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PSOE y Ciudadanos anuncian un acuerdo con letra pequeña: el PP

miércoles 17 de febrero de 2016, 21:45h

Da igual que sea un preacuerdo o una boda por todo lo alto, el pacto PSOE-Ciudadanos no cuela. Una de dos, o Rafael Hernando, el voluntarioso portavoz parlamentario del PP, ha metido la pata hasta el fondo y ha revelado la letra pequeña: que están negociando al mismo tiempo la abstención ‘responsable’ y con ‘altura de miras’ de los populares; o Pedro Sánchez es un sagaz estratega que está mareando la perdíz -Pablo Iglesias- hasta que caiga rendida a sus pies... Es decir, que todo podría ser puro teatro. Si nos creemos la versión oficial, entonces es que se trata de puro electoralismo porque la suma no cuadra salvo que al menos se abstengan Podemos o “el partido de la Gurtel”, como lo suele llamar el líder socialista. Si convencer a Rajoy se adivina complicado, lo de ‘coleta morada’ roza lo imposible.

Rivera, desde luego, no ha estado hoy muy prudente echando las campanas al vuelo desde la portada de un periódico. ¿A quién pretendía presionar? ¿A su socio? ¿A Iglesias? ¿A Rajoy? Da igual, lo que parece es que el líder de C’s se pone la venda antes de la herida. Igual él también sospecha que le están utilizando…

A la gran clase bienpensante de este país le suena de maravilla la opción B de la ‘gran coalición’, que PSOE y C’s, dos partidos ‘de orden’, frenen el paso a las ‘hordas’ de la extrema izquierda, una imagen, por cierto, estúpida, dañina e irreal que busca comparaciones con un mundo que ya no existe. Por mucho que Mariano Rajoy se resista, no debería ser demasiado difícil convencer al PP para que se abstenga en aras del bien común.

Es más, Antonio Hernando ha admitido tras la reunión de este miércoles con Ciudadanos que este partido está hablando con el PP y, atención, que cuando los populares conozcan el acuerdo votarán a favor, lo mismo que pasará, ha añadido rápidamente, “con otras fuerzas políticas”. Incluso ha dicho tener razones “muy solidas” para hacer tal afirmación.

La verdad es que Hernando lo ha explicado de una forma tan enrevesada que nadie ha entendido nada salvo que ha “habido avances sustanciales” con C’s y que el acuerdo podría estar cerrado el próximo martes. Lo mismo que había anunciado Rivera pero sin aclarar lo importante: con qué apoyos cuentan para superar la investidura, porque con IU, PNV y la previsible epidemia de cistitis en los escaños de Democràcia i Llibertad, esto sigue sin cuadrar. Tampoco sabemos si sería un gobierno de coalición o de Sánchez y sus 89 diputados en solitario, otro factor que complica aún más la ecuación.

Simplifiquemos y demos por hecho, pues, el pacto y que Sánchez y Rivera no tienen intención de saltar en el vacío.

Si se apoya en el PP, se augura un difícil futuro para el PSOE según el análisis prácticamente unánime de todos los observadores políticos, que auguran su fin como líder de la izquierda. Sólo aguantar a Pablo Iglesias en las sesiones de control del Congreso ya sería suficiente castigo.

No olvidemos tampoco que, primero, los militantes socialistas deben refrendarlo con el permiso de los barones, tan divididos como ellos. Esta sí es una prueba de fuego. El aparato del partido socialista lo tiene difícil ante unas bases tan movilizadas como cabreadas con sus dirigentes y más imprevisibles que nunca. (Por cierto, y si votan que no, ¿qué hará Sánchez? ¿Suspenderá el debate de investidura?)

Tampoco será fácil si el ‘elegido’ es Podemos. Antes, claro, habrá que convencer a Pablo Iglesias, que empezó como favorito para subir al altar y ahora, como se descuide, no pasa de dama de honor. En un estratega nato como el líder de Podemos extrañan errores como el de la elección de jueces y otras altas instancias del Estado en función de su “compromiso” con la causa y su empeño, corregido y aumentado cada pocos días, en acumular poder personal en ese hipotético “gobierno del cambio” con el PSOE. Su propuesta/órdago debe tener un objetivo que, como en sus series favoritas, seguro que se guarda para el final, o sea, cinco minutos antes de que comience el debate de investidura el próximo día 2 de marzo. Algún golpe de efecto que salve los muebles de Ferraz con él, por supuesto, de protagonista.

De nuevo, la teoría dice que ese objetivo no es otro que forzar nuevas elecciones. Su constante humillación a Sánchez trata de debilitar aún más a un partido al que Podemos quiere arrebatar la hegemonía de la izquierda, aunque sea por medio millón de votos, y ahora puede ser el momento. Es la opinión, por ejemplo, de Iñigo Errejón y de la inmensa mayoría de analistas armados con las encuestas que muestran la ‘tendencia’ del electorado a invertir el actual equilibrio de fuerzas entre PSOE y Podemos.

Esa predicción olvida la presión sobre Sánchez e Iglesias para llegar a un acuerdo. El propio secretario general del PSOE afirmó tras su primera reunión con el Rey y enterarse por él de que ya tenía un gobierno casi hecho, que ambos están “condenados a entenderse”. Ambos saben que gran parte de sus respectivos electorados -salvo Felipe González, Corcuera y cuatro más- no lo van a entender, generando una frustración que quizá les hagan pagar en las urnas.

Pablo Iglesias es consciente de que tiene que ceder. Que no hayan empezado aún a negociar mientras se anuncia un pacto con Rivera no es lo que se esperaba, quizá el guión fuese demasiado obvio -toda la izquierda unida, con sus independentistas haciendo los coros y Alberto Garzón de ministro-, pero que comparta la luna de miel con Rivera y con Sánchez parece más el final de un culebrón. Y no precisamente venezolano.

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