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Póquer de políticos fracasados

miércoles 15 de junio de 2016, 13:32h

Están tan encantados aunque los cuatro son los responsables del mayor de los fracasos políticos que ha soportado este país desde la transición democrática. Pablo Iglesias se siente feliz porque las encuestas le dan ganador del debate y le garantizan el sorpasso. Se siente seguro de que logró presentarse como alternativa a Rajoy y no paró en todo el encuentro a cuatro en emitir su peculiar zumbido del moscardón: “Pedro, te equivocas de enemigo”, “Pedro tendrás que elegir entre el cambio nuestro y el PP”… Mariano Rajoy también está encantado de haberse conocido porque cree que funcionó su estrategia para enardecer a sus votantes: aquí el único que tiene perfil de presidente soy yo, que los demás no llegan ni a becarios; yo tengo la propuesta estrella de crear dos millones de puestos de trabajo, y, además soy el único que garantiza la unidad de España. Más contento que unas pascuas, Albert Rivera, también luce aureola de ganador, las encuestas le consideran el más eficaz en sus críticas y propuestas. Logró sacar la cabeza entre los dos extremos, poniéndoles las peras al cuarto, en plan centrista, tanto a Rajoy como a Iglesias. Pedro Sánchez también asegura que está satisfecho, pese a que no hay ningún sondeo que le favorezca. Piensa que evitó la pinza entre Rajoy e Iglesias, que querían ningunearle. Se las tuvo tiesas con el presidente en funciones y contestó a las picaduras de Iglesias sin caer en la provocación reiterando hasta el agotamiento, para congraciarse con el votante socialista, aquello de “habría ya un gobierno progresista en España si no hubieran votado en contra el PP y Podemos”.

Todo fue pura estrategia, estricto seguimiento de tácticas de campaña diseñadas por sesudos asesores. ¿Y a nosotros que nos importa? Estos líderes indiscutibles siguen en lo suyo, en sus eslóganes, en sus cansinos recitativos y en sus líneas rojas y vehementes rechazos a los demás. Pero ninguno asume la parte de su fracaso al haber propiciado seis meses de desgobierno, siendo incapaces de lograr un mínimo pacto que diera estabilidad democrática al país: un Gobierno que vaya solucionando los problemas a la gente y un Parlamento que debata y llegue a acuerdos mayoritarios. Que eso es lo que es la estabilidad política. Lo peor es que siguen actuando como si nada hubiera pasado. No tienen propósito alguno de la enmienda por mucho que se les llene la boca con una declaración grandilocuente: “no habrá terceras elecciones, haremos lo imposible por evitarlas”. Si la división permanece en el electorado y los resultados son parecidos a los 20D, morbos de sorpasso aparte, el cambio pregonado será de líderes o los líderes actuales tendrán mucho que cambiar.

Para empezar deberían haber iniciado todos su llamado minuto de oro en el debate a cuatro con un solemne mea culpa: “perdonen ustedes porque no he sabido que hacer con el voto que me dieron hace seis meses, les prometo que no volverá a pasar…” “Perdonen porque les obligamos a ustedes a volver a votar para que resuelvan lo que nosotros hemos sido incapaces de arreglar…” Pero no. Siguen con su rollo. Hay una novela de José Saramago titulada “Ensayo sobre la lucidez” (Alfaguara, 2004), que reflexiona sobre la degeneración de la democracia que me parece muy adecuada a la inestabilidad política que vivimos y que, al parecer, sufriremos por mucho tiempo. Si no fuera porque la ácida historia que cuenta el Premio Nobel acaba muy mal, nuestros líderes se merecerían que al ir a votar siguiéramos el ejemplo de los ciudadanos de la ciudad sin nombre que protagonizan la narración: en dos elecciones municipales, una y otra vez, ganó… el voto en blanco.

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