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París o Caracas

viernes 12 de mayo de 2017, 17:51h
Con motivo del triunfo de Macron en las presidenciales francesas se han escrito muchos comentarios referentes a las posibles dificultades futuras de un presidente sin partido propio y a la amenaza de un populismo relativamente recrecido en relación con elecciones anteriores. Siendo estas consideraciones más o menos ciertas parten, todas ellas, de valoraciones coyunturales con mentalidad de pretérito y no de la actual situación de las naciones que superan las tensiones entre izquierda y derecha para tomar una opción entre libertad y tiranía. Con motivo del triunfo de Macron en las presidenciales francesas se han escrito muchos comentarios referentes a las posibles dificultades futuras de un presidente sin partido propio y a la amenaza de un populismo relativamente recrecido en relación con elecciones anteriores. Siendo estas consideraciones más o menos ciertas parten, todas ellas, de valoraciones coyunturales con mentalidad de pretérito y no de la actual situación de las naciones que superan las tensiones entre izquierda y derecha para tomar una opción entre libertad y tiranía.

El electorado mayoritario, que no es la militancia empecinada en competir entre partidos como los hinchas de un club de futbol, se está planteando si quiere seguir viviendo como en París o como en Caracas y si prefiere unos dirigentes cultos como Macron o unos dirigentes incultos como Maduro. El electorado, o lo que llamaríamos la “votancia” sabe lo que quiere y como va a repercutir su elección en sus vidas. La militancia, por el contrario, muchas veces lo único que quiere es que su equipo gane el partido, aunque sea por lesiones del contrincante.

En España tenemos el ejemplo de un candidato doblemente fracasado en elecciones generales y sesiones de investidura que se empecina en calentar la sesera de un sector de la militancia socialista con el vulgar señuelo de desbancar a un gobierno, aunque sea a costa de entenderse mejor con los de Caracas que con los de París. No entiende que el mundo en que vivimos no funciona en los viejos términos de izquierda y derecha sino en términos de Unión Europea o fragmentación; en términos de Alianza Atlántica o indefensión ante el salvajismo terrorista; en términos entre libertad de mercado o planificación de la miseria. Por ello pueden situarse del mismo lado sin mortificarse liberales y socialdemócratas y no pueden entenderse ninguno de ellos con los populismos de derechas o izquierdas tipo Le Pen o tipo Mélenchon. Es posible trabajar conjuntamente por lo valioso conservable y por lo necesariamente renovable. Lo mejor de la derecha y lo mejor de la izquierda caben en el banderín de enganche de un exministro socialista como Macron pero es imposible en la cerrazón de un “no es no” sectario como el de Pedro Sánchez.

Los franceses tienen un sistema de segunda vuelta que permite la concentración del sesenta y cinco por cien de los votantes en coincidencia positiva. Probablemente esto sucedería en cualquier otra parte si se diese la misma oportunidad. Pero, además, el presidente de la República Francesa tiene sus competencias en política exterior y de defensa y las ejerce con la legitimación que le da la mayoría suprapartidista. Quiere ello decir que los pleitos regionales, las contiendas laborales y las suciedades personales son asuntos de un segundo plano que se desarrollará en otro nivel dialéctico, todo lo importante que se quiera, pero menor que el posicionamiento internacional y la seguridad de la nación. Quienes no tenemos un sistema tan sabio tenemos que actuar por caminos más tortuosos pero, salvo caso de catástrofe, debemos obtener parecidos resultados. Porque estos resultados templados y abiertos son necesarios para sobrevivir en el mundo en que todos deseamos estar y que se parezca más al París de nuestros días que a la Caracas de nuestros días.

Hay quienes se lamentan de que las naciones no arreglen sus problemas en orgulloso aislamiento y quienes creen que son víctimas de injerencias externas y tramas misteriosas. No entienden que nuestro mundo está económicamente globalizado pero, también, está informativamente intercomunicado. Todas estas historias de si Rusia para unos, el imperialismo yanqui para otros, los burócratas de Bruselas, etc., son consecuencia de que todos dependemos de todos. Estas historias de los “Fancy Bears” de los “Hackers”, de los rumores intencionados difundidos por los medios o por las redes sociales sin fronteras, forman parte de una realidad que ha hecho posible la tecnología y que ya nunca va a ser frenada. Es aquella “aldea global” de que hablaban antaño los profesores de ciencias de la información. Ya ni la más brutal tiranía va a poder evitar que las verdades y las mentiras se difundan y se entremezclen. Es el precio de la libertad universal que ya solo podrá equilibrarse con más pedagogía y formación de criterios personales.

Esa será la misión de los partidos en el futuro. Condicionarse menos por cuadros de forofos cada vez más desacreditados y prepararse y preparar a la ciudadanía para un entendimiento liberado de la mal llamada memoria histórica que solo es un recuelo de frustraciones. No se puede ir aislado por el mundo. No se pueden atrasar los relojes y volver a rectificar las horas de antaño. Este mundo en que conviven Trump y Putin, Merkel y Macron, es un mecanismo en trance de reajuste donde quizá se pueda ir hacia la guerra de las galaxias pero nunca volver hacia la época de las guerras civiles. Este mes murió Hugh Thomas, el último historiador de “La Guerra Civil Española” que pudo contarla habiéndola vivido. Los españoles ya no necesitan nuevas versiones de viejos temas sino proyectos de futuro.
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