La Legislatura que terminará dentro de unos días ha sido un admirable ejemplo de casi todo lo que no conviene a la buena marcha de un país como España, con inmensas posibilidades de crecimiento económico y de influencia en el escenario global, y habilitado, por el éxito de la transición, para alcanzar finalmente la cohesión social, política y territorial que tan esquiva se mostró en nuestra compleja historia. Son muchos los que definen esta Legislatura con una palabra desagradable pero ajustada a lo que hemos visto, crispación. La Legislatura de la crispación. El mismo presidente del Congreso, el socialista Manuel Marín, ha tenido finalmente que desahogarse en la despedida. Al margen de su incuestionable lealtad política a su partido, Manual Marín es un hombre de calidad intelectual y personal, que ha sufrido estos años más de lo razonable y no pocas veces por culpa de su propio grupo parlamentario.
Una mayoría frecuentemente sustentada en pactos de puro oportunismo. Una oposición que ha preferido demasiadas veces el grito al argumento. Unas minorías que no han vacilado en utilizar su fuerza de oportunidad para intereses locales y con planteamientos sin altura de miras. No ha sido posible resolver la crisis del Consejo General del Poder Judicial, que el PSOE quiere, sin respeto a la Justicia, que sea estricta emanación de las mayorías políticas de turno, con lo que ha dado pie al encastillamiento del PP en mantener anacrónicamente la mayoría política del turno anterior. Se ha llevado por unos y otros al Tribunal Constitucional a una crisis no ya de imagen sino incluso de respetabilidad social. ¿Qué respeto puede merecer a la ciudadanía una máxima instancia constitucional sometida a los avatares de las mayorías y minorías políticas y de cuyos altos magistrados se espera, por los partidos, que decidan por ideología y no por rigor jurídico?
¿Cómo es posible que personas que hicieron de la moderación, virtud, y del consenso, método de gobierno, en torno a aquel gran hombre bueno y político de Estado que fue Adolfo Suárez, hayan tenido, alarmados por lo que ahora sucede, que crear una Fundación para la Defensa de la Transición? ¿Cómo es posible que, con motivo de su 20 aniversario, una característica y conocida expresión de la sociedad civil, como es la Fundación Independiente, haya tenido que salir a reclamar valores que debieran ser obvios, como la cohesión social, política y territorial de España?
Hubo un momento difícil, en los hermosos años de la transición, en que un Adolfo Suárez, que siempre tuvo el interés general del país por encima de los legítimos intereses de partido, se planteó seriamente la hipótesis de seguir el modelo alemán de la “gran coalición” de los partidos transversales del Estado y proponer una “gran coalición” UCD-PSOE, que, desde tan inexpugnable mayoría, hacer todo lo que era preciso hacer para completar el gran salto modernizador, político y económico, de España. Pronto contaré en detalle, en un libro sobre el “Off The Record” de la transición, quiénes y por qué pequeñeces disuadieron al carismático líder centrista de lo que no pasó, por tanto, de ser una hipótesis de trabajo.
Es demasiado lo que se ha roto en estos cuatro años de crispación y probablemente sería bueno volver a plantearse, desde la altura de miras y la generosidad política, una hipótesis de recuperación del consenso y concertación de esfuerzos hacia los objetivos comunes de la plural sociedad española. Este es un país plural, ello es cierto, y debe reconocerse esa pluralidad y habilitarse su ejercicio. Pero esa misma condición plural exige la armonización de los objetivos comunes, algo por cierto siempre necesario, pero imprescindible ante el complejo horizonte económico de la crisis que, a estas alturas, ya no puede seriamente negarse.
¿No podría, después de las elecciones generales de marzo, un eventual Gobierno de “gran coalición” aunar los esfuerzos de izquierdas y derechas para resolver, de una vez por todas, los grandes temas pendientes del Tribunal Constitucional, el Poder Judicial, los retoques constitucionales, la compleja arquitectura del modelo autonómico, la recuperación de una posición sólida, a la altura de lo que España merece, en el concierto internacional, la liquidación del terrorismo y sus fuentes, y al mismo tiempo conducir hacia el pleno desarrollo de sus potencialidades una avanzada economía social de mercado como la que empresarios y trabajadores españoles merecen?
Gobernar no es mandar, o no debiera serlo. Gobernar es liderar, concertar, armonizar, ser fieles no sólo a la letra, sino también al espíritu que hizo posible el milagro de la Constitución de 1978, fruto de la reconciliación nacional y de la voluntad de extraordinarios políticos, de la derecha y de la izquierda, para echar más de siete llaves a la ingrata memoria de un país de tan compleja y difícil historia como es el nuestro. Este es un país que sólo puede construirse armónicamente mirando hacia el futuro y dejando el pasado a la tarea académica y sólo académica de los historiadores. Es también un país con grandes posibilidades colectivas y grandes oportunidades para los ciudadanos, que la crispación destruye.
La crispación no es cosa de estos o aquellos, sino de todos. Como de todos es necesario que sea el abandono de la crispación y el regreso a las amables y amplias playas del consenso. Es posible que el llamamiento a socialistas y populares para que salgan de sus encastillamientos hostiles y estudien la posibilidad de trabajar juntos por el interés general de los españoles (“¿Qué otra cosa puede ser España que los españoles?”, preguntó un día Felipe González, otro gran hombre de Estado como Adolfo Suárez, con legítima irritación) sea un grito perdido en el desierto de la crispación actual. Pero la misión del grito es permanecer en la esperanza de algún día ser escuchado. Lo que los alemanes hicieron, con visible éxito, nada menos que después del terror nazi y de una guerra espantosa ¿no podremos hacerlo los españoles? Conviene a la salud de nuestra economía y la buena marcha de nuestras empresas. Conviene para afrontar con eficacia una crisis educativa que alcanza cotas máximas. Conviene para recuperar peso en los escenarios internacionales. Conviene para consolidar una sociedad plural, confortable, segura y cohesionada. Los partidos tienen la palabra.