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Del ridículo europeo al desgobierno "a la valenciana"

martes 22 de marzo de 2016, 10:52h
Lo peor que se descubre del contumaz aspirante a presidente del gobierno Pedro Sánchez es su falta de sentido del ridículo, lo que puede parecer un defecto liviano a quienes no conozcan al pueblo español, pero es grave, tanto para aspirar y más para el caso de gobernar. El defecto comienza a relucir cuando, tras su frustrado intento de investidura en que obtuvo el “no” rotundo del Congreso, salvo su propia minoría y su versátil socio Ciudadanos, en vez de dar por concluido el ensayo se obstinó en buscar ejemplos extraños para recalafatear su casco de barco naufragado.

Primero buscó un ejemplo en Portugal, sin tener en cuenta que la República Portuguesa cuenta con un factor de contrapeso que hace viables ciertos experimentos, por poliformes que parezcan: la Presidencia de la República. Un presidente conservador modera en algún grado los estragos de un conglomerado de izquierdas.

Después puso sus ojos en Grecia, sin tener en cuenta que Tsipras es consecuencia de haber pulverizado a un partido socialista como el que Sánchez representa y, además, lleva a sus espaldas el peso de haber tenido que renunciar a su programa para someterse a la ayuda de la Unión Europea, dentro de la cual no hay nada menos deseable que la formación de un frente de antieuropeístas resentidos. Ha tenido que ser el propio Tsipras quien le de calabazas en público, pues el menesteroso Sánchez no hizo su insólita súplica de intercesión discretamente sino en un photo call, para no perderse la imagen. Una foto con Tsipras no es una gloriosa condecoración, dadas las circunstancias porque pasa Grecia, pero Sánchez, que parece tener a sus votantes por tontos, cree que es un cromo que eleva su imagen de presunto estadista. Sánchez pretendía hacer de Tsipras un sustituto extranjero de Errejón, que mediase con Podemos para convencerlos de cambiar el populismo por posibilismo, aunque sea a costa de degradar el papel de Pablo Iglesias.

Lo de Grecia y Portugal no es halagador para los españoles. No porque estos nombres evoquen a pueblos dignísimos, aunque ahora pasen por malos momentos. Pero tales pueblos, admirables desde distintos prismas, están en un nivel diferente desde un punto de vista dimensional, aunque sean portadores de grandes valores. Ni geográficamente, ni demográficamente, ni económicamente comportan un peso cuantitativo similar al de España. Ello quiere decir que las fórmulas para salir de apuros que se están aplicando en Grecia y Portugal no son aplicables en la misma medida para una nación de cuarenta y cinco millones de habitantes, con una economía de proyección internacional y una posición estratégica clave. Decir a los españoles que deben seguir un modelo a la portuguesa o a la griega puede no ser humillante pero es, objetivamente, hacerles de menos. Si Sánchez viajase a Alemania o Inglaterra y viniera a contarnos las excelencias del papel del socialismo en estas naciones a lo mejor caía bien. Pero venir a los españoles con el cuento de que se acomoden a lo griego o a lo portugués es como decirles que se hagan a la idea de que son más pequeños de lo que son y ofrecerles unos escenarios menos brillantes de los que estaban acostumbrados a contemplar durante la larga etapa constitucional que están viviendo desde hace cuatro décadas.

Esta infravaloración de su propio país y de su propio partido es menos grave de la que supone ir a hacer carantoñas al señor Puigdemont, suplente demediado de Artur Mas para el papel de presidente de la Generalidad catalana, con escasa popularidad en su tierra y ninguna en el resto de España. O también cortejar a un PNV que lo desprecia olímpicamente como a un maqueto sin bautizar en las aguas del Bidasoa. Solo en nombre de liberarlos del temible Rajoy, sin tener en cuenta que para estas relaciones Rajoy le lleva la ventaja de ser gallego y comprender mejor los cánticos regionales.

Lo peor viene cuando, desahuciado de malas compañías internacionales y de idilios periféricos con aroma nacionalista, parece pordiosear ante Pablo Iglesias, quien le propone que traicione el solemne pacto dual que suscribió ante todos los españoles en una mesita con dos carpetas, para aceptar un formato de gobierno “a la valenciana”. Es decir que el Estado español, considerado la estructura administrativa más antigua de Europa, va a buscar el modelo en un gobierno regional recién instalado y con todos los síntomas de una jaula de grillos. Un gobierno “a la valenciana” en el que se instalarían algunos ministros “podemitas”.

Lo de un gobierno “a la valenciana” que reitera con su dulzona labia Pablo Iglesias, resulta una triste referencia para quienes hemos tenido el honor de representar a circunscripciones de la Comunidad Valenciana en las Cortes Generales durante varios lustros. Un grupo de parlamentarios sin tacha, ninguno de los cuales fue objeto de suplicatorio, ni de imputación alguna, ni necesitó en ningún caso acogerse al refugio de aforamiento ni a presentar dimisiones conmiseratorias. Un grupo parlamentario que actuó siempre con fidelidad a los afiliados y a los electores de nuestro partido, con altruismo y con empeño en favor de todo aquello que pudiera favorecer la identidad valenciana y los intereses de los valencianos. Nosotros hemos tenido que padecer el penoso espectáculo de un gobierno valenciano actual sin capacidad operativa ni coherencia ideológica. Un gobierno tripartito de socialistas, radicales y separatistas que ha venido a suceder a una última etapa de mediocridad y podredumbre del gobierno de nuestros afines, que manchó lustros de un valencianismo pujante, por obra de una partida de golfos de la política emboscados en las espesas sombras de los clientelismos locales.

Un gobierno “a la valenciana” es lo que faltaba a los españoles. Que nos pregunten a quienes hemos podido sobrevivir al desastroso proceso degenerativo de un gobierno “a la valenciana” cuando se evapora el sentimiento de “ofrendar nuevas glorias a España” que caracteriza el alma autentica de Valencia y se sustituye por fantasías locales y codicias de prendero. Pablo Iglesias, sin sentido del ridículo, confunde programas con ocurrencias y negociaciones con esperpentos, cuando propone a Pedro Sánchez como ideal un gobierno “a la valenciana”. Es una propuesta matemáticamente difícil y operativamente inestable. Pero lo peor es que es una propuesta risible para los españoles que no hayan perdido el sentido del ridículo.

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