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Postureo

domingo 15 de octubre de 2017, 12:47h

Hay palabras que marcan una época. El postureo es, probablemente, una de las que pueden aplicarse a la actual. Ese afán por inmortalizarse quince o veinte veces diarias ante la cámara del móvil, mostrar tus mejores perfiles, y elegir aquellas en las que apareces con más amplia sonrisa y, por supuesto, una vez tratadas convenientemente, subirlas a las redes sociales para causar la admiración y la envidia de todos. Este parece ser el modus vivendi de medio mundo que, a su vez, también le gustaría imitar a la práctica totalidad del otro medio.

Y, sin embargo, paradójica y paralelamente, la búsqueda de la sinceridad en las relaciones parece que sigue ganando terreno entre jóvenes y maduros. La naturalidad, la frescura, la sencillez son valores teóricamente en alza en las relaciones personales que, lógicamente, huyen de la apariencia, de la hipocresía, del postureo.

Este último, sin embargo, está mucho más cerca de la hipocresía de toda la vida, de la simulación, el remilgo, el capricho, el engaño y, si me apuras, hasta de la pedantería, la frivolidad, la falsedad, la vanidad, la fanfarronería y la ridiculez. Es solo una muestra más de la enorme contradicción en la que anda metida esta sociedad de la apariencia en donde se valora más el tener -dar muestra permanente de haber alcanzado un status ideal (viajar, vestir bien, estar rodeado siempre de beldades, etc.), que el ser, el mostrarse pública y privadamente desnudo de artificios, de imposturas, de apariencias innecesarias que adulteran tu verdadero yo.
Esta y otras mil circunstancias que ahora no vienen al caso, pero que podríamos enumerar aquí, demuestran con contundencia lacerante que estamos metidos en una espiral de hipocresía que -como el rayo de Miguel Hernández- no cesa, ni parece que vaya a terminarse nunca. Es esta una suerte de infantilismo social que parece decir por todas partes “y yo más”… Pues bien, frente a este movimiento global en el que parece que todos somos mucho más jóvenes, guapos, buenos, inteligentes, chisposos, simpáticos, agradables, comprensivos y empáticos, creo que ya ha llegado la hora de la verdad, la de mostrarse tal como se es…

Lamento tener que desilusionarte porque no suelo sonreír a menudo (a mi abuela no le gustaba la gente que reía sin sentido, y sigo sus gustos al pie de la letra); tengo por delante menos vida de la que ya he vivido, es decir, que hace ya mucho tiempo que he dejado de ser joven; me equivoco con mucha más frecuencia de la que me gustaría; no soy ni guapo, ni feo, sino todo lo contrario; no hablo inglés; disto mucho de alcanzar la forma física del expresidente Aznar (a cambio, sin embargo, creo estar en mucha mejor forma intelectual) y, por último, soy mucho peor persona de lo que parezco. En otras palabras, que si viviéramos en el lejano y mítico Oeste americano, no sé qué hace la policía que no me ha colocado ya un “Wanted” debajo de una foto marcadamente odiosa, por supuesto en blanco y negro, en la que mi cara es verdaderamente el espejo de mi alma, un alma que ya no cabe en estos tiempos almibarados y cursis, decorados con pepitas de chocolate negro, blanco y crema pastelera sin fecha de caducidad.

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