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Más allá de nuestras narices

martes 18 de septiembre de 2018, 10:16h

Vuelvo de mi retiro estival y la opinión publicada me sumerge de nuevo en la melaza espesa que fermenta en Cataluña. Una vez que se chapotea en ella, embadurnado hasta las cejas, el columnista opinador queda atrapado en esa conjura de necios orquestada por los secesionistas catalanes. Y así seguimos, mal que nos pese, dándole vueltas y más vueltas a ese caldo podrido que borbotea en la marmita de Puigdemont y los suyos. Los unos pretenden destruir España y los otros no se atreven a suspender la autonomía catalana y restablecer la normalidad democrática en esa parte del territorio nacional.

Fija nuestra mirada en esa mancha oscura, parecemos incapaces de percibir todo lo que sucede más allá de nuestras narices. Lo que nos está pasando es un síntoma añadido de la crisis que debilita el sistema geopolítico del que formamos parte. Los viejos nacionalismos europeos, los mismos que tintaron de odio, destrucción sangre y muerte la historia contemporánea del Viejo Continente, cuajados de populismo embaucador, racismo, xenofobia, insolidaridad y división, travestidos de demócratas transversales, afloran de nuevo por todas partes.

¿Recuerdan ustedes a David Cameron? Aquel infame Primer Ministro del Reino Unido, cuyo intelecto apenas le permitía vestirse solo, abrió las puertas de su país en junio del año 2016 a los movimientos que pretendían destruir Europa. Acosado por la extrema derecha local, añorante del periclitado Imperio Británico y partidaria de cerrar las fronteras y expulsar a la mayoría de extranjeros afincados allí, sucumbió cobardemente. Convocó un referéndum vinculante que preguntaba por la continuidad de la nación en la Comunidad Europea. Lo perdió. Ahora disfruta de la vida en la campiña inglesa. La ineptitud de Cameron dividió en dos a sus conciudadanos, hipotecó para siempre el futuro del Reino Unido, desestabilizó la unidad y fortaleza de las instituciones europeas y abrió la gatera a las formaciones ultras, neofascistas xenófobas y anti europeístas enquistadas en el tejido social europeo.
Dos años después, fortalecidos y envalentonados, gobiernan en Italia, Austria, Polonia y Hungría; se han convertido en fuerzas alternativas en Francia y Holanda, y se afianzan en Alemania, Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia. No ayudan tampoco las artimañas desestabilizadoras de Putín y Trump, interesados ambos en convertir a Europa en una marioneta de sus intereses políticos, comerciales y estratégicos. Contemplamos una deriva que tambalea la unidad, la cohesión social, la integración y el futuro compartido que aún caracteriza a la Comunidad Europea. No hemos asimilado con acierto tres fenómenos recientes. La globalización, la crisis económica y la llegada masiva de migrantes y refugiados. Como consecuencia de todo ello, el fantasma del miedo se apodera paulatinamente de los sectores sociales más desfavorecidos y debilitados, que buscan en el populismo soluciones imposibles.

Nosotros, los españoles, parecemos ajenos a este devenir tremendo, aislados del mundanal ruido, enfrascados en lo nuestro, sin ver más allá de nuestras narices.

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