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Adicciones

lunes 29 de febrero de 2016, 08:43h

Los sociólogos consideran el fenómeno como el ejemplo perfecto de uno de los rasgos que definen estos tiempos: la exhibición global. Son mileuristas, en el mejor de los casos, y aún así dedican mensualmente doscientos o trescientos euros a adquirir modelos exclusivos de zapatillas deportivas de marca. Las lucen unos días, las almacenan en sus estanterías junto a unas cuantas docenas más, hasta el día que se cansan y las llevan al mercado de segunda mano por el 20 o el 30 por ciento de lo que pagaron por ellas. Se les conoce como sneakerheads, una tribu urbana cada vez más numerosa y globalizada que ve engrosar día a día sus filas más y más, también en nuestro país.

Los sneakerheads adoran a un único dios: las zapatillas deportivas más exclusivas. Las coleccionan, son capaces de dormir a las puertas de una tienda durante horas para ser los primeros en adquirir esos modelos de tiradas limitadas y de pagar la tercera parte de su salario de un mes por gozar de la contrapartida de ser los primeros en exhibirlas. Las redes sociales (Facebook, Twitter, Instagram…) son sus perfectas aliadas porque sin ellas no valdría de nada realizar hazañas como esa. Hoy no importa tanto ser como tener, y, más importante aún, mostrarlo cuanto antes al mundo entero. La aldea global de McLuhan ya está aquí.

Esto es lo que sucede a nuestro alrededor, en el primer mundo. Pero otros jóvenes, sin embargo, no tendrán jamás la posibilidad de convertirse en sneakerheads porque ni siquiera tienen para poder adquirir un par nuevo. Ese era el caso de unos niños hondureños que conocí hace unos años en un suburbio próximo a la capital del país, Tegucigalpa, olvidados del mundo entero pero atendidos por un héroe anónimo, el padre Patricio, un todavía joven cura granadino que cayó un día por aquellos parajes y ya no quiso salir de allí, para compartir su pobreza con las gentes de la zona, olvidados de todos y de todo, empezando por el propio gobierno de Honduras y siguiendo por la alcaldía de Tegucigalpa. Cuando pasé por allí, varias decenas de niños acababan de estrenar unos zapatos escolares, que les había proporcionado la iglesia del pueblo, atendida por el padre Patricio, y que lucían aún con sus cartoncillos de marca (desconocida, por supuesto), orgullosos y conscientes de que, probablemente, no podrían disponer de otros nuevos en varios años, y eso en el mejor de los casos, porque lo más probable es que todos ellos tendrían que acabar acercándose a la ciudad para revolver en los contenedores y rescatar de allí los pares usados de quienes nos deshacemos de ellos más por hastío que por necesidad. En el peor, quizás no llegarían ni a traspasar la barrera de la juventud si llegaban a caer en manos de las maras, esos grupos pandilleros con leyes y castigos mafiosos, que han exportado a los marginados de medio mundo occidental.

Dice un viejo refrán castellano que “cuando el diablo no tiene qué hacer, mata moscas con el rabo” y mucho me temo que a buena parte de esos sneakerheads sea justamente lo que les pasa. El individualismo feroz, la ola exhibicionista, la banalidad, la irresponsabilidad, la falta de ilusión y de planes de futuro están debajo de actitudes como esas. Pero, me pregunto: ¿hasta qué punto no somos culpables también sus mayores (padres, educadores, ídolos deportivos, etc.) de sus manías, de sus adicciones? Las nuestras, es verdad, son distintas, pero no dejan de ser tampoco eso: adicciones. Damos más importancia al tener que al ser.

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