acaso este domingo dio, a juicio de algunos, un paso más hacia su salida de La Moncloa.
Este lunes, 28 de septiembre, fue el día en el que todo comenzó a rodar hacia destinos insospechados. Tras ver su ‘mensaje institucional’ en la mañana de este lunes, catorce horas después de haberse conocido los resultados electorales catalanes, me pregunto si el presidente del Gobierno se habrá enterado, habrá tomado conciencia de la magnitud del sinsentido. Nos va a todos mucho en que Rajoy, en cuyas manos está la mayor responsabilidad de desatascar lo que Mas, y antes que él muchos, atascaron, acierte en lo que haga. Ojala acierte, de veras.
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