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Bipartidismo y dualismo

lunes 23 de mayo de 2016, 10:02h
La alta tensión que está subiendo cara a las próximas elecciones en España y en otros países de Europa proviene de que no se confrontan las opciones alternativas del bipartidismo, derecha e izquierda, sino las opciones dualistas entre libertad y dogmatismo. No es lo mismo bipartidismo que dualismo. Pero es difícil despertar, tanto a las bases electorales como a los dirigentes de los partidos, acostumbrados a la cultura tradicional de izquierda y derecha, ante el fenómeno provocado por un malestar social indefinido que ha dado alas a la reanimación de los movimientos antisistema que dormitaban desacreditados en las zonas marginales del campo político. Estos movimientos antiliberales igual pueden situarse a uno y otro lado del campo -en España a la izquierda- para buscar alianzas que los acerquen a las esferas de poder.

Dos hitos históricos habían desplazado de la convivencia política a la tensión dualista sistema antisistema. El final de la II Guerra Mundial, con la destrucción del nacional socialismo como intento de imponer invasivamente un nuevo orden europeo y la caída del muro de Berlín como fracaso del intento de expandir un nuevo orden comunista. Pero las semillas no mueren. Están ahí, a la espera de un clima que las permita germinar de nuevo. Son la xenofobia, el nacionalismo, el resentimiento, la envidia y el dogmatismo que pueden ser fertilizados por el malestar social en tiempos de crisis. Es cuando la sed de justicia se pretende satisfacer repartiendo vasos de agua de un recipiente sin preocuparse de mantener vivo el acuífero. Es cuando resurgen los populismos prometiendo la bondad absoluta de un sistema unidireccional bajo un solo color político. Cuando estos populismos logran imponerse provocan el empobrecimiento general y la ruptura de la convivencia pacífica.

Las secuelas de una crisis no han sido capaces por ahora de destruir una vida europea que, a pesar de un periodo depresivo, sigue siendo la de mayor bienestar del planeta, garantizada por un juego de alternativas dentro de un sistema de convivencia que no merece ser cambiado por una dualidad de tensiones contrapuestas e incompatibles entre sí. Esta es la incógnita que va a despejarse en una serie de contiendas electorales en el seno de las distintas naciones de la Unión Europea en las que la cuestión se plantea en cada una con diversidad de signos y colores. El que la incógnita esté planteada es motivo suficiente de preocupación, aunque no de alarma, porque el valor superior de lo que se tiene frente a lo que se promete es tan evidente a los ojos de las mayorías que es posible esperar que la razón equilibrada se mantenga.

La clave reside en que sectores oscilantes de la opinión política no sigan confundiendo bipartidismo con dualismo o extrapolando la cultura derecha izquierda a la antítesis sistema antisistema. Se puede ser derechista o izquierdista dentro del sistema. Pero fuera del sistema solo se puede ser una de las dos cosas. Las libertades públicas consisten en que uno puede ser como quiere ser dentro de un marco constitucional y sin exponerse, fuera del marco, a tener que ser de la única manera prevista por una tendencia monopolista y oligárquica de la corrección política y el buenismo absoluto. En España, pues en otros lugares el tema está planteado en distintos términos, la pelota está rodando en el campo de la izquierda ¿Un izquierdismo democrático puede sentirse asociado a un izquierdismo antidemocrático por el simple hecho de haber asumido ambos un tinte superficial de afinidades o gestos aparentemente parecidos? ¿Una pieza del bipartidismo democrático puede declararse absolutamente incompatible con otra pieza del mismo sistema, en beneficio de un dualismo antisistemático? ¿Se debe defender conjuntamente un esquema constitucional, dentro del que caben izquierda y derecha, frente a un dualismo demagógico, anticonstitucional, antieuropeísta y antiliberal, promovido desde áreas externas a la alianza multinacional a que pertenecemos? La respuesta a estas preguntas de amplios sectores proclives al izquierdismo socialista es la clave de un próximo futuro. Un futuro en el que los electores deberán decidir si su izquierdismo cabe dentro del marco de las libertades de todos o es un dogma totalitario sin libertad de alternativa. Los electores de Junio deben saber cuál cuadro de libertades personales y económicas y que estilo de vida prefieren y los elegidos, en su día, deberán saber interpretar lo que los electores quieren. Probablemente, primero la defensa del marco constitucional y después las alternativas dentro de dicho marco sería lo deseable.

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