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Dos banderas

lunes 13 de junio de 2016, 12:31h

El debate a cuatro más parece un cuarteto en el que cuatro instrumentos diferentes están obligados a tocar la misma sonata con algún desafino. Pero la política exterior y de seguridad de España está ausente de la partitura, quizá porque los gurús de la demoscopia saben que no es un tema influyente en el electorado, sobre todo si al electorado se le tiene en la inopia sobre esta materia, como es conveniente para la extrema izquierda disfrazada de socialdemocracia que sabe que su talón de Aquiles está en sus servidumbres exteriores. Ellos sí saben que desde el día en que el presidente Eisenhower era recibido en Madrid por el Jefe del Estado español, entonces el general Franco, hasta ahora cuando sea recibido el presidente Obama por el Rey Felipe VI ha transcurrido más de medio siglo de continuidad estratégica. Así se escribe la historia, con trazos largos y seguros. En plena campaña electoral deben tomar buena nota los oportunistas disfrazados con piel de cordero que se han aliado con aquellos comunistas de Izquierda Unida que se han pasado medio siglo organizando las carnavaladas de “OTAN no, bases fuera”. Ellos deben aclarar si pretenden cambiar, y se sienten con fuerzas para ello, las alianzas de una diplomacia de Estado en que se basa la paz y la seguridad de España y de Europa.

Aquella alianza histórica que hermanó dos banderas, la rojigualda y la única “estelada” que se iza con honores en suelo soberano español -barras y estrellas o barras sin estrellas- tuvo un sentido inicial en tiempos de la “Guerra Fría” y tiene este sentido acrecentado en nuestros días de riesgos africanos y amenazas terroristas. Aquellas bases aeronavales con que no hubiese contado España por sí sola, son las piezas clave de una alianza bilateral capaz de blindar la seguridad en nuestra zona más delicada, entre el Mediterráneo y el Atlántico. Aquel dispositivo militar vital para España es, hoy, la clave de la seguridad de Europa. En Rota se despliegan los destructores americanos capaces de garantizar el “escudo antimisiles de la OTAN” que ha contenido por el momento los delirios nucleares de Irán. Con este dispositivo se prepara para colaborar como elemento interoperable una fragata española (F-105) con el nombre simbólico de Colón, en Estados Unidos. Morón de la Frontera es hoy la sede permanente de la fuerza de despliegue rápido de EE.UU. para situaciones de crisis en África. No es necesario decir más.

Entre los tiempos lejanos de la Guerra Fría y estos cercanos del fanatismo asesino han pasado muchas cosas y variado muchas caras. España realizó su reforma democrática y su alianza bilateral con Estados Unidos fue ratificada por los cauces abiertos a la libertad política, haciéndose compatible con la alianza plurilateral de la OTAN, en la que nos introdujo un presidente centrista, Leopoldo Calvo Sotelo. Un presidente socialista, Felipe González consideró conveniente reforzar con referéndum popular la decisión parlamentaria y lo ganó. No podía hacer menos quien tanto tenía que agradecer al apoyo norteamericano a su presencia democrática. Un presidente del PP, José María Aznar, remataría la operación con la entrada en la estructura militar integrada. Solo un pasado presidente de gobierno despistado y zafio cometió la descortesía bobalicona de permanecer sentado al paso de una bandera y, para mejor enmerdarse, retiró a destiempo unas tropas que cumplían una misión de paz en Iraq. Aquellas heridas superficiales tardaron en cicatrizar, pero la fuerza de la razón y la razón de la fuerza se impusieron. En este verano de 2016, la alianza histórica luce brillante, como un factor permanente entre las sombras de interinidad de un gobierno en funciones. Estados Unidos ha cambiado regularmente de presidentes y Obama va a visitarnos antes de terminar su mandato. Es igual, sabe que sea quien sea el presidente esta alianza no cambiará. Por nuestra parte, Felipe VI es el tercer Jefe de Estado español que mantiene la misma línea.

El presidente de los Estados Unidos y el Rey de España estarán respirando el aire turbio de los conciliábulos y los pactos para formar un gobierno estable. Se supone que muy tranquilos. Quienes no deberían sentirse tan tranquilos son los que tienen la osadía de aspirar a penetrar en un gobierno atlántico con padrinazgos iraníes o chavistas. No para influir en la línea social sino para intentar asumir competencias en defensa con su general grisáceo de la OTAN “obsoleta”. Ellos, con su general y todo, no han sido becados sino para intentar el sueño de descuartizar una pieza clave de la Alianza Atlántica, admitiendo un referéndum para crear un microestado como un agujero en el escenario mediterráneo con su estrella solitaria y manejable. Estas asambleas de aparentes improvisadores que creen que en política exterior se puede cambiar de decorado como en un espectáculo musical, deberían tener la mínima vergüenza de confesar a sus incautos electores quien son y qué es lo que esconden bajo sus pellejos de falsos “socialdemócratas”. Lo que esconden es jugar con la seguridad y la paz de España y de los españoles y, consecuentemente, con el equilibrio de la seguridad mundial.

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