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El pueblo también se equivoca

domingo 03 de enero de 2016, 11:36h

Los resultados de las pasadas elecciones han recibido lecturas diversas, muchas veces a gusto del consumidor, pero, en relación con ello, hay una admonición mayoritaria: el pueblo, o el electorado (para hacerlo menos enfático), nunca se equivoca al realizar el acto electoral; los que se equivocan son otros, los elegidos, las fuerzas políticas, los líderes de opinión, etc. No voy a negar los errores de estos últimos, desde luego, más bien pareciera que España experimentara hoy un florido concurso de meteduras de pata. Pero eso de que “el pueblo nunca se equivoca”, “el electorado nunca se confunde” o “el pueblo no es responsable de que no se le expliquen bien las cosas”, me parece algo que no resiste ya el menor análisis; una cantinela bastante superada por la teoría política, al menos desde mediados del siglo pasado, tras las funestas experiencias del populismo europeo.

Pero partamos de las lecturas sobre los resultados electorales para llegar a este tópico. No hay duda de que la interpretación de los resultados depende bastante de los distintos cortes ideológicos y políticos que hagamos de la elección: si la medimos en términos de derechas e izquierdas, resulta bastante evidente que hay una división cercana a la mitad; si la medimos por su adscripción constitucionalista, hay más de dos tercios de los escaños que muestran esa orientación; si la medimos por su orientación antisistema, no habría más de un quinto en esa posición, y así sucesivamente. Pero hay una lectura que me parece bien interesante para los efectos que nos ocupan. Se asegura que la mayor amplitud en la distribución del voto hacia distintas fuerzas políticas refleja claramente el mandato del electorado a dichas fuerzas para que impulsen la práctica del pacto, del consenso, de la concertación.

Tal cosa me parece el colmo de la presunción bienpensante. Como si, por arte de magia, el electorado se colocara al margen de nuestra cultura política, tan de secta, y no supiera que la mayoría de las fuerzas políticas defenderán su propia posición caiga quien caiga. ¿Alguien piensa que la mayoría de los votantes del PP le han dado su sufragio para que pactara con el PSOE si fuera necesario? Algo semejante se puede afirmar del PSOE: ¿Alguien duda de que más de la mitad del los votantes del PSOE no piensan que antes muertos que pactar con el PP? Más aun: ¿Es posible pensar que buena parte del electorado de Podemos no sabe de su populismo congénito?

Dejémonos de cuentos rosados: el electorado ha repartido sus votos convencido de que la fuerza política que apoyaba debería ganar las elecciones o, al menos, debería tener una representación gruesa que condicionara la marcha del país. Es decir, convencido de que la fuerza a la que votaron debería ser la que protagonizara el escenario y no pensando en que estuviera predispuesta a realizar pactos con los demás por razones de Estado. Más bien estimo que sólo una parte minoritaria del electorado está convencido del beneficio de hacer pactos. En otras palabras, el resultado electoral es principalmente fruto de una falta de coincidencia del electorado, que expresa las diferentes ideas que hoy tenemos los ciudadanos del proyecto que queremos para España. En la transición no había menos ofertas políticas pero la gente coincidió en darle el poder a Adolfo Suárez y luego a Felipe González, quienes, por cierto, supieron qué hacer con él.

Pero, claro, si admitimos que el problema es la falta de consenso sobre el proyecto España, nos colocamos en el camino de aceptar que el pueblo (el electorado) puede equivocarse y eso, sabemos, no es políticamente correcto. Creo que fue Hannah Harendt una de las mejores exponentes de la responsabilidad política personal en contextos críticos. Cuando se nos recuerda que Hitler llegó al poder por medio de las elecciones, se argumenta que eso sucedió porque engañó al pueblo alemán; cuando más tarde el nazismo cometió crímenes atroces, se atribuye su apoyo popular al desconocimiento sobre esos terribles hechos. Ya se ha demostrado que todo eso es una media verdad, como cuando los habitantes de ciertos pueblos perdían misteriosamente su sentido del olfato, al estar próximos a los campos de concentración.

Creo que la dificultad para entender que cada uno de nosotros somos responsables de nuestra posición política, reside en que no captamos que no todos somos igualmente responsables, es decir, que existe una gradación de responsabilidades. El máximo responsable del movimiento nazi en Alemania fue indudablemente Hitler; a continuación sus ministros y capataces y así en dirección descendente hasta llegar al pueblo llano. Pero eximir de responsabilidad personal a cada uno de los ciudadanos y ciudadanas ya no es creíble. Y menos aun en el siglo XXI, con el aumento exponencial de la intercomunicación.

La cultura política de un país reside en su gente, aunque los representantes políticos tengan más responsabilidad en su reproducción. Si existe sectarismo y carencia de sentido de Estado no es sólo porque los líderes políticos lo demuestren, mientras se supone que el electorado posee otra cultura política. En absoluto. La política de banderías está asentada firmemente en el pueblo español, así que no hagamos interpretaciones edulcoradas: el electorado no votó pensando en la necesidad de hacer pactos, sino en la idea de que la fuerza de su preferencia derrotara a las demás. Lástima, porque ahora, todo indica que vamos a tener que votar de nuevo. Y si me apuran, tampoco estoy seguro de que hayamos aprendido la lección. Pero seremos responsables de ello todos y cada uno de nosotros.

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