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Dios en la sombra

sábado 26 de marzo de 2016, 18:18h


​Mientras escribo Dios está enterrado en una cueva y dicen los profetas que mañana resucitará. El domingo quizá sea un día de sol blanco en el cielo, no de nubes grises, como hoy, que envuelven con cierta tristeza fría y solitaria el paisaje. Mañana vendrá la luz de Dios y el mundo tendrá cierta esperanza leo por ahí en alguno de los periódicos que hay tirados en mi mesa. Todavía no he llegado a la lectura digital de las noticias. Solo me asomo al móvil o al ordenador para obtener datos urgentes sobre los ríos de la actualidad, o el inmenso océano, como ha sido con los atentados en Bruselas. Perdón, un aparte. Oigo Bruselas y me tiritan los dientes de frío. Recuerdo penumbras matinales. Calles grises limpias, despachos de cristal aguantando una luz tenue en edificios colmena llenos de oficinistas que encajan a Europa en su mecano. Me viene a la mente la grandiosa estampa coloreada de la Grande Place, esa belleza oscura de piedra y cristal que es capaz de aguantar la soledad en las multitudes. En Le Roi de la Espagne los soldados invasores de Castilla están colgados del techo. Envuelta en el frío húmedo de la neblina una placa habla de los condes Lamoral y de Horns, decapitados por la crueldad hispana.


Esa frialdad de la memoria se vuelve tristeza, solidaridad con una ciudad aplastada en su alegría, maltratada en su alma festiva por los terroristas. Hijos de un dios cruel. Amantes de una teología de sombras. Amargos en su ansia de una vida de velos negros cubriendo la luz. Mientras escribo el Dios que me ha dado mi cultura está enterrado. Espera volver el domingo como vencedor de la muerte, y por tanto, Hacedor de una esperanza para cuando ya no haya esperanza. Tácito habla de un Mesías crucificado en aquella época. Flavio Josefo de Joshua de Nazaret, pero apenas hay referencias históricas del viaje de un Dios a la tierra. Solo mitología cristiana, como dice Harold Bloom, o la creación de una religión y una teología de la esperanza por Pablo de Tarso y el Emperador Constantino en ese afán del poder terrenal por controlar el poder divino. Así pasa en esos cerebros locos que matan niños en nombre de Ala. Alá es grande. Al César lo que es del César, dijo el Cristo y el mundo no le ha hecho demasiado caso.


Dios cierra los ojos y La Tierra va a su aire. Todo el año parece que Dios está muerto. O que se ha olvidado de nosotros porque el mal florece, el egoísmo se impone, la pobreza reina, la violencia decide, hay refugiados que nadie quiere por caminos de barro muriendo desconocidos. A veces me da la sensación de que Dios se murió hace mucho tiempo. Que no ha podido, o querido, o decidido, resucitar, que nos ha dejado solos en campo amargo de la historia.

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