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El alma del valle

sábado 06 de febrero de 2016, 15:35h
Sales de Ciudad Real, Manzanares, Tomelloso…y vas por una limpia autovía que cruza la templanza marrón de los viñedos. Ahora están tristes porque el invierno les pone un velo de ausencia. Sus cuerpos retorcidos gritan en el silencio. Esperan la calma de la belleza de la bruma en la mañana, y espejear luego luces chispeantes bajo el sol intruso del mediodía de febrero. Avanzas por la carretera solitaria cruzando también el pasmo pedregoso de los olivos. Siempre los he visto como centinelas hermosos del paisaje. Son los guerreros viejos del corazón de la tierra. En ese camino los rastrojos, rodeados de piedras blancas deshaciéndose, y terrones oscuros de barro irreductible, parecen haber caído del cielo con la lluvia. Son fuego de vida en su desorden. Acarician las lomas con sus manos ensortijadas de polvo. Y sigues viajando por la llanura curvada. Cruzas la sombra de un aeropuerto vacío. Te acercas a ver su persistente reposo y piensas en que solo se oye el silbido del viento. Es como una canción sin música que se agarra a la nada. A lo lejos se ve un pueblo pequeño. Algunos lugareños sesteros miran el AVE pasar. Seguro comentan como su figura de veloz gusano adelanta los coches, como ruge por el silencio de las tierras bajas.

En poco tiempo llegas a Puertollano viajero. Antes de acercarte ves una nube oscura reposando entre dos montañas. Te acercas por el sur. Lo cruzas por los barrios de las lomas, cerca de una estación enamorada de sus puentes. Y llegas después a la carretera de Córdoba. Vas por despojos de minas muertas. Son como un libro que aguanta sus palabras. Ves una chimenea alta y delgada llena de ladrillos derrotados. Viajas al lado de una mina de carbón que ha convertido la agonía de la caliza en una alfombra verde. Pronto dejas atrás el pueblo negro. Y después el aire limpio de Brazatortas. Y en poco tiempo el valle comienza a abrir sus brazos. Recibe a los viajeros con una carretera recta que parece interminable. Luego los aires fríos del puerto de Pulido aparecen. Una subida corta que resguardan encinas valientes. Y enseguida, después de una mareante bajada en la que ves montañas en la lejanía, has llegado a la primera calma del puerto de Niefla.

Has de subirlo despacio viajero. Tienes que arribar con expectación a su primer descanso. Allí debes aparcar el automóvil. Luego subir una senda que te lleva a la cima. Por ella podrás saborear algunos frutos silvestres, oler el perfume limpio del romero, admirar la riqueza lenta de la madreselva. Y una vez en la cima viajero observa el valle de Alcudia. No lo mires con los ojos. Míralo con tu alma y verás la suya reposar entre la voz del viento, la belleza del cielo y el pensamiento eterno de las encinas.
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