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La frívola satanización de los políticos

viernes 09 de septiembre de 2016, 15:23h
Existe un coro en los medios de comunicación que coincide en culpabilizar del bloqueo institucional del país a los representantes políticos o, dicho con ese tonillo despectivo, a los políticos. Se les acusa de incapaces, egoístas, faltos de altura de miras y un largo etcétera.

Y desde luego tal acusación tiene un fondo de verdad, sobre todo si se compara con lo que sucede en buena parte de Europa, donde el electorado también ha dividido el voto entre tres o cuatro partidos y, sin embargo, ello no ha supuesto un problema insalvable para formar gobierno: las fuerzas políticas han encontrado formulas pactadas para ello.

Por el contrario, en España, cuando se ha sustituido el bipartidismo por una mayor fragmentación del voto, llevamos ya casi un año sin que las fuerzas políticas consigan ponerse de acuerdo para formar gobierno. Ciertamente, este es el dato de la tozuda realidad. Pero lo que no parece tan claro es cuál es la causa. Y el frívolo recurso de satanizar a los políticos no ofrece ninguna explicación razonable.

Es indudable que la causa primera reside en que los partidos y sus líderes piensan más en su supervivencia que en el interés general del país. Pero la cuestión es que eso lo hacen calculando el apoyo político y electoral de la ciudadanía. Es decir, ese cálculo se basa en qué premia y qué castiga el electorado. En otros países el electorado premia la capacidad de negociar de los partidos. No hay claras indicaciones de que esto suceda en España. Más bien lo contrario: pareciera que lo que aquí se premia es la firmeza en el mantenimiento de las determinaciones propias. En pocas palabras, el cálculo de Pedro Sánchez no carece por completo de asidero en las preferencias del electorado; por eso su discurso se basa en la idea de “nadie nos torcerá la mano”; lo cual también explica la timidez de las críticas de los varones socialistas.

Pero si lo anterior es cierto, existe entonces una relación de correspondencia entre la cultura política imperante en el electorado y la de sus representantes políticos. Esto, que es una obviedad en sociología política, es lo que olvidan con frecuencia los periodistas y comentaristas. El numantinismo, la política de banderías, el ¡y tu más!, no es exclusivo de los políticos, sino que está profundamente anclado en la cultura política del electorado. Por eso insisto en que el problema de fondo no son los políticos sino la pobre cultura política que impera en el país.

En tal sentido, la posición de Ciudadanos, enfatizando la negociación, no sólo es valiosa en la coyuntura sino que supone un valor añadido: contribuye a modificar la cultura política en el medio plazo. Y conste que eso lo hace sin tener seguridad de que le es rentable electoralmente en el corto plazo. Claro, un delgado segmento de la sociedad elogia su sensatez, pero eso no está claro que opere así en el grueso del electorado. Por esa causa es encomiable que Ciudadanos insista en su política de pacto (incluso si no consigue atraer a una parte significativa del electorado), mientras que lo que hace Pedro Sánchez, al apoyarse en los aspectos más empecinados de la cultura política, es reproducir ampliadamente su baja calidad.
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