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Hay que denunciar y rebelarse contra oligarquías insaciables

jueves 12 de enero de 2017, 17:49h

En un estremecedor artículo que parece escrito con sangre por un hombre, Leo Boff, que participó en la lucha contra la miseria de millones de brasileños, contra los inmensos latifundios y en la más aberrante explotación del hombre por auténticos bánksters que controlaban la riqueza del inmenso y hermoso Brasil, exclama que hay que denunciar: cuanto más se privatiza más se legitima el interés particular en detrimento del interés general además de debilitar al Estado, el gerente del interés general. Nos están imponiendo un killer capitalismo, denuncia. Está en curso el desmantelamiento de la nación. Esto significa la implantación de un neoliberalismo ultraconservador y predatorio que prácticamente anula las conquistas sociales en favor de millones de pobres y miserables, quitándoles derechos en lo referente al salario, al régimen de trabajo y de las jubilaciones, además de reducir y hasta liquidar proyectos fundamentales como Bolsa Familia, Mi Casa, Mi Vida, Luz para Todos, el FIES y otros institutos que permitían el acceso al estudio técnico o superior a los hijos e hijas de la pobreza.

En particular, denuncia Boff, se han empezado a subastar bienes colectivos como partes de Petrobrás y a poner en venta tierras nacionales. La privatización significa siempre una disminución de bienes de interés general que pasa a manos del interés particular. Se ataca lo que se llama hoy “derechos de solidaridad” que somete los intereses particulares a los intereses colectivos y comunes.

Se están erosionando los pilares que construyeron el bien común: la participación de los ciudadanos y la cooperación de todos. En su lugar, el orden político impuesto enfatiza las nociones de rentabilidad, flexibilización, adaptación y competitividad. La libertad del ciudadano es sustituida por la libertad de las fuerzas del mercado, el bien común, por el bien particular y la cooperación, por la competitividad. La participación y la cooperación aseguraban la base del interés y de lo común, insiste el pensador brasileño que dedicó toda su vida a la denuncia de las injusticias sociales y a la lucha por crear alternativas ciudadanas ante la demoledora explotación de personas y de tierras. Negados esos valores, la existencia de cada uno ya no está socialmente garantizada ni sus derechos afianzados. Por lo tanto, cada uno se siente obligado a garantizar el suyo. Ingenuamente creen todavía que el mercado va a regular y resolver todo. Se ha deslegitimado el bienestar social y el bien común no interesa más que como fuerza de producción y de consumo.

Durante el mandato del presidente Lula hubo una auténtica revolución social que puso en marcha a movimientos de campesinos, de familias pobres, de ciudadanos excluidos en esa inmensa riqueza de uno de los países más grandes de América. Y se pregunta el profesor Boff, ante el desmoronamiento de una lucha para sacar de la indigencia a millones de personas, que ¿cuánta perversidad social y barbarie a van aguantar los movimientos sociales, aquellos que de la pobreza están siendo lanzados a la miseria, los partidos de raíz popular y la inteligencia brasileña con sentido de nación y de soberanía de país? Por eso reflexiona sobre la necesidad de aclarar el concepto de bien común. Que, en el plano infraestructural, es la garantía del acceso justo de todos a los bienes comunes básicos como la alimentación, la salud, la vivienda, la energía, la seguridad y la comunicación. En el plano social es la posibilidad de llevar una vida material y humana satisfactoria con dignidad y con libertad en un ambiente de convivencia pacífica.

¿Que se produjeron errores y hasta abusos inimaginables entre algunos dirigentes del país gobernado primero por Lula y después por el gobierno de la defenestrada presidenta que le sucedió? Es indudable y para eso están los tribunales de justicia. Pero al estar siendo desmantelado por el poder político actual, el bien común debe ser reconstruido. Para eso, es importante dar hegemonía a la cooperación y no a la competición y articular todas las fuerzas comprometidas con el interés general para resistir, presionar y salir a las calles.

El bien común, recalca Boff, no puede ser concebido antropocéntricamente. Hoy se ha desarrollado la conciencia de la interdependencia de todos los seres con todos y con el medio en el cual vivimos. Nosotros como humanos, somos un eslabón, aunque singular, de la comunidad de vida y responsables del bien común también de esta comunidad de vida. No podemos vender nuestras tierras ni dejar de delimitar los territorios indígenas, los dueños originarios de nuestro país, ni descuidar la deforestación desenfrenada de la Amazonia, como está ocurriendo ahora.

Hoy es una obviedad científica demostrada hasta la saciedad que los seres humanos poseemos los mismos constituyentes físico-químicos con los que se construye el código genético de todo viviente. De aquí se deriva un parentesco objetivo entre todos los seres vivos. Por eso, cuidar y defender la naturaleza es cuidar y defendernos a nosotros mismos, pues somos parte de ella porque en ella vivimos, nos movemos y somos. En razón de esta comprensión, el bien común no puede ser solamente humano, sino de toda la comunidad terrenal y biótica con quien compartimos la vida y el destino. La cooperación se refuerza con más cooperación, dice nuestro admirado y valiente amigo, pues aquí reside la savia secreta que alimenta y revitaliza permanentemente el bien-común, atacado por las fuerzas que ocuparon el Estado y sus aparatos en interés de unos pocos contra el bien común de todos los demás. En esa terrible experiencia que como un cáncer se propaga en metástasis exponencial, deben los países que hemos luchado por los valores de la Ilustración, de la República y de los Derecho Humanos universales e inalienables o explotados por un neocapitalismo salvaje y demoledor.

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