Hay momentos de la vida en los que, en la mesa, alguien falta. La silla se queda vacía. El plato puesto ya no tiene al comensal. Alguien importante para nosotros no viene. Se ha ido. Rápido, inesperadamente y en silencio.
I Si a usted le gusta la cocina, la mesa, la copa y la sobremesa, le preguntarán muchas veces cuál es su restaurante preferido, cuál el mejor vino y cuál el mejor whisky escocés.
Si guarda silencio porque se lo está pensando, de inmediato le cuentan quién hace el mejor risotto, dónde está la mejor ensalada césar y en qué centro comercial elaboran el mejor sushi de la ciudad. No falla.
Casi nunca le preguntan con quién le encanta compartir la mesa.
Todo aquel que sabe comer y beber, tiene claro que los platos, el condimento, el trago y el posgusto cambian, no sólo con las horas y con el tiempo, sino también con quien uno lo comparta.
Cada quien en sus vivencias recuerda mesas memorables. Conversaciones sabias. Silencios ilustrados. Así eran las mesas con Leonardo el librero, Leonardo el editor y Leonardo el ciudadano. Los tres por libertades y excelencia, en silencio y con tozudez luchaban.
Mi amigo lo había aprendido de su padre. No en vano él nació en Marsella, durante el exilio por la Guerra Civil española de don Benito y su familia.
Las mesas del ayer son importantes.
Uno por lo general no lo advierte sino cuando se queda frente a la silla vacía. Lo describe en forma magistral y en forma brevísima Jorge Luis Borges. "Posesiones del ayer", lo llama.
Dice el poeta que uno no sabe todo lo que las personas significan en su vida, sino cuando ya no las tiene.
Porque en realidad, cuando son pasado "son en realidad más nuestras".
Así ocurre con los aromas y sabores que grabamos en la memoria. Con los platos sencillos que jamás olvidaremos y con las veladas que la memoria ha guardado, rebobina y vuelve a proyectar.
Pasa también, y mucho, con los tragos. Uno, sorbo a sorbo, disfruta la excelencia y la compañía. Seguramente tendrá el lector recuerdo de tragos memorables que lo son menos cuando la silla de enfrente es otra o está vacía.
Así, hay tragos llenos de familia, y otros que sólo llenan los amigos.
II ¿Qué vino pedirá esta noche Jean-François Revel, después de discutir con el sommelier de San Pedro porque estaba mal escrito en la carta? ¿Comerá su sopa en silencio, como en sorbitos Raymond Aron? Imagino que a Xavier Domingo lo sacaron de la cocina por andar destapando las ollas y perseguir a la pasante más joven. Y que cuando Raymond Oliver empujó la puerta oscilante para buscarlo y pedir disculpas, el chef y la brigada se cuadraron como si Escoffier del brazo de Carême hubiesen entrado a los fogones.
En el cielo, supone uno, la cocina debe ser así. La gente se agrupa en la mesa por afinidades, cada quien con su particularidad en vida como estandarte, mientras el hombre que entrega las llaves de acceso con la economía con que pone azafrán en la sopa, los acomoda y regaña: Xavier, compórtate. Don Raymond aquí. Jean François y el profesor Aron enfrente. Dejen una silla entre los dos, que Leonardo Milla con un libro bajo el brazo, está llegando.
Alberto Soria
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