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La Justicia

viernes 08 de abril de 2016, 10:15h

La Justicia en España va de prescripción en prescripción, de años y años, de legajos y legajos, de indultos y sospechas, de olvidos y recuerdos que de pronto salen a la luz cuando encarcelan a un chaval por un delito muchas veces estúpido cometido hace ni se sabe los años y que enderezó su vida y ahora es un hombre honrado que vive integrado en la sociedad. Todo su entorno se hace Fuenteovejuna para evitar el atropello. Pero le encarcelan. Y mientras esas cosas pasan inadvertidas o algún periódico las recoge en letra pequeña, la ciudadanía asiste atónita a cosas que resultan muy difíciles de entender.

Creo que hay en los juzgados de España unos tres mil casos por presunta corrupción y si no la mayoría de ellos, si al menos muchos, suelen aparecer en las primeras páginas de los diarios o abriendo los informativos. Pero es que llevan ocupando esas primeras páginas años y años, tantos años que la mitad de las cosas están felizmente prescritas para tranquilidad de los encausados y cabero de los españoles. Y el que no se afora, el partido se encarga de aforarlo y si una juez -Alaya, por ejemplo- se toma en serio su trabajo, no se sabe cómo pero un buen día ocupa otro puesto y deja el marrón a quien la sustituye que –insisto: a los ojos de los pobres ciudadanos- no parece tener ninguna prisa en concluir la instrucción de los famosos ERES u sus temas adyacentes.

Y uno comprende que estos casos, como el Gürtel y casi todos los que tienen nombres propios, pueden ser complicados, pueden ser complejos y aún más si los que tendrían que dar ejemplo de colaboración con la Justicia se dedican a poner palos en las ruedas. Pero lo cierto es que la duración de los juicios, los recursos y la judicialización de tantas cosas que se deberían resolver en otros ámbitos, es verdaderamente escandalosa. No se entiende –y estoy segurísimo que con la Ley en la mano no hay ningún fallo- que estén entre rejas una serie de personas desconocidas de forma preventiva durante años, mientras otros se pasean y vacacionan alegremente con grandes apellidos pendientes aún de juicio y, para colmo, dando lecciones de moral cuando en la mente de todos está su más que evidente culpabilidad.

No se entiende que la responsabilidad política no exista en España más que para el partido contrario y cuando le toca al nuestro la presunción de inocencia sea absolutamente sagrada hasta que no haya una sentencia firme. Y no creo que sean los jueces los que fallan –algunos, sí, para que engañarnos con un poder judicial politizado- pero falla sobre todo el sistema y no parece preocupar a nadie porque es una de las promesas típicas de las campañas junto a la reforma del Senado. Pues ni lo uno ni lo otro.

Pero no sólo ocurre esto en los grandes juicios; es que cualquier español –salvo los protagonistas del mundo rosa- prefieren ni acercarse a los juzgados porque con suerte saben cuándo se les va a citar por primera vez pero ignoran si seguirán vivos cuando se dicte la sentencia y se agoten todos los recursos. Y aun así, la mitad de las veces hay que poner otra demanda para que se cumpla una sentencia firme.

Ahora los partidos van a llevar al Constitucional la obligación o no de un Gobierno en funciones de comparecer en el Congreso. Para cuando salga la sentencia, habrá otro Gobierno fruto de pactos o nuevas elecciones. Y así están las cosas. En realidad están peor, porque no hay nada como declarar secreto un sumario, para que al día siguiente lo publiquen la mitad de los periódicos. Pero como ya estamos acostumbrados, que siga la juerga.

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