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Los santos inocentes

lunes 26 de octubre de 2015, 12:50h
Los habituales lectores, que supongo tengo, están más que acostumbrados a los títulos de alusión cinematográfica con que suelo ilustrar mis artículos, y que viene de una desmedida pasión cinéfila.
Y es que siempre encuentro cierto paralelismo entre la vida real y la ficción, aunque sea en tiempos discordes y alejados de la rabiosa actualidad que nos sobrepasa y atrae, con ese magnetismo que impregna todo lo que de cotidiana tiene nuestra miserable o agradecida vida, según nos vaya en ella.
Un parecido razonable es el que vivimos en la España de Mariano Rajoy, con el que nos presenta Mario Camus en los Santos Inocentes, basado en una de las mejores novelas de Miguel Delibes, donde las clases medias viven resignadas a perderlo todo y las clases bajas sobreviven en la miseria, mientras que la corrupción permite que los caciques y poderosos sigan haciendo fortuna a costa de los unos y los otros.
Los santos inocentes de nuestros días somos casi todos; los abuelos, que amparan la miseria de su prole con su pírrica pensión, los padres de familia que cobijan a sus hijos, de edad madura, porque los contratos basura, de una precariedad extrema, no les permiten vivir con independencia y realizarse como ciudadanos. Los Azarías que regresan al pueblo; a la familia, para hacer frente todos juntos a las penurias a las que les ha sometido el gobierno del Partido Popular, con sus recortes y despropósitos en favor de los todopoderosos banqueros, en una sociedad injusta donde cada vez hay más ricos, gracias a la especulación y a la corrupción descontrolada, unido a la explotación laboral de los jóvenes que necesariamente son nuestro futuro.
Anda Rajoy haciendo el memo. Haciendo lo que no ha hecho ni un sólo día en estos cuatro años, intentando recomponer una imagen personal distante, apática e inerte, como si los españoles tuviésemos memoria de pez -que dicen que es poca- o careciéramos de la suficiente capacidad de análisis como para no saber diferenciar a don Tancredo del Rajoy que se empeñan en reformar.
Rajoy es el pasado, es el patrón de esa España de santos inocentes sometidos y oprimidos, donde las clases trabajadoras tienen como recompensa un castigo de pobreza y desdicha, sin tener culpa de ello. Donde los poderosos banqueros y empresarios modelo, con su doble moral, se muestran indiferentes ante la miseria que campa por nuestras calles, por los comedores sociales, por las puertas de los supermercados esperando la hora en que se tira la comida sobrante a los contenedores.
Nunca antes en la historia de España, en tiempo de paz y democracia, se habían visto los derechos de los ciudadanos más vulnerados. Nunca antes se han llenado las calles de plataformas ciudadanas exigiendo justicia, de ancianos suplicando ante el expolio de la banca, tras una vida honrada de trabajo y sacrificio, de millones de personas exigiendo que se cumpla la Ley sobre las clausulas suelo, inundando con reclamaciones la oficina del Defensor del Pueblo, si es que existe un defensor, si es que alguna vez se tuvo en cuenta al pueblo. Es tamaño el despropósito y tan rastrera la idea de afirmar que estamos despegando, que el pueblo no puede permitirse tener otros cuatro años más a un gobierno que vive de espaldas a la realidad social de éste país, a un gobierno de carcas de lo público, empeñados en seguir medrando a costa de los santos inocentes que existen en España.
Necesitamos con una urgencia vital la reforma del Estado, la reforma de todo aquello que se ha visto deteriorado por la pasividad del gobierno del Partido Popular en la gestión social. Las cifras con las que saca pecho el gobierno no sirven más que para hacer más ricos a los ricos, para crear mayor desigualdad entre las clases sociales y para crear una nueva clase de santos inocentes, si es que alguna vez dejaron de existir.
El discurso del miedo ante las diferentes maneras de hacer política que nos proponen los partidos emergentes, no deja de ser una amenaza baldía, un recurso caduco típico de gobernantes de repúblicas bananeras, de semidioses que creen estar en posesión de la verdad verdadera, de mediocres dirigentes que aún piensan en una sociedad aborregada. Esa típica sociedad de santos inocentes, de amos y criados, de ricos y pobres de solemnidad, quizá porque es la España en que se educaron nuestros gobernantes mientras sus papás gobernaban a nuestros padres en aquel país de los santos inocentes.
Ismael Álvarez de Toledo
Periodista y escritor
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